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Un sentido para la educación

Contacte al Autor: Jonathan Jiménez Porras

Se puede figurar la educación mediante varias metáforas. Se ha dicho, por ejemplo, que la educación es un “camino de conocimiento”; así el proceso se ve como un viaje emprendido en busca de la verdad, cuya guía es la persona docente. No obstante, hoy día la educación más parece una batalla, en la cual se enfrentan las personas docentes contra una gran cantidad de enemigos que la acechan para atacarla, desviarla, destruirla y devorarla como el jaguar a un grupo de saínos.

El primer enemigo de la educación se mete en nuestras mentes y nos ataca desde adentro, tiene sus raíces en cada esquina y ha crecido como enredadera, tal como la chayotera se adueña de la baranda, así este fantasma se ha mezclado con cada espacio de nuestra sociedad. Algunos le llaman consumismo, otros voracidad, pero yo prefiero llamarle “ideología del consumo”. Esta jugarreta de alguna mano invisible pone a nuestros jóvenes como los zombies de las malas películas de terror, obsesionados con el acto de comprar. Crecen deseando poseer todo lo nuevo, dejando atrás una montaña de artículos usados, y en ese desatino desesperado se olvidan de asuntos más nobles como el crecimiento personal, las bibliotecas, el autoconocimiento o una buena conversación.

Esta ideología, que subyace furtiva, tiene a algunos medios de comunicación como sus mejores aliados. Estos la emprenden contra todo lo que amenace la voluntad moderna de consumir, voluntad que la educación no tiene el menor interés en abonar. Es así como encuentran en las educadoras y educadores a un grupo de “enemigos imaginarios” que deben ser eliminados, silenciados, deslegitimados, ridiculizados o estigmatizados. Ya no hay en los medios notas de orgullo por la educación costarricense, reconocimientos a personas que entregan su vida a esta noble causa, celebraciones por la inversión en centros educativos; sino lamentos por el puesto de la educación costarricense en rankings internacionales, noticias de errores a granel o faltas cometidas en el gremio y celebraciones por los recortes a la educación en el presupuesto nacional.

A estos dos enemigos disimulados, tácitos y silenciosos de la educación se les suma otro combatiente declarado: el narcotráfico. Las personas más jóvenes son miradas como consumidores potenciales, clientes por varios años, o bien como perfectos transportistas de la droga sin antecedentes delictivos. Para tal fin, son atraídos como ratones al queso, como peces a la carnada, como pollitos ingenuos que desean conocer el mundo, experimentar algo diferente.

La educación tiene otro fantasma que le obstaculiza su labor, pero que puede
ser transformado en un aliado. El homo sapiens hoy se ha convertido en homo videns. Los celulares, la televisión y los ordenadores atraen toda la atención del mundo moderno. Las inversiones en tecnología son las más rentables en una humanidad que ha cambiado, que ya no es la misma, que ahora está interconectada por Skype, Facebook y Twitter. Es así como las aulas se han quedado con un educador hablando solo, mientras los grupos esconden su teléfono móvil bajo el pupitre y juegan o chatean, con la mente muy lejos del centro educativo. Si no hacemos de éste un aliado, será un feroz enemigo.

Así las cosas, no es difícil desmotivarse, pero aún faltan otros contendores por mencionar. No hay una sola persona trabajando en educación que sienta indiferencia frente a las noticias graves sobre la corrupción de altos jerarcas. Este tema es de los más serios. La entrega total de cada día, el esfuerzo por dar lo mejor y poder desarrollar de manera más profesional su labor, parecen derrumbarse cuando los ceros a la derecha crecen a pasos agigantados, en lascuentas de quienes no tienen reparo en tomar los fondos del Estado mediante trampas legales o prevaricatos disfrazados. Este enemigo ataca la educación con refranes que legitiman la fechoría, tales como “en río revuelto ganancia de pescadores” o “el que pestañea pierde”.

El último elemento hostil que enlisto en este breve ensayo es aquel que enreda a la educación en sus propios chuicas: el papeleo y los tecnicismos excesivos. Tanto papel hay que entregar que el trabajo docente se vuelve un plebeyo de la administración pública. Las oficinas se llenan tanto de machotes, fórmulas, rúbricas y tablas técnicamente elaboradas, que la plaga de hojas ahoga los procesos, amenazando con hacer de la educación una técnica, dejando atrás los tiempos en que era un arte. Este elemento provoca que la profesión se pierda en sus propios planeamientos; entre circulares se traspapela la lección.

La mente de un educador se ve amenazada por tantos contrincantes que llega a pensar en cambiar de trabajo y renunciar a sus funciones, o simplemente conformarse con brindar pura instrucción, resignado a la derrota. Pero ante la adversidad y la suma de tropiezos, casi siempre salen a flote la vocación profunda y la esperanza que empuja los ánimos a continuar la lucha. Es labor de todos los días sentarse en casa a revisar pruebas, trabajos o preparar la clase; pero no se agota ahí, sino que algunos jefes gustan de convocar a reuniones y concejos fuera de horario lectivo y, como si fuera poco, se deben llevar adelante debidos procesos para corregir la conducta de estudiantes, haciendo entrevistas y completando expedientes.

Todo lo dicho hasta acá es diminuto comparado con la grandeza de otra preocupación profundamente humana. El ser humano tiene que vérselas con una realidad absoluta que puede convertirse en un ente desmovilizador, y llenar de angustia su corazón frente a lo que ha de venir: saber que luego de tantos ideales y empeños va a envejecer, se le llenará de arrugas el cuerpo y su estructura ósea se debilitará, acorralado por el Alzheimer y otras patologías. Además, siente una terrible frustración cuando se le dice todos los días, en cada noticiero, que los fondos de pensiones son insostenibles y que difícilmente podrá gozar de una pensión digna.

Pero lo anterior es solo un atisbo de la prudente dama que le ha de visitar. Esa dama que pocos desean viene en camino, y dentro de algún tiempo, nadie sabe cuándo, tocará la puerta, como ya arribó al hogar de tanta gente de tiza en mano como Omar Dengo, Yolanda Oreamuno, Luis Felipe González, Emilia Prieto, María Eugenia Hidalgo y el padre Osejo. Aun así, esa “señora” no es tan temible como su “hermano” el olvido, quien casi a todos sepulta en una
fosa inaccesible que ninguna brújula puede encontrar.

En el momento de partir siente la persona dolor por el tiempo perdido, por las decisiones que postergó, las lecciones que no impartió y las acciones sin realizar. Lo peor no es morir, sino ser olvidados; y ahí surge ante los ojos del educador la mayor tragedia humana: que el mundo continúe siendo igual después de habernos ido.

Ante tales condiciones afloran mil dudas sobre el sentido de llevar adelante esta cuestionada tarea. Habrá que sentarse a ordenar ideas, organizar respuestas recordar algunas personas que entregaron su vida al estudio y la enseñanza, para poder renovar ímpetus, fortalecer estrategias de defensa y quizás construir armas para reforzar la propia práctica educativa.

Comencemos recordando al gran educador intelectual de la emancipación latinoamericana, Simón Rodríguez, cuando recomendó hace algunos siglos lo siguiente: “Educa para que, quien lo haga, no sea más siervo” (Mejía Jiménez, 2011). El servicio a los demás es una virtud sublime, mas el servilismo humilla y somete la dignidad humana hasta lo más bajo. El servilismo obliga a la persona a arrastrarse por migajas, esto lo vemos en las largas filas de consumidores que durante horas esperan comprar el último artefacto tecnológico, o la publicación de selfies en redes sociales en procura de recibir halagos por su apariencia. El servilismo es un enemigo, pero la educación lleva a la persona a superarlo y tener cada vez mayor autonomía.

La educación también ayuda a liberar al ser humano de las cadenas de la propia cultura, por ejemplo el patriarcalismo. Siendo las mujeres costarricenses ejemplo de este acto político y pedagógico: Eunice Odio, Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, Carmen Naranjo y tantas educadoras que se han atrevido a romper los atavíos del poder patriarcal para mostrar el camino que Rodríguez propone: el camino de la educación como superación del servilismo. Con letras y leccionarios, con nuestros cuerpos y voz, con rebeldía y amor se construye este tipo de educación.

En el mismo orden de respuestas a la cuestión que nos convoca, Omar Dengo plantea una sentencia brillante y retadora: “Vivimos en un país todavía instintivo, con algo de horda, donde es imperioso aprender a pensar, cumplir ‘el deber moral de ser inteligente’ (…) Opinar y enseñar a opinar, tal es la función de la escuela” (Ferrero, 1972). La liberación del servilismo nos conduce al reto de ser inteligentes, de pensar, opinar y enseñar a expresar críticamente lo pensado. Expresar la propia opinión es decir que algo está mal o bien, o que le falta o le sobra, es juzgar, valorar, argumentar; decir, como Debravo, ser “animal con palabras”, serlo por decisión. Omar Dengo estableció como sentido de la educación, hace casi cien años, su rechazo profético contra el “’porta a mí” del pachuco noventero, contra el relativismo enfermizo de la intelectualidad solipsista o el laissez faire, laissez passer que hoy se nos quiere imponer nuevamente.

El establecimiento de criterios claros acerca de la educación es un asunto necesario durante la búsqueda de sentido, esto lo tenía claro mi profesora de español en el Instituto de Alajuela: la Bachiller María Eugenia Hidalgo, quien durante el noveno año compartió siempre lecciones inolvidables. Esta docente ejemplar, vecina de San Juan de Santa Bárbara de Heredia, tuvo la capacidad de enamorarnos del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; con tal talento nos dramatizaba los capítulos, que provocaba la necesidad auténtica de complacernos en la lectura individual al llegar a casa. No recuerdo grandes cantidades de información, solamente –y con ello basta– evoco la tentación irresistible de ser quijote, que me hacía vibrar el cuerpo al terminar la lección de español. Doña María Eugenia nos mostró que sólo quien se enamora de sus ideales, al punto de ser considerado un loco, es capaz de ver realizadas sus añoranzas. También nos enseñó que la vida no es un lapso sin sentido, sino una oportunidad para encontrar y vencer los gigantes que se nos atraviesan. Quedarse dormido en la posada no era una opción, después de tenerla como profesora. La señora Hidalgo encontró en la inspiración para alcanzar altos ideales un sentido de la educación y por eso se le recuerda, aunque hace años ya no habite esta tierra.

Junto con Hidalgo y su hidalgo, otras y otros docentes han marcado mi experiencia, entre ellos el maestro Rafael Solano, quien me acompañó, aquel curso lectivo de 1989, al tercer grado en la Escuela Manuel Francisco Carrillo Saborío en Canoas de Alajuela. Era un hombre afeitado, maduro, soltero y bonachón; cada día lucía un pantalón distinto, casi siempre a cuadros, apenas aplanchado y camisa formal con el correspondiente lapicero en la bolsa y una carrera incólume en su cabello bien recortado. Su clase era militar, al uso de la vieja escuela conductista: creía en el castigo físico y la sanción severa como únicos reguladores efectivos de conducta. Sin embargo, me enseñó algo que no he podido olvidar. Siempre decía: “Existen muchas maneras de hacer las cosas, pero la mejor es la forma correcta”. Esa sencilla frase despertaba en nosotros el interés por encontrar esa manera a la cual se refería don Rafa. La añorada manera “correcta” era la mejor y, aunque no nos la revelaba plenamente, creíamos que existía y eso nos impulsaba a esforzarnos para dar con ella. Un sentido de la educación es enseñar a buscar la manera correcta de actuar.

En la escuela querida también encontré maestras que me recibieron a la puerta con perfumes deliciosos y ropa elegante, que nunca había visto. Al sonar la campana corríamos para no llegar tarde. Una vez la niña Magda, en sexto grado, no me dejó salir al recreo como consecuencia de una de mis travesuras; entonces, apoyado sobre el pupitre, ya con el aula vacía, me entregué al llanto como recurso para alcanzar su sensibilidad. La reacción de la niña fue inesperada para mí: se sentó en su silla, cruzó la pierna y me dijo con firmeza: “Aquí voy a estar. Cuando termine de llorar, se limpia las lágrimas y me dice qué es lo que le molesta”. La maestra ese día me trató como a una persona capaz de expresar una opinión, en otras palabras, me enseñó que aquel lenguaje instintivo, que desde que nací me había funcionado para expresar mis necesidades, ya no me servía; ahora tenía que aprender a usar la “palabra” como el recurso que permite llegar a acuerdos. Con la frente sobre los antebrazos, no me quedó otra opción que entender la lección y reconocer que otra etapa estaba por llegar. La educación debe encontrar los rasgos de una nueva etapa que ha iniciado, en la cual su palabra, en la sociedad, es una entre muchas.

Definitivamente la educación tiene la oportunidad, tarea y capacidad de ofrecer herramientas a las personas para que puedan enfrentar las dificultades, fantasmas y enemigos que atentan contra el ser humano. La vida a veces se parece a una muralla escabrosa, ante la cual la persona debe decidir si quedarse estática ignorando la posibilidad de avanzar, o bien si se arma con recursos que permitan saltarla o derrumbarla para seguir adelante. Este es un sentido urgente para la educación actual. Ante los enemigos de la educación, las personas docentes pueden acudir a tantos y tantas aliadas que han superado los obstáculos y mostrado cómo enfrentarlos.

Finalmente resta decir, después de listar varios enemigos que atentan hoy día contra el arduo trabajo en centros educativos, así como recordar a algunos colegas (entre ellos Simón Rodríguez, Dengo, Hidalgo, don Rafa) y reconocer que la indignación que amenaza la enseñanza costarricense es muy pequeña, frente a la enorme labor que desde ésta se puede realizar, teniendo claridad de lo que realmente importa y es significativo, debemos liberarnos del servilismo consumista, opinar y enseñar a opinar, asumir nuestros ideales como una bandera quijotesca, buscar cada día la manera correcta de actuar y, principalmente, dejar de llorar entumecidos sobre el escritorio para mirar de frente y expresar respetuosamente nuestra palabra necesaria, digna, alegre y comprometida.

Ferrero, Luis (1972) Ensayistas costarricenses. San José, Costa Rica: Grupo Lehman.
Mejía, Marco Raúl (2011) Educaciones y pedagogías críticas desde el sur. Lima: CEEAL.

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