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Retos del profesional en educación: un análisis desde la perspectiva de la ética para la educación

Contacte al Autor: Agustín Ricardo Monge Piedra

La educación es una de las labores profesionales que requiere de mayor dedicación, mística, y empeño. Desde hace muchos años el proceso de aprendizaje ha sido un fenómeno de vital importancia en el desarrollo de cada sociedad. Es decir, es en el seno de la sociedad donde el proceso educativo inicia, se desarrolla, y persigue sus fines. Esa misma sociedad engloba sus necesidades educativas y los primeros conocimientos desde la familia.

En otras palabras, la educación es ante todo un fenómeno social, con implicaciones en el corto, mediano, y largo plazo, que se manifiesta en las diferentes generaciones de jóvenes en cada grupo social. 

Para Santaló (1998), la educación es el arte con que cada sociedad inicia a sus generaciones jóvenes en los valores, técnicas y conocimientos, que caracterizan su propia civilización, mediante el desarrollo de las facultades intelectuales y morales. Pero no solo eso: tampoco son pocos los pensadores que han reflexionado sobre el actor educativo, sino pensadores tan antiguos como Platón y Sócrates, o más recientes como Vygostki y Piaget. Ellos han influenciado sin duda el desarrollo de esta ciencia social. En este ámbito, una idea subyace intrínseca en la mayoría de sus postulados: la construcción propia del conocimiento; Es decir, el constructivismo. El mismo Sócrates decía: “Las ideas deberían nacer en la mente del estudiante y el maestro debería actuar solo como partera”.

En el ámbito de nuestro país también se han dado pasos en el camino por entender este proceso social y sus implicaciones para el futuro de la sociedad costarricense. Así, pensadores como Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge, Omar Dengo, Moisés Vincenzi, Teodoro Olarte, Emma Gamboa, y el mismo Constantino Láscaris, han marcado el camino en el quehacer educativo costarricense. En sus ideas convergentes con los elementos de los enfoques constructivistas y socioconstructivistas, en los cuales destacan, según Pérez (2000), las siguientes características:

La escuela forma para la libertad, la justicia, el amor, y la fraternidad. La escuela promueve los procedimientos adecuados para que el niño canalice su inquietud por aprender. La escuela, como proceso nacional, se basa en la realidad de la familia y la humanidad. El proceso educativo busca la armonía en el proceso evolutivo. El conocimiento estimula la autonomía espiritual. La enseñanza se construye alrededor del estudiante. La escuela es social; es cooperación. El problema de la escuela es el ser humano. El estudiante debe ser responsable de su proceso de aprendizaje.

Al respecto, Maturana (citado por Pérez, 2000), hace una reflexión poética en la siguiente línea: “¿Por qué me impones lo que sabes si yo quiero aprender lo desconocido y ser fuente de mi propio conocimiento? No quiero la verdad, dadme lo desconocido. No me instruyas, vive junto a mí, tu fracaso es que yo sea idéntico a ti”.

La idea de una educación como fenómeno social no solo implica retos para el profesional de la educación, sino que deja la posibilidad de reconstruir algo que en muchos casos se ha tratado de invisibilizar u olvidar, y es el hecho de que la escuela no es únicamente el recinto de cuatro paredes que conforma la institución educativa llamada escuela, colegio, o universidad. La educación, la escuela grande, la formadora de todos los valores importantes para cada ser humano se llama familia. La sociedad como tal también educa, y la familia como núcleo central de la sociedad es la primera educadora: la educadora permanente y omnipresente en toda la vida de cada persona. Ese es un elemento que no debemos olvidar, y menos querer descargar como único responsable de los males que aquejan a la sociedad y al sector educativo de una nación. En otras palabras, no olvidemos que en el hecho educativo intervienen varios actores principales, y ninguno con más o menos valor que el otro: el educando, el educador, la familia y la sociedad.

Una de las tareas olvidadas de la sociedad y de la familia, en general, es aceptar la gran responsabilidad que tienen en cuanto a la educación de las generaciones jóvenes, y a actuar consecuentemente con esto; menos aún, es no admitir que la acción creadora, formadora, moldeadora y hasta a veces deformadora de los valores y hábitos morales y éticos, radica en buena parte en ellas; de ahí su interés implícito de la sociedad en querer descargar sus culpas en los centros educativos.

Si nos centramos únicamente en el docente como profesional, vemos bastante clara la necesidad de entender bien el concepto de lo que implica la educación; y por consiguiente, el valor de ser educador, y los retos que su función conlleva.

Estos retos ciertamente enumeran muchos y muy diversos tipos de funciones; desde la práctica misma en sus labores de aula, como el conjunto de reflexiones que deben guiar su actuar. Es decir, el reto va más allá de la simple ejecución de los programas que plantea el contexto curricular en el que se desenvuelva. Deben existir espacios de reflexión, tanto personales como grupales que hagan de la labor docente una tarea más gratificante, más constructora y más motivadora para sí mismo y para sus estudiantes, porque son precisamente esas motivaciones las que podemos escudriñar en la reflexión filosófica; es decir, mediante la ética y la moral en nuestras funciones docentes.

Es importante aclarar qué es lo que se entiende por ética, moral y valores. En su artículo “Ética en la formación docente”, Izarra (2006, p. 12) señala lo siguiente:

La ética se definió al principio de este documento como la “disciplina filosófica que estudia las reglas morales y su fundamentación” (Bilbeny, 2000, p. 15), en tanto que la moral se refiere al “tipo de conducta reglada por costumbres o por normas internas al sujeto” (Op. Cit. p. 15).

Lo anterior quiere decir que la ética es una rama de la filosofía que se encarga del estudio racional de la moral, la virtud, el deber, la felicidad, y las normas del buen vivir, mientras que la moral o moralidad son las reglas o normas que rigen el comportamiento o conducta del ser humano en relación con la sociedad, consigo mismo, y con todo lo que le rodea.

Considerando las ideas anteriores, Izarra asume que ética y moral no son sinónimos, ya que la primera encierra, estudia o analiza a la moral; mientras que esta última es el conjunto de normas y costumbres que acompañan el buen comportamiento de las personas. Podríamos decir que la ética abarca a la moral, mas la moral no abarca a la ética (2006, pp. 12).

La ética por tanto estudia lo que significa la moral, y todas sus normas establecidas en el sentido de buscar una guía correcta del buen comportamiento. Es decir, “el objeto de la ética no es tanto la acción cuanto lo que guía la acción” (Bilbeny, citado por Izarra 2006, pp. 12).

La moral en cambio se encauza, entonces, más hacia las acciones emprendidas por los seres humanos, siendo estas susceptibles de ser buenas o malas, correctas o incorrectas, permitidas o prohibidas. Estas normas de conducta estarán establecidas y orientadas ante todo por los valores. De esto se deriva, entonces, otra pregunta fundamental: ¿qué son los valores?

Es muy común escuchar en nuestra sociedad costarricense, y en general, sobre la pérdida de valores como sinónimo de malos hábitos, de gente rebelde o desobediente con las bondades que ofrecen la sociedad y su organización. Debemos hacer la diferencia sustantiva de que un valor en sí es el nivel de importancia que le da una sociedad, un grupo de personas o un individuo a algo. Ese algo puede ser cualquier cosa, desde un objeto o elemento físico hasta un objeto o elemento abstracto como un determinado tipo de conducta que sea deseable tener. Es decir, el valor que se le da como sociedad al metal oro es mucho mayor que el valor que se le da al carbón, y desde ese punto de vista se puede apreciar la gran diferencia que se le atribuye a uno y a otro.

Las conductas de los seres humanos también son elementos de valor para la sociedad y para el individuo mismo en forma independiente; e incluso, aunque no abarque a toda la sociedad, ciertos grupos de personas más pequeños dan otros juicios de valor hacia esas mismas conductas. Por ejemplo, para muchos de nosotros un valor es “no mentir”, cuando en realidad esto es un objeto –no material o abstracto en este caso–. Lo que sucede es que el nivel de importancia que le damos a esto es muy alto, y ese es realmente su valor. Es decir, el valor de no mentir es el alto nivel de importancia que le damos a esta conducta. Lo mismo se podría decir de “no matar”, “no robar”, “estudiar mucho”, “trabajar”, “proteger y respetar a los adultos mayores”, “cuidar de los niños”, “cuidar de la naturaleza”, “reciclar”, “ser generoso”, “ser respetuoso”, entre otros. Todos estos son objetos ideales (abstractos), normas de comportamiento, pero que para nuestra sociedad tienen un nivel de importancia tan alto, que –sin hacer distinción de las palabras– los llamamos valores.

Aun así, si aceptamos como valores todas aquellas normas de conducta a las que le damos un alto nivel de importancia, resulta claro que su incorporación en los procesos de aprendizaje cobra relevancia. Las sociedades con sus procesos de construcción y autoformación modelan también estos valores, y por ello, debemos tener presente que en el constante proceso social algunos valores del pasado no son valores hoy, y los valores de hoy podrían ya no serlos mañana.

Uno de los retos de los educadores radica precisamente en reflexionar y darse cuenta de que ese proceso de cambio social conlleva a valoraciones nuevas constantemente; y a actuar, luego, en forma consecuente, para no alterar a fondo las conductas más normales de su estudiantado, pero sin dejar que de ello se derive el desorden o actitudes anárquicas sin sentido.

Ejemplos claros de de estos cambios los constituyen las tradiciones de Navidad y de Semana Santa, arraigados por una costumbre ya antigua que ha tenido el ser costarricense. Si bien es cierto no se consideran como “valores”, sí muchas de estas tradiciones se han ido perdiendo o modificando, y en las generaciones contemporáneas, y seguramente futuras, algunas de estas irán desapareciendo, para amoldarse a otras “tradiciones” que emergerán.

La sociedad acelerada y consumista –sin duda alguna– ha influenciado esos valores o tradiciones de nuestra sociedad. Ese es otro reto que afronta el educador. Un estudiantado cada vez más informado, más consumista, más tecnológico, supone un gran reto para el educador. En este sentido, la preparación constante se constituye en una herramienta de mucho valor que el educador no debe dejar de lado.

Puede ser que el educador conozca de forma profesional la materia en la cual se desarrolla, pero el fácil acceso que tienen a esa misma materia los estudiantes costarricenses inmersos en la sociedad actual; y por consiguiente, la facilidad no solo para verla sino para estudiarla, adelantarla, interpretarla, cuestionarla en forma individual o colectiva y por adelantado, o como refuerzo posterior, hacen que el educador deba estar mucho mejor preparado que antes; ya que sus “verdades” pueden ser fácilmente debatidas por su estudiantado.

Nuestra sociedad costarricense –en buena parte globalizada ya– está siendo testigo de este tipo de cambios. El acceso cada vez más veloz a la información y a los medios tecnológicos son un catalizador sin precedentes en los procesos de cambio social, y sus normas de conducta son utilizadas tanto para bien como para mal. La enseñanza, tanto a nivel profesional como a nivel de la educación básica, debe hacer una amplia revisión y análisis de estos hechos. Al respecto Izarra nos señala:

La formación profesional debe atender también los requerimientos derivados de lo que se denomina la sociedad de la información y de las tecnologías; la integración al fenómeno de la globalización y el análisis de su impacto en diversos ámbitos; la atención a la diversidad y la preocupación por alcanzar la excelencia académica (2006, p. 16).

Esto supone un reto ético de vital importancia para el educador. No solo es el hecho de que el estudiante actual tiene acceso a muchas fuentes de información, lo cual vulnera la antigua percepción de que el maestro era el único poseedor del conocimiento válido, sino que además el estudiante está en la facultad de encontrar más información que la que el mismo profesor tiene o domina, y eso empodera al alumnado a usar procesos de comunicación más eficaces. Es decir, un estudiante enterado e informado puede debatir abiertamente con su profesor sobre cualquiera de las condiciones del conocimiento que se le intenten enseñar.

El profesor no solo está obligado a conocer de su materia, sino a conocer mucho más de esa misma materia para procurar no estar en desventaja cognitiva con sus alumnos, y que esto no se convierta en motivo de burla o pérdida de autoridad frente a sus estudiantes y padres de familia.

Aun en el caso hipotético (cada vez más posible) de que en muchas ocasiones sus alumnos lleguen a saber más, la persona docente debe actuar en concordancia con un profesional preparado para aprender de todas las fuentes posibles de conocimiento -incluyendo al estudiantado-, pues los diferentes puntos de vista que tengan los estudiantes sobre un mismo tema, enriquecen de manera positiva el conocimiento del docente.

La actualización constante del profesor es un reto ético que impone la cultura actual. Además de su materia de especialización, debe actualizarse sobre los medios de comunicación y su vertiginoso cambio, evolución y fácil manejo y comprensión por parte de las generaciones jóvenes. Es decir, la constante actualización de su área de especialización, así como la incorporación cada vez más fuerte de herramientas informáticas y demás tecnologías de la comunicación en el proceso educativo, constituyen elementos inseparables e imprescindibles del proceso de aprendizaje actual y futuro.

Si ponemos nuestra óptica en el área de las funciones propiamente docentes, el camino está claramente marcado por todas las leyes y reglamentos; así como por el código de ética del colegio profesional. Ahí enmarcan con mucha claridad todas las funciones del docente, incluyendo no solo los aspectos que tienen que ver con la moral y la ética, sino también indican todas las llamadas funciones inherentes al cargo, que tanto se pregonan a nivel institucional y público, y que están relacionadas con la educación. Todas ellas son de mucha importancia, y su cabal cumplimiento asegura un proceso educativo adecuado.

El meollo de esta tela de leyes y reglamentos, -que son muchos, por cierto-, es la gran cantidad de funciones inherentes a las que un docente debe someterse para ejecutar su trabajo. Esto muchas veces implica una maraña inmensa de papeleos -que aunque sea digital sigue siendo “papeleo-, y labores que van más allá del alcance del profesor. La atención a las necesidades educativas especiales es solo un pequeño ejemplo de las muchas funciones que un educador debe afrontar en su tiempo extra en horas no lectivas, y que consume mucho esfuerzo y dedicación. Esto sumado también al desarrollo normal de su clase, que ya, de por sí, implica una ardua tarea de planeamiento, ejecución y evaluación del proceso educativo que desarrolla.

Este es un reto grande que todo docente debe aprender a sobrellevar. Lo cuestionable no es tanto que el docente con mística y alto grado de responsabilidad lo cumpla o no; lo más importante es el poco reconocimiento que se hace de su labor. Son pocos los estímulos que la persona docente recibe cuando no solo debe trabajar en su centro educativo, sino que, en muchas oportunidades, el profesional en educación debe dejar de lado a su familia para dedicarlo a su trabajo, aun en su tiempo libre. Ese es un reto ético tanto para el educador, como para las autoridades educativas del país que deberían reconocer más el esfuerzo hecho por los docentes. Además del abandono de su familia, también muchas veces se da el abandono físico, pues no son pocas las veces cuando un educador debe desarraigarse de su hogar para trasladarse a lugares muy lejanos y atender su compromiso profesional en su trabajo, pues esa es una tarea que debe cumplir.

Otro de los retos más importantes sobre los cuales debe reflexionar cualquier docente es sobre el carisma y el acercamiento hacia sus alumnos. Uno de los reclamos más frecuentemente se escuchan del alumnado es la lejanía que tiene el profesor de su vivencia diaria; esto en el sentido de que el alumno espera encontrar a un amigo en el profesor, cuando llega al centro educativo. Incluso la aparente falta de una adecuada educación sexual en las aulas de escuelas y colegios es un aspecto complicado de dilucidar.

Podemos considerar como verdadero el hecho de que la cercanía entre las personas genera situaciones de empatía entre las partes, y por consiguiente un mejor proceso social y colaborativo, también es verdad que, dependiendo de la madurez del estudiante, este puede ser más bien contraproducente y hasta legalmente peligroso. Pero si entendemos que la mayoría de los educandos que atendemos son menores de edad, y que ellos están inmersos en un marco legal de protección sumamente rígido, cualquier mala interpretación de las intenciones de un docente en su afán de cercanía para con sus alumnos puede acarrear situaciones de demandas muy engorrosas. No son pocos los ejemplos en los que se han presentado incluso demandas falsas que han afectado enormemente el desarrollo profesional de uno o varios docentes hasta en un mismo centro educativo. En este sentido, el Código de Ética (Colypro, 2009) nos da una orientación bastante clara cuando se nos dice que uno de nuestros deberes es “Orientar y apoyar al estudiantado en sus problemas personales, familiares, sociales y académicos, dentro de los límites, alcances y prudencia que el caso permite”.

Las buenas relaciones humanas entre alumnos y profesores son de vital importancia en todo el proceso educativo; y más si están sustentadas sobre la base del respeto mutuo. La cercanía en torno a un vínculo de amistad entre profesores y alumnos es un elemento de una balanza muy frágil que, sobre todo, el docente debe tomar en cuenta para dignificar su profesión, y alejarse de cualquier riesgo en términos de mantener la distancia necesaria para evitar malas interpretaciones en las relaciones secundarias que establezca con los estudiantes.

Otro de los elementos más importantes que podemos ver es el abordaje multidisciplinario que se debe tratar de incorporar en el desarrollo de sus clases. En el mundo actual, globalizado y competitivo, se impone que sus nuevos miembros sean personas más enteradas no solo de un único campo de especialización, sino que, investigue y se informe de otras disciplinas; cuanto más conocimiento tenga, se garantiza un mejor desempeño en su tarea.

Desde este punto de vista, la educación, actuando en múltiples tareas orientadas por un esfuerzo transdisciplinario, resultaría de mucha mayor riqueza para los aprendizajes. Es decir, se trata de procurar al alumno un aprendizaje de conocimientos que no sean aislados unos de los otros por especialidad, sino que un mismo conocimiento pueda ser abordado desde la perspectiva de muchas especialidades de conocimiento, y que ello derive en un aprendizaje más significativo. Este es uno de los retos que tiene el educador actual y que está en concordancia con las acciones que propone el Código de Ética Profesional:

Estimular en sus estudiantes una conciencia democrática y social que conlleve un compromiso auténtico, libre, consciente, creador y racional, identificado con los intereses de la comunidad nacional, regional o local (Colypro, 2009).

Para finalizar este apartado, diremos que el docente tiene muchos retos morales y éticos, y que estos van en diversas líneas de acción. Pero no dejemos al educador solo. Recordemos además que la tarea educativa tiene muchos actores, y no son el educador y el alumno los únicos que están inmersos en este proceso: los padres de familia, así como las autoridades educativas del país, desde el director del centro educativo, subdirectores, orientadores, coordinadores académicos, entre otros, hasta el mismo ministro de Educación del país, todos tienen su papel y sus tareas por cumplir.

En fin…
Los retos éticos que presenta en la actualidad la labor docente van mucho más allá de la simple forma de vestir de unos y otros. De si usa jeans o no. El garbo, la elegancia, con que un educador se presente a su clase es sin duda un estímulo de imagen positiva hacia su alumnado, pero el ejemplo más claro y contundente tiene más que ver con sus acciones.

Estas acciones no son tampoco únicamente en el campo de la dignidad personal. La moral bastante restringe sobre cuáles han de ser las normas del buen convivir humano en sociedad; y no olvidemos que la escuela es una pequeña sociedad.

Las acciones más ejemplarizantes del docente actual, y de las cuales un alumno aprende de forma permanente, giran en torno a su conducta como científico, a las técnicas transdisciplinares que aplica, a la forma cómo atiende y resuelve los problemas, de qué manera se desarrolla con las tecnologías de la comunicación, actuales, diversas y cambiantes, a las adecuadas relaciones humanas que aplica en su desarrollo profesional, al esfuerzo por innovar, y la capacidad de autocrítica y autorreflexión, junto con el deseo permanente de parte del educador de prepararse y actualizarse permanentemente en su campo de especialización, y otros saberes que el mundo actual necesita. Esto quiere decir que, en tanto el profesional de la educación trate de cumplir con esos requerimientos, provocará en el mediano y largo plazo, un aprendizaje en sus alumnos que irá más allá de la simple academia, y se convertirán en aprendizajes en valores, conductas -morales y éticas- que conservará toda su vida, aunque el profesor no lo hubiera enseñado en una clase específica, sino por medio del ejemplo.

Código de Ética (2009). Colegio de Profesores y Licenciados en Letras, Filosofías, Ciencias y Artes. San José. 

Izarra, D. (2006). Ética en la Formación Docente. Laurus Revista de Educación. Revista de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Vol. 12, núm. 21, p 9 – 15. Recuperado de http://redalyc.org/articulo.oa?id=76102102

Starico, M. (1996). Los proyectos en el aula: hacia un aprendizaje significativo en la EGB. Buenos Aires: Respuesta Educativas Serie Aula EGB.

Zamora, A (2012). Ética y sociedad. San José: UNED.

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