Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Pianos y cultura burguesa en la Costa Rica liberal

Contacte al Autor: Rafael Ángel Méndez Alfaro

Un temprano despertar

Los relatos de viajeros europeos que estuvieron de paso por la región centroamericana hacia mediados del siglo XIX dejan evidencias de que, para este período, existían en ciertos hogares de la capital costarricense algunos instrumentos musicales –como pianos– que solían contrastar con el resto del mobiliario doméstico. De igual forma, otras narraciones hablan de la precariedad habitacional que poseía la novel ciudad. Robert Glasgow Dunlop, viajero escocés establecido temporalmente en Costa Rica en 1844, evocaba un panorama desolador al señalar: “Las casas nunca tienen más de un piso; unas pocas son de piedra, pero, con mucho, la mayor parte de tierra” (Fernández, 1972: 112. La primera edición es de 1929).

Otro viajero, de origen alemán, parecía coincidir con Glasgow cuando en 1852 indicó lo siguiente refiriéndose a las viviendas josefinas: “Las grandes ventanas corredizas no tienen cortinas y las persianas son igualmente desconocidas” (Marr, 2004: 349). Este viajero, sin embargo, destacaba con cierto escepticismo que “A veces hasta se ven preciosos espejos colgando de una pared blanca”; o bien, llegó a afirmar que al interior de ciertas moradas “contra la pared blanca se pavoneaba orgullosamente un reloj con imitaciones de bronce” (Marr, 2004: 349).

Estas expresiones, no exentas de colorido, ofrecen algunos aspectos interesantes. En primer lugar, parece claro que los lujos en asuntos de decoración de interiores era algo inusual en las viviendas construidas en la capital. Esto no debiera sorprender si se considera que la herencia colonial en el denominado “Valle Central” muestra signos notables de retraso en materia de infraestructura en relación con otras regiones del istmo. Por otra parte, Marr confirma la sensación manifiesta por otros foráneos acerca de lo inmaculadas que descollaban las casas de adobe levantadas en San José.

Antes de estos extranjeros, el viajero inglés John Hale, en 1825, pocos años después de haberse proclamado la independencia de Centroamérica, parecía sugerir que la blancura de las casas del centro del país constituía una especie de legado. De visita en Costa Rica dejó plasmadas las siguientes anotaciones: “Las paredes interiores de las casas son enlucidas, encaladas o pintadas a la aguada y algunas resultan de mucha fantasía”. Hale, refiriéndose a las viviendas en Cartago, afirmó: “Las casas consisten en un piso bajo únicamente, cuyas paredes están hechas de adobes o ladrillos de una arcilla que parece tierra, que mezclan con césped picado o bagazo de caña de azúcar, haciéndola pisar por bueyes para que estos ingredientes se amalgamen bien. Luego hacen ladrillos de dos pies de largo por unas doce pulgadas de ancho y cuatro o cinco de grueso, que ponen a secar al sol y duran setenta u ochenta años cuando están bien hechos” (Fernández, 1972: 24).

Thomas Francis Meagher, irlandés de origen y estadounidense por naturalización, cuando estuvo de paso por Costa Rica en 1858 señaló: “Construido en su mayor parte de adobes –ladrillos secados al sol– y encalado de pies a cabeza, San José se ve limpio y claro” (Fernández: 1972: 375). En apariencia, los relatos de viajeros y filántropos europeos acerca de nuestro país enseñan que el uso de la cal para cubrir los interiores y exteriores de las viviendas en la capital era un asunto de larga data. También muestran que, para mediados de siglo, las condiciones de la infraestructura habitacional josefina eran realmente discretas.

Wilhelm Marr dejó en algunos escritos su impresión del aburguesado vivir de ciertas familias locales: “Sin ofrecer un confort en el sentido que nosotros le damos a esta palabra, la tendencia a imitar lo europeo se hace sentir más, sin embargo. Ya es un magnífico piano que forma extraño contraste con las dos docenas de modestas sillas de rejilla arrimadas a la pared, faltando el resto de muebles; ya son dos elegantes sofás colocados muy cerca el uno del otro, que hacen más notorio lo que falta” (Marr, 2004: 349).

A decir verdad, este interés por reproducir los patrones europeos no era una novedad en el país. Desde el momento en que el uso del piano se posicionó en el occidente europeo, el país no fue indiferente a esa tendencia. De acuerdo con María Clara Vargas, “Durante la primera mitad del siglo, el piano, un instrumento novedoso que permitía una gama expresiva muy amplia, se convirtió en el instrumento de moda de las grandes capitales europeas... Pronto, estos instrumentos empezaron a ser exportados a lugares tan remotos como la India y los países de América. Eran difíciles de empacar y de transportar, debido a su tamaño, lo delicado de su construcción y lo difícil de su mantenimiento” (Vargas, 2004: 46). Estos aspectos señalados por Vargas parecen ratificar el prestigio y consideración social que traía consigo la posesión de pianos en nuestro país. De hecho, el primer piano introducido en Costa Rica procede de 1835 gracias a la figura del sacerdote José Francisco Peralta.

Los anuncios en periódicos de la época dan testimonio de un temprano interés que algunos sectores sociales criollos mostraban en materia de pianos. Es relativamente común encontrar avisos sobre transacciones de estos instrumentos. Un anuncio de 1874 señalaba lo siguiente: “SE VENDE. Un piano de H. Justin Browne, en casa de Don E. Figueroa, Calle de la Merced. Darán razón á todas horas del día” (Boletín Oficial, 07/071874: 4). El mismo medio de prensa ofrecía otro caso un año después: “AVISO. El que suscribe vende un piano Collard y Collard junto con unos muebles de sala. F. Pinto” (Boletín Oficial, 04/03/1875: 4). Avisos de esta naturaleza constituyen claros ejemplos del tipo de intereses que se asociaban, desde entonces, con grupos de capacidad adquisitiva en el país.

Al lado de la compra y venta de estos instrumentos, surgieron servicios paralelos asociados con ellos. Es posible identificar por medio de los extranjeros de paso por Costa Rica la proliferación del oficio de templador de pianos. Juan Joy ofrecía su trabajo en los términos que se anotan a continuación: “Tengo el honor de avisar á los dueños de los pianos, que de hoy en adelante me hago cargo de templarlos, con las siguientes condiciones: que tengan la bondad de fijar el día para la compostura y que me entreguen á la hora del aviso el honorario, que importa por templar un piano de dos cuerdas por tecla tres medios escudos, y el de tres por tecla una cuarta” (Crónica de Costa Rica, 09/04/1859: 4). Costos como los indicados parecen evidenciar que el mantenimiento del gusto musical descrito no era algo que estuviese al alcance de la mayor parte de la población del país.

Indudablemente, otros servicios vinculados con el divino arte surgieron en la medida que su práctica fue proliferando en el medio local. La Librería Francesa, situada frente a la Catedral en pleno corazón josefino, anunciaba con detenimiento que “ha llegado un riquísimo surtido de papeles de música para piano, para canto y otros instrumentos, á módico precio, a saber: para piano: valses, polkas, mazurcas, contradanzas, shorrttis (sic), etc, etc al precio de 25, 30, 50 y 75 centavos cada ejemplar. Para canto con acompañamiento de piano: arias, cavatinas, tonadas, etc, etc, tanto en idioma italiano, francés y español, se venden al precio de 25, 30, 50 y 75 centavos cada ejemplar” (La Gaceta Oficial de Costa Rica, 11/02/1868: 2).

La venta de partituras suele asociarse con un mercado en expansión en materia musical. En la década de 1870, Augusta Johanning ofrecía en su casa situada en la esquina del Carmen copias de diversas obras musicales. Un aviso en la prensa escrita así lo manifiesta: “Para Piano. Métodos de Hünter, Cramer, Wohlfart, Braver, H. Herz & Ejercicios y otras fáciles, instructivos y progresivas, sin octavas, para niños de Brandt, Bramig, Hanisch, Köhler, Krug, Czerny, Chwatal & Estudios, de Czerny, Berens, Bertini, Gurlit, Clementi, Voss, Cramer & Para la mano izquierda sola; para aprender á marcar el compás; fáciles para niños” (Boletín Oficial, 25/0171875: 4).

Anuncios como los destacados con anterioridad contienen valiosa información asociada con la irrupción de nuevos gustos musicales por parte de algunos sectores económicos. Para la segunda mitad del siglo XIX Rodrigo Quesada, refiriéndose a estos grupos de poder, señala: “Cuando nos percatamos de que los rubros de mayor peso específico fueron aquellos que incidieron directamente en los patrones de consumo de las clases dominantes, en particular interesadas en mantener y consolidar su hegemonía, las importaciones se convierten en un elemento vertebral para entender cómo se construyeron estas clases dirigentes de la época” (Quesada, 2004). Ciertamente, el tipo de importaciones de aquellas clases dirigentes muestra un interés creciente por reproducir estilos de vida europeos, patrones de consumo burgueses. La adquisición de productos suntuarios, entre los que habría que destacar los pianos, partituras y repuestos para los instrumentos, son un indicio de los esfuerzos encaminados a reproducir un estilo de vida urbano.

Esta realidad, que ya es visible a partir de la segunda mitad del siglo XIX, va a adquirir una fuerza inconfundible hacia fines de la centuria, lapso en el cual las transacciones mercantiles asociadas con dicho instrumento se vuelven notables en el país. Esto parece ser un síntoma del crecimiento material experimentado en la nación, resultado de la expansión de las actividades agropecuarias relacionadas con el sector exportador. La inusitada presencia de anuncios de prensa de las dos décadas finales del siglo liberal, donde se ofrecen en venta y alquiler diversos pianos y servicios asociados con estos, refleja el advenimiento de un importante sector de entusiastas del divino arte, como se puede observar.

Comercializando pianos

La revisión general de prensa escrita muestra una radiografía de la creciente importancia que estos instrumentos estaban teniendo en algunos sectores de la sociedad cos-
tarricense de entonces. Desde las décadas de 1850 a 1870 con diarios como Boletín Oficial, Crónica de Costa Rica y la Gaceta Oficial, culminando en los últimos decenios de ese siglo con publicaciones como El Heraldo, Diario de Costa Rica, La República y La Prensa Libre, los anuncios de prensa evidencian el surgimiento y proliferación de nuevos patrones de consumo en materia musical. Gustavo Meinecke anunciaba en 1860 la venta de artículos variados como corbatas, camisas, manteles, relojes de mesa, lavatorios, té verde y negro, porcelanas, y entre su mercadería destacaba la venta de un piano (La Gaceta Oficial de Costa Rica, 08/02/1860: 2). Vargas Cullel, refiriéndose a quienes consumían este tipo de productos, señala que “Las clases y otros servicios musicales estaban dirigidos principalmente a los miembros de la élite, pues eran los que podían pagarlos. Los instrumentos que enseñaban eran sobre todo el violín, el piano, la guitarra, la flauta, el canto y, en algunos casos, materias técnicas como el solfeo” (Vargas, 2004: 48). Avisos de la prensa escrita de la época respaldan lo dicho por Vargas y dejan la sensación de un renovado interés por la adquisición de destrezas e instrumentos musicales, entre los que se destacan, en definitiva, los pianos.

Ejemplo de lo antes dicho se presenta en el siguiente aviso: “La Fábrica de Pianos DE ED. SEILER LIEGNITZ tiene de venta en Puntarenas 9 instrumentos de varios modelos construidos con el mayor esmero y aparentes para el clima de Costa Rica. Dirigirse á Horacio Lutschauning” (La República, 31/10/1890: 4). El anuncio promovido en La República muestra aspectos interesantes. En primer lugar, destaca el volumen de una transacción de muchos instrumentos, situación que evidencia una importante inversión de capital por parte de los empresarios locales. También llama la atención que la construcción de los pianos, de acuerdo con quienes promueven su venta, está pensada para climas tropicales como los que prevalecen en Centroamérica. Lutschauning, agente de la fábrica Ed. Seiler, patrocinaba anuncios de prensa donde ofrecía al público pianos en “cajas elegantes, construidos expresamente para usarse en este clima” (La República, 12/01/1892: 4), reforzando la idea de las características de construcción de los pianos, que los hacían aptos para condiciones atmosféricas tan adversas como las que predominaban en el país en ese entonces.

Acentuar la procedencia de los pianos, por otra parte, era un asunto fundamental. Es por eso que los anuncios vienen precedidos de los nombres de las fábricas donde fueron construidos: Neuman, Seiler Liegnits, Rachals, Rolh, así como Collard y Collard. Un anuncio de La Prensa Libre de 1889 constituye un buen ejemplo: “Un piano. De la acreditada fábrica Collard & Collard, con muy poco uso, construcción de hierro y en magnífico estado. Se vende muy barato” (La Prensa Libre, 23/12/1889: 4). Los pianos de construcción alemana eran, tanto para quienes los vendían como para los potenciales compradores, una garantía de calidad, dado el excelente posicionamiento que los mismos tenían en el contexto europeo. Un aviso que aparece en la prensa escrita parece confirmar lo antes expresado: “DOS PIANOS nuevos de la fábrica H. Kohl de Hamburgo, de venta en la casa de Juan Knohr” (Diario de Costa Rica, 10/03/1885: 3). Resulta frecuente en la crónica periodística capitalina subrayar la naturaleza exótica de los instrumentos musicales como respaldo de calidad del producto que se pone a disposición del público.

El interés de identificar el origen europeo de los pianos parece ser una constante en los anuncios de prensa, y esta situación no resulta extraña si se toma en consideración que en otras áreas comerciales también se manifiesta el mismo propósito. Por ejemplo, en materia de hotelería se encuentra un discurso que rima con el del mercado musical. Una historiadora costarricense ha señalado al respecto que “El afán por gratificar al extranjero y la necesidad de imitar los aires de Europa conducen a los hoteleros a promocionar, en los periódicos de la época, los detalles de su empresa haciendo resaltar características europeizantes, símbolo de la modernización” (Vega, 2004: 155).

A pesar de que esta es la tónica predominante hacia fines del siglo XIX, los periódicos ofrecen testimonios ocasionales donde las importaciones no siempre seguían el patrón de los productos de naturaleza europea. Tal es el caso de productos musicales procedentes de América del Sur. En 1888, se promovía la venta que se anota a continuación: “Un piano de alta novedad por su construcción elegante y sólida, á la par de poseer voces de timbre verdaderamente argentinas, tiene de venta en su oficina nuestro amigo don J. R. Mata” (La República, 14/12/1888: 4).

También aparecen algunos casos donde se brindan pianos elaborados en la naciente potencia de los Estados Unidos de América. El Diario de Costa Rica tenía un interesante anuncio al respecto: “PIANOS TOLEDO. Construidos expresamente para los países Hispano-americanos. Oficinas 134 East Street, New York. Es un hecho incontrovertible, del cual han dado constantes testimonios los más afamados pianistas tales como Listz, Thalberg, Rubinstein, Gottschalk, Marmontel y otros, que los Pianos Americanos son los mejores del Mundo, tanto por sus potentes y sonoras voces, cuanto por su extraordinaria duración. Sin embargo de esto, dichos pianos son apenas conocidos en las Antillas á América del Sur, en cuyos países se introducen solamente (con raras excepciones) Pianos Franceses y alemanes; ¿Y cuál es la verdadera causa de esto? Vamos a explicarla. Hace muchos años que Francia y Alemania producen muchos más Pianos de los que necesitan para su consumo interior, y de aquí que hayan tratado de dar salida á estos productos de su industria en otros países, valiéndose para realizar su propósito, de constantes anuncios y de hacerse mutua competencia en los precios. En los Estados Unidos, por el contrario, se han vendido para el consumo interior, sin gran esfuerzo hasta hace poco tiempo, todos los pianos que el país podía producir y por lo tanto los fabricantes no tenían necesidad de anunciarlos mucho en el extranjero, ni de rebajar los precios, puesto que aquí, por las leyes esencialmente proteccionistas que rijen, no podían temer la competencia de los fabricantes europeos. Tal es el verdadero y único inconveniente que han tenido hasta ahora los señores profesores y aficionados de los países Hispano-Americanos para adquirir los notables Pianos construidos en este país, inconveniente que vienen a obviar por completo los magníficos Pianos Toledo, por la extremada baratura de sus precios” (Diario de Costa Rica, 28/05/1885: 4).


La extensa cita anotada permite destacar algunos aspectos relevantes. En primer lugar, deja ver la tradición y peso que los pianos europeos de origen francés y alemán tenían entre el gusto de los importadores y clientes hispanoamericanos. En segundo lugar, muestra la importancia que la publicidad desempeña en la venta de distintas mercaderías y, en este particular, en difusión de instrumentos musicales como el piano. Por otra parte, pone de relieve las excelentes condiciones de construcción que tienen los pianos elaborados en los Estados Unidos y los bajísimos precios que gozan en relación con sus similares procedentes de Europa. Sin embargo y a pesar de que es posible identificar algunos casos como los señalados, el predominio de los pianos y productos originados en el continente europeo no solo son primordiales en el renglón de las importaciones centroamericanas de fines de siglo XIX e inicios del XX, sino los más destacados en el rubro de los anuncios de los periódicos de circulación local en materia musical.

Es preciso indicar que el creciente aburguesamiento del gusto musical de sectores asociados al poder se manifiesta también en la multiplicación de individuos y casas comerciales dedicados a la venta de pianos. Entre las sociedades mercantiles sobresalen Echeverría y Castro, Coronado y Hno. y la Agencia Seiler; por otra parte, es posible observar el nombre de múltiples individuos ofreciendo pianos nuevos y usados, tales son los casos de Roberto Esquivel, Cecil Sharpe, José Canalias, J. R. Mata, R. Nereo Valverde, Agustín Gutiérrez, Jenaro Castro Méndez, Enrique Denne y otros más. La frecuencia con que aparecen anuncios insertos en los periódicos de la época correspondientes a estos empresarios y sociedades mercantiles varía dependiendo de si los mismos son importadores, distribuidores locales de dichos productos, agentes o representantes de las fábricas de pianos o bien, dueños directos de algún instrumento musical que desean vender y que para tales efectos contratan anuncios en la prensa escrita.

El costo que tenían los pianos fluctuaba de acuerdo con cuatro aspectos básicos: en primer lugar, si estaban nuevos, usados o reconstruidos. En este sentido, existen ciertos indicios para determinar precios de estos instrumentos. Un anuncio de 1883 indicaba al respecto: “UN PIANO NUEVO y de primera clase que costó 1.000 pesos se vende en 600 pesos. Información en la oficina de El Heraldo” (El Heraldo, 10/01/1883: 3). La regularidad con que aparecen anuncios de este tipo sugiere la existencia de un mercado en expansión. Ligado a lo anterior, su costo dependía también de si eran pianos de cola o verticales. Los de tipo vertical eran por tendencia general de un precio menor a los de cola. Un aviso de 1874 señalaba: “El que suscribe vende un piano vertical, bastante bueno por el bajo precio de 250 pesos” (Boletín Oficial: 17/03/1874: 3). Otro anuncio, esta vez de 1885, ofrecía para venta “Por la ínfima suma de $125 un piano vertical en buen estado” (La Gaceta. Diario Oficial, 06/02/1885: 4). En términos generales, el diseño menos complejo y el carácter más portátil de los pianos verticales provocaba que su costo fuera siempre menor a los de cola. Estos últimos requerían un espacio mayor dentro de las fastuosas viviendas de la élite local para su ubicación, de igual forma resultaban de más difícil traslado desde los puertos hasta el centro del país.

Por otra parte, es preciso señalar que el precio de los pianos consideraba otra variable determinante como era si la venta se ejecutaba al contado o al crédito. Algunos individuos ofrecían pianos a precios rebajados siempre y cuando la venta se ejecutara con el pago en efectivo. En 1892 un aviso planteaba un buen ejemplo al respecto: “UN PIANO. CECIL SHARPE vende al contado uno bueno y muy barato” (La República, 06/05/1892: 4). La venta de estos instrumentos también se ofrecía a plazos. Agustín Gutiérrez ponía a la venta un piano en 250 pesos, indicando que “el pago lo puede hacer el comprador, ya sea en mensualidades de 25 pesos cada una, ó ya pagando la cantidad á los 5 meses de hecha la compra” (Boletín Oficial, 17/03/1874: 3). A pesar de que en este último caso el anuncio no precisa si el pago realizado a plazos acarrea intereses sobre el saldo adeudado, es de suponer que el costo final de los instrumentos pagados bajo esta modalidad tenía un precio mayor que si el mismo se ejecutaba al contado.

Por último, el costo de un piano dependía del prestigio que tuviera la fábrica encargada de diseñar el instrumento. Un anuncio de la época parece ilustrar con claridad lo antes dicho: “PIANOS. Se vende uno nuevo, fábrica de Rochals por $600; ó uno de medio uso, fábrica de Rolh por $300. F. Quesada” (La República, 07/10/1890: 4). La tradición de las fá-
bricas y de los países productores de pianos incidía, de una u otra forma, en la garantía ofrecida por el producto, como en el costo que los mismos tenían dentro del mercado local.

Sin embargo, cabe destacar que junto a los anuncios de venta de instrumentos también aparecen otros que promueven el alquiler de los mismos. Algunos de estos avisos son escuetos y solo señalan el arrendamiento; en tanto otros son de mayor alcance. Un caso representativo indicaba: “Para Noche Buena. Me han llegado y alquilo para bailes, serenatas, paseos de campo y toda clase de reuniones, DOS PIANOS de cigüeña con lindas y nuevas piezas de los mejores autores” (La República, 20/12/1889: 4). Nótese en este caso particular que los pianos que se ofrecían en alquiler eran pequeños instrumentos de fácil traslado, acompañados de partituras de artistas representativos del género. Aunque de menor presencia en la prensa escrita, los anuncios de alquiler de pianos muestran, de alguna forma, los diversos ámbitos en los que este instrumento estaba teniendo alcance.

Afinadores y compositores

Desde una época tan temprana como la década de 1850, la prensa escrita da razón de individuos dedicados a ofrecer servicios como templadores, afinadores y constructores de pianos, situación que se acentúa de forma notable en las décadas finales de la centuria. Un anuncio inserto en La República resulta revelador en este particular: “AFINACIÓN Y COMPOSTURA. PIANOS Y ÓRGANOS. EDUARDO EGE. Constructor y afinador de la casa Erard de París. Afinación $8 pesos... Mr. Eduardo Ege es constructor del órgano de la nueva Catedral de San Salvador” (La República, 03/03/1885: 4). Este aviso habla claramente de las calidades de quien ofrece el servicio, destacando su trayectoria y buen nombre. La demanda
de estos servicios de-
bió traer consigo el advenimiento de personas inescrupulosas que pretendían dedicarsea este tipo de oficios.

Esto se desprende de un aviso que en la prensa publica el mismo Eduardo Ege, advirtiendo “OJO! OJO! Aviso al Público. Yo no respondo de ningún individuo que se presente en mi nombre para afinar o componer pianos. Las personas que quieran honrarme con su confianza deben dirigirse directamente a ED. EGE” (La República, 03/05/1889: 4). En este caso, el oficio asociado con la compostura de pianos no se encontraba exento de la proliferación de personas que, aprovechando el crecimiento del mercado musical, intentaban suplantar a individuos que, como Ege, tenían trayectoria en estos oficios.

Otros individuos como Eugenio Savé, E. Peralta, Alberto C. Martínez y Gustavo Meineke surgen de forma regular en la prensa escrita como compositores, reconstructores de pianos y órganos, afinadores y ¿cómo no?, profesores del mencionado instrumento. Ignacio Arpón aparece en distintos periódicos promoviéndose como afinador de pianos, profesor de teneduría de libros, de música y de piano, atendiendo al público en un principio en el Hotel de Roma y más tarde, en la Calle del Comercio No. 72. En un anuncio elaborado por Arpón en La Gaceta del 4 de febrero de 1885 se señalaba: “PIANOS. El profesor que suscribe compone y afina pianos á precios módicos, garantiza su trabajo, al que hace 24 años está dedicado tanto en Europa como en América”.

Para algunos individuos la adquisición de pianos en mal estado y su recomposición resultaba un negocio que ofrecía distintos grados de rentabilidad. La prensa escrita permite identificar algunas evidencias al respecto. 

En la Gaceta Oficial (27/12/1863: 4) individuos y casas comerciales dedicados a la venta existía un anuncio muy interesante: “Se vende BARATO un piano descompuesto”; en otro aviso, esta vez de La República (18/10/1887: 4) se expresaba: “SE COMPRARÁ un piano viejo, por descompuesto que sea”. Habría que indicar que, en efecto, el mantenimiento de pianos y órganos era un asunto ciertamente oneroso, que no muchos estaban en la posibilidad de costear. La adquisición de pianos traía consigo, necesariamente, el surgimiento de especialistas dedicados a labores como arreglos y afinación de instrumentos.

Quizá por lo antes dicho, el oficio de reparar pianos era una labor que algunos se tomaban muy en serio. Un aviso de La Prensa Libre revela un panorama despejado de esto: “Alberto C. Martínez ofrece sus servicios en la reconstrucción de pianos, órganos, armoniums. Ofrece también reparar y colocar piezas nuevas á los pianos y órganos de manubrio” (La Prensa Libre: 31/12/1892: 4). Parece claro que junto a la venta y alquiler de pianos, se desarrolló un mercado paralelo de servicios que daban soporte al exquisito gusto musical de la élite costarricense. Resultó indispensable que al lado de afinadores, compositores y templadores de estos instrumentos, también surgieran servicios como los de profesores de piano.

Lecciones a domicilio

La compra de pianos y órganos por parte de familias acaudaladas costarricenses estuvo acompañada de la necesidad de aprender su manejo. La venta de partituras y obras para piano en la capital costarricense es un síntoma de dicho interés. Páginas atrás se demostró cómo, hacia la segunda mitad del siglo XIX, el temprano interés por el mundo de los pianos trajo consigo la difusión de oficios y venta de servicios asociados de forma directa con la venta de estos instrumentos y con la adquisición de destrezas para su dominio. Sin embargo, es hacia fines del siglo liberal que se va a experimentar un verdadero “boom”, tanto en las transacciones mercantiles de dichos instrumentos, como en la proliferación de individuos y negocios dedicados a dar mantenimiento a los pianos, servicios de enseñanza musical a los aficionados, y venta de partituras a los apasionados del piano.

Ejemplo de lo anteriormente dicho es un interesante anuncio de La República donde se indica: “LECCIONES DE PIANO. Deseosa de tomar algún repaso en mi excursión artística, he decidido permanecer algún tiempo en esta sociedad costarricense tan galante como entusiasta por el divino arte. A sus órdenes, pues, pongo mis conocimientos musicales ofreciéndome á dar lecciones de piano á domicilio á todas aquellas personas que deseen continuar bajo mi dirección el estudio del piano. Ana Otero” (La República, 12/06/1892: 4). Este tipo de servicios prestados por extranjeros que arribaban a nuestro país era un recurso utilizado para adquirir algunos fondos que les permitieran un mejor vivir. Parece que el mercado musical, a pesar de su expansión a nivel local, no era lo suficientemente grande, como para permitir una vida holgada y dependiente de las lecciones privadas que se impartían a los miembros de la élite que disponían de órganos, pianos de cola o verticales. Por el contrario, estos servicios solían deparar ingresos modestos, proporcionales a un medio que guardaba aspiraciones e ideales burgueses, pero que disponía de ingresos modestos en comparación con otras urbes del istmo y más aún, del continente americano.

A pesar de lo anterior, los anuncios de profesores invitando a la contratación de clases privadas surgían con frecuencia. Por ejemplo, en un aviso de La República (03/08/1888: 4), E. Peralta se promovía como profesor de piano expresando que: “Ofrece sus servicios á este respetable y filarmónico público para cuantos trabajos de su profesión le confíen; para lo cual cuenta con un completo surtido de materiales y herramientas escogidas en la fábrica de Pleyel donde hizo sus estudios”. Otro músico de origen extranjero, Pantaleón Zamacois, pianista de origen español, se estableció en el país entre 1865 y 1866 y por medio de la prensa escrita anunciaba clases de piano con un “sencillo, agradable y progresivo método” (La Nueva Era, 03/03/1860: 4).

Algunos avisos indicaban que las lecciones privadas estaban orientadas a iniciados en el arte. Por ejemplo, en 1899 se señalaba: “A DOMICILIO. Doy lecciones de piano á principiantes. PRECIOS MÓDICOS. Manuel Quirós” (La República, 02/04/1889: 1). En otros casos se daban lecciones en las residencias de sus discípulos, impartiendo clases de piano,solfeo y otros instrumentos afines. En general queda la impresión de que la diversidad de servicios musicales ofrecidos desde mediados del siglo XIX es resultado de un creciente gusto por este tipo de arte. De forma paralela, estos nuevos gustos tienen asidero una vez que la economía de naturaleza agro exportadora se consolidó en el país, propiciando condiciones para que los sectores asociados al comercio exterior destinaran importantes recursos a la importación de diversos bienes suntuarios, entre los que se destacan aquellos vinculados al arte.

En su conjunto, la importación de pianos para su venta y alquiler, así como el surgimiento de servicios asociados con ellos (esto es, afinadores, compositores, profesores y especialistas en su arreglo, o bien la distribución de partituras de distinta naturaleza) constituyen un síntoma de cómo los sectores acaudalados de Costa Rica en la segunda mitad del siglo XIX pretendieron reproducir ciertos patrones de consumo, propios de la burguesía europea del mismo período, no siempre con el éxito deseado.

Conclusión

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, parte de la sociedad costarricense experimenta un conjunto de cambios asociados con la incorporación progresiva de nuevos hábitos de consumo y de gusto por el arte musical como una expresión más de la aculturación europea sufrida por Costa Rica en el marco de su inserción al mercado mundial. El establecimiento de un modelo agro exportador que ubicó a naciones como la costarricense en el ramo de proveedores de materias primas, y el contacto que para los individuos de nuestro sector dominante representó el comercio exterior, incidieron en el interés creciente que estos mostraron por reproducir patrones de consumo predominantes en Europa.

Este gradual aburguesamiento del sector dominante costarricense se reflejó en el comportamiento mostrado en el renglón de las importaciones del período en estudio. Lozas, porcelanas, alimentos en conserva y un renovado interés por el arte, asunto que se materializó en la adquisición paulatina de diversos instrumentos musicales como los pianos, así como en la compra de partituras y la contratación de servicios asociados con el mantenimiento de los instrumentos y lecciones privadas para la adquisición de su manejo, reflejaron un nuevo estilo de vida urbana que comenzó a prevalecer entre las familias que ostentaban el poder en la Costa Rica del siglo liberal.

La proliferación de entusiastas por el divino arte se vio reflejada en la expansiva presencia de anuncios y avisos de prensa escrita de la época, momento en que coincide con un florecimiento de periódicos de circulación local. La revisión meticulosa de diversos medios de prensa permite apreciar el creciente interés que en materia musical tienen sectores acaudalados de la nación. La importación y comercialización de pianos verticales y de cola, la multiplicación de aficionados a este género musical y la creciente oferta de servicios asociados con este tipo de instrumentos, van a revelar la reproducción de patrones de consumo europeizantes que se van a entronizar en la sociedad costarricense de entonces.

Fernández Guardia, Ricardo (1972) (Introducción, notas y traducción). Costa Rica en el siglo XIX. Antología de viajeros. San José: EDUCA. La primera edición es de 1929.

Marr, Wilhelm (2004) Viaje por Centroamérica. Introducción de Juan Carlos Solórzano. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Quesada Avendaño, Florencia (2011) La modernización entre cafetales: San José, Costa Rica, 1880-1930. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Quesada Monge, Rodrigo (2004) Recuerdos del Imperio. Heredia: Editorial de la Universidad Nacional.

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Vega, Patricia (2004) Con sabor a tertulia. Historia del consumo del café en Costa Rica (1840-1940). San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

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