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Fundamentos Filosóficos del (Neo)Liberalismo

Contacte al Autor: Francisco Javier Valverde Brenes

Filosofía económica,política y social del presente

Introducción
El éxito depende del hombre que dirige la barca, de este Homo oeconomicus, audaz y calculador, capaz de sacrificar su salud y sus placeres cotidianos a la persecución del poder material y del dinero, persuadido de la utilidad de su misión y de que la sociedad debe agradecerle su poder y su riqueza puesto que él trabaja para el progreso general, reparte el trabajo y puede jugar a Mecenas. (R.Schnerb, 1960, p. 194)

El liberalismo es la ideología de las clases burguesas modernas y contemporáneas que, en lo político y económico, exige una intervención mínima del Estado en todas las actividades del ciudadano, las cuales pasan a ser de orden privado. De esta forma, la libertad está dirigida, en primera instancia, al campo privado; es decir, al individuo y sus derechos naturales, así como a sus relaciones interpersonales y de organización social, donde el Estado jugará un papel muy limitado, centrado en la salvaguarda de los intereses de aquellos que le erigieron. En segundo lugar, la economía y al comercio, o sea las transacciones contractuales llevadas a cabo entre los individuos, sin que nadie más que los cointeresados intervenga y sin injerencia del Estado ni de terceros ajenos. El liberalismo, así dispuesto, está en contraposición con el Estado absolutista. Para ello, se le limitan sus funciones como tal y se le divide en varios poderes independientes.

Cómo nace y se instala el liberalismo en el mundo*
Cuando la Revolución Francesa se produjo, entre los años 1789 y 1799, la monarquía absolutista destituida cedió paso a una república constituyente, con un pueblo gobernante de origen burgués; mayoritariamente comerciante: mercaderes y artesanos. Con este cambio, se depone el modelo feudal de sociedad que imperaba. Así, se hizo necesaria la constitución de una nueva economía y de un nuevo modelo social, para que subsistiera el orden levantado por la Revolución. La novel economía, basada en el comercio, requería de nuevas reglas que le permitieran sobresalir tanto en sus tierras como fuera de ellas, y edificar una nueva nación. Los medios de producción prevalecieron dentro de aquel entorno, como activos de mucho valor. Eran ideales para levantarse política y económicamente, mediante a una estructura ideológica fundada en el capital financiero, la cual comenzaba a tomar auge en los mercados de Inglaterra y Alemania.

Filósofos e ideólogos establecieron las bases necesarias para construir el marco filosófico del modelo capitalista, en el cual se sustentaría el pensamiento liberal económico, no intervencionista, del laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar; o la libertad manufacturera, libertad aduanera), difundido en el siglo XVII. Entre las figuras que destacan, se pueden mencionar: Hugo Grocio (1583-1645) y Samuel von Pufendorf (1632-1694), en el ámbito del fundamento del derecho natural; John Locke (1632-1704), James Mill (17731836) y Adam Smith (1723-1790), en las tesis referentes a lo que debía representar el Estado moderno, así como la inalienabilidad los derechos naturales de todo individuo (libertad, vida, propiedad), la estructura de la economía basada en el libre mercado y la división del trabajo.

Paulatinamente, y junto a las nuevas teorías del siglo XIX sobre la moral utilitaria, o utilitarismo, y la libertad individual y sus limitaciones –concebidas por el pensamiento de Jeremy Bentham (1784-1832) y John Stuart Mill (1806-1873)–, se le fue dando cuerpo y solidez a una época que transformaría a la sociedad en medio de la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX. Esta Revolución sería un hito en la historia mundial, mediante el acortamiento de distancias generado por la máquina de vapor, el ferrocarril y el telégrafo; el auge de la nueva industria fabril, las metalurgias y, desde luego, por la intempestiva búsqueda de oro, a partir del descubrimiento de los ricos yacimientos en Norteamérica.

La continuación de la Revolución Industrial, en el siglo XIX, catapultó el modelo de economía burgués y capitalista, el cual exigía, cada vez más, la apertura de los mercados y
las fronteras, ya fuera por tratados vecinales o por el colonialismo, en boga durante buena parte del siglo. Este colonialismo era perseguido por muchos, para constituir una nación en imperio, permitiéndoles subyugar a otros bajo su dominación y su hegemonía. Estos fueron los casos de Inglaterra, Francia, Rusia, y el imperio Austro-húngaro, entre los más destacados. Al final del siglo XIX, se dio el empoderamiento los Estados Unidos como imperio colonial, al hacerse de los territorios españoles en el Caribe, luego de la guerra de 1898.

La Revolución Industrial no terminó de dar sorpresas al modelo capitalista. A inicios de la primera década del XIX, surge un modelo industrial de fabricación más práctico y efectivo, revolucionario para la época: la producción en cadena o producción en masa. Las fábricas del estadounidense Henry Ford (1863-1947) dieron la voltereta a una industria deseosa de mayores réditos y utilidades, con la posibilidad de emplear más obre-ros y aumentar sus ga-nancias. En ella, cadaobrero se dedicaba auna pequeña parte de la cadena de fabrica-ción; solo eso hacía en su función. Así, uno de
los autos que fabricaban podía ser construido en un tiempo récord de tan solo 98 minutos. Claro está, la producción en masa exigía no solo más obreros, sino mayor sacrificio de éstos, dentro de las líneas de producción.

Trabajaban en condiciones inhumanas y sin mayores garantías psicofísicas. En este momento, la expresión “el tiempo es oro” era seguida al pie de la letra; así lo que se trabajaba se pagaba; los descansos no constituían trabajo remunerado, y todo giraba alrededor de la mínima pérdida de tiempo (valioso para la producción).

Con la era industrial del siglo XIX, surge otra de las tesis que conformarán la mentalidad de principios del siglo XX. Esta le daría al liberalismo capitalista validez formal: el cientificismo.

En el siglo XIX, la mentalidad reducida a la razón deductiva cartesiana cedió a la investigación experimental y empírica. Así, el modelo inductivo de la ciencia iba a prevalecer como camino seguro hacia la verdad demostrada y, en ese sentido, verdad positiva. El positivismo reinante con los filósofos Auguste Comte (1798-1857) y John Stuart Mill dará legitimidad al método científico, según las reglas de la verificación y la inducción matemática. Aquellas disciplinas ausentes de esta legitimación, cuyas investigaciones no seguían el método, sino se quedaban en la especulación deductiva –como la metafísica, astrología, religión, teología etc.–, eran despreciadas o degradadas. La ciencia positiva y el método científico serán entronizados como la ciencia y el método por excelencia. Mediante estos se verán resueltos todos los problemas que sufriera la humanidad.

El filósofo y escritor francés Ernest Renan (1823-1892) escribía en L’avenir de la science (El porvenir de la ciencia) (1890, cap.II –Traducción libre del autor–): «La science, et la science seule, peut rendre á l’humanité ce sans quoi elle ne peut vivre, un symbole et une loi» (La ciencia, y la ciencia sola, puede hacer por la humanidad aquello sin lo cual no podría vivir, es un símbolo, una ley.) Por otro lado, dice: “La science est donc une religion; la science seule fera désormais les symboles; la science seule peut résoudre á l’homme les éternels problèmes dont sa nature exige impérieusement la solution” (La ciencia es por tanto una religión; la ciencia sola hace de ahora en adelante los símbolos; la ciencia sola puede resolver al hombre los eternos problemas que su naturaleza exige resolver imperiosamente) (1890, cap.V final).

La ciencia será la panacea anhelada y, junto con la invención industrial, la química y la física, el mundo se embelesa en sus propias conquistas. La matemática se alía con la física y se comienza a dominar el tiempo: se trazan los sectores horarios y se define una hora internacional, con la cual el esfuerzo, el comercio, el dinero, el capital y la industria podrán ser sometidos con mayor exactitud. El término positivo, a partir de ahí, se enlazará con la vida diaria del burgués y del comercio, controlada ahora por la nueva precisión horaria del mundo. Por ello, su significado implicará eficacia, validez, seguridad, acción, funcionalidad y utilidad.

Ser positivo simbolizará tener fe, tener confianza en que las cosas mejorarán por mediación de la ciencia. Incluso, el ser humano mismo será sujeto de estudio científico a través de la naciente ciencia sociológica, cuyas reglas serían establecidas por el francés Emile Durkheim (1858-1917), en su obra Les règles de la méthode sociologique (1895). Con esta propuesta, Durkheim alineará a la socie-dad y a sus individuos dentro del método. También, presentará a todas sus instituciones como hechos sociales, fenómenos dados, constituidos y maduros que, a lo sumo, requieren ser explicados para ser entendidos tal cual, sin cambio alguno; si no, sería para mejorarlas, nunca para transformarlas. De esta forma, la sociología da legitimidad a la sociedad burguesa, a sus instituciones y a su economía liberal y capitalista.

La finalización del siglo XIX está fechada con un suceso especial: el asesinato de un archiduque del imperio austro-húngaro (Francisco Fernando), por parte de un estudiante nacionalista serbio. Este atentado desencadena la Primera Guerra Mundial. Los acontecimientos giran alrededor de la tensión expansionista entre los imperios del momento y los países liberados. Esto se vio agravado por la lucha que había empezado desde la segunda mitad del siglo XIX, por parte del naciente movimiento comunista, cuyos ideólogos fueron los filósofos alemanes Karl Marx (1818-1883) y Friederich Engels (1820-1895). Influyó también la agitación obrera mundial, organizada a través de lo que se llamó Internacional Comunista, en 1889; cuyo esfuerzo revolucionario pretendía mejorar las condiciones del pueblo explotado y unificar a los obreros proletarios del mundo, con el fin de transformar la sociedad y acabar con el modelo liberal capitalista.

Como se puede apreciar, la tensión mundial era alta y solo se esperaba una excusa para desatar el conflicto. Este era deseado por algunos, pues pretendían –a partir de ello– extender su imperio. Sin embargo, la guerra fue tan encarnizada como despiadada. Ninguno salió con una clara victoria sobre el otro y, para empeorar la situación, la división política de Europa terminó también fragmentada, modificándose sustancialmente sus territorios. El tratado de Versalles (1919), con el que se firma la paz y el final de la guerra, responsabilizó a Alemania del conflicto. Los alemanes quedan desmembrados y desmoralizados: tierra fértil para el segundo gran conflicto...

Las dos guerras mundiales del siglo XX dieron, teóricamente, un receso a las cuestiones de los modelos económico-sociales del liberalismo del siglo XIX. De hecho, con la depresión del año 1929, este modelo perdió tanto credibilidad, como teóricos que le respaldaran. Tales sucesos hicieron creer a los economistas que el mercantilismo había fracasado. El dictador germano Adolf Hitler pudo haber visto su éxito en 1933, a través de un pueblo alemán sumido en la derrota de la primera guerra, sin dinero y devastado por la depresión inflacionaria de 1929, la cual golpea fuertemente a toda Europa. Al final de la segunda guerra, en 1945, el mundo intentó volver a su vida cotidiana, encarando una Europa destrozada física y moralmente, y un imperio japonés quebrantado por dos poderosas bombas de reciente invención y manufactura, mediante la también recién descubierta teoría atómica.

Tras el conflicto, el mundo ve destacarse dos naciones como superpotencias: los Estados Unidos de América (EE. UU.) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Una capitalista, la otra socialista-comunista.

Mientras tanto, para restablecerse de los daños, Europa y Japón se ven beneficiados por lo que se conoció como Plan Marshall (European Recovery Program), liderado por los EE.UU. y por su secretario de Estado, George Marshall. El plan excluyó a todos aquellos países que se habían aliado a la URSS; por ejemplo, Alemania Oriental, y todos los países que quedaron detrás de la frontera ideológica, llamada “Cortina de Hierro”, la cual terminó dividiendo a Europa en dos partes. Estos países intentaron salir avante con el modelo socialista que promulgaba la Unión Soviética, mediante el pensamiento económico del filósofo alemán Karl Marx (1818-1883) y del ruso Vladimir Ilych Lenin (18701924). Después de la revolución rusa, en 1917, Lenin recibió una Rusia con una economía sumamente débil. Aunque comenzó a trabajar en el control de los recursos,la repartición de tierras y la intervención de los precios, comprendía muy bien lo difícil y monumental de su tarea. A su muerte, no habiendo conseguido su propósito, fue sucedido por el secretario general del partido, Joseph Stalin (1879-1953), quien, para ello, se deshizo primero del líder soviético Lev Davidovich Trotsky, a quien Lenin habría preferido como su sucesor.

Después de la Segunda Guerra Mundial, dos ideólogos, filósofos y economistas llegarán a ser los principales impulsores teóricos del nuevo liberalismo económico, el cual fuera reconocido como neoliberalismo en la segunda mitad del siglo XX. Ellos fueron el inglés John Maynard Keynes (18831946) y el austríaco Friedrich von Hayek (1899-1992). Von Hayek divulgaba abiertamente sus tesis económicas desde 1929 y fue discípulo de dos grandes economistas de la escuela austríaca: Friedrich von Wieser y Ludwig von Mises; este último fue teórico entusiasta del libre mercado.

Dentro de este marco de sucesos, el mundo se sentía bastante golpeado, tanto por la guerra como por la Gran Depresión. Se llegó al punto de perder la confianza en las teorías liberales que vieron nacer al siglo XX. Las ideas de Keynes llegaron a gozar de una vasta influencia en todos los círculos académicos, en la primera mitad del siglo XX. De este modo, Von Hayek se vio relegado por mucho tiempo. Incluso, en la presentación de su obra prima Camino de servidumbre (Road to Serfdom) en 1944, no consiguió la audiencia necesaria. Su teoría llegó a ser tema de burla entre los economistas más destacados de su tiempo. Esta situación tuvo a Von Hayek sumido en un estado depresivo durante varias décadas, a pesar de haber ganado el premio Nobel de Economía en 1974.

Por su parte, las ideas de Keynes no llegaron a ser definitivamente adoptadas por los políticos de EE.UU. e Inglaterra, sino hasta la Segunda Guerra Mundial, como fórmula para el control de la economía, durante la guerra y después de ella. La desconfianza que proyectaba todavía la Gran Depresión del 29 hacía que fueran bien vistas las tesis de John Keynes. Pese a ser un economista de pensamiento liberal, Keynes mantuvo una propuesta más bien intervencionista, de economía libre y capitalista; pero con un Estado que tuviera el control de los precios ante posibles recesiones, depresiones o grandes bonanzas. Una especie de Estado de bienestar social, paternalista, tuvo su espacio durante toda la Guerra Fría, entre los años sesenta y hasta antes de la caída del muro de Berlín en 1989. Su acogida se produjo principalmente con el ascenso a la presidencia de John F. Kennedy, en 1961, para quien Keynes era ya el vencedor de la batalla ideológica económica. Kennedy puso a trabajar un plan de levantamiento económico para América Latina, llamado Alianza para el progreso (Alliance for Progress), emulando un poco el Plan Marshall y con la tesis de un Estado solidario. Sin embargo, en 1970, no había llegado a tener ni apoyo ni resultados. Al fin y al cabo, el plan había sido estructurado con la finalidad de contrarrestar la influencia de la Revolución Cubana. La Guerra Fría, entonces, tuvo como corrientes principales al socialismo soviético y al capitalismo occidental. Era un mundo dividido entre dos economías: una controlada por y para el Estado, otra capitalista pero de bienestar social, el cual no concebía democracia alguna sin libertad de mercado.

Durante la Guerra Fría, fue destacándose otro economista de la Escuela de Chicago: Milton Friedman (1912-2006), Premio Nobel de Economía en 1976. Era adversario del intervencionismo estatal keynesiano y promulgador de las tesis del monetarismo y del liberalismo económico. De hecho, las políticas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional tienen asidero en sus tesis liberales. Von Hayek se adherirá, como profesor, a dicha escuela, pues la veía como única posibilidad de ser recibido y reconocido. En ella, Hayek llegó a sentirse como en su casa. Milton Friedman intervino en la economía de los EE.UU. durante la administración Nixon (1969-1974). Entonces, se produjo lo que se conoció con el nombre de “estanflación” (palabra compuesta de “estancamiento económico” y de “inflación”; en inglés stagflation). Los presidentes Richard Nixon y Jimmy Carter fueron partícipes directos de esta situación y fueron señalados como responsables de no detenerla.

La conducta económica del Reino Unido fue distinta. Ellos decidieron tomar el camino opuesto: no control; es decir, no a la economía mixta, sí al libre mercado. Estas tesis orientaron la economía inglesa hacia la filosofía de Caminos de servidumbre, de Von Hayek. Con el gobierno de Margaret Thatcher (1979-1990), a partir de 1979, el ideario liberal de Hayek comenzó a abrirse paso como solución a la estanflación y al Estado benefactor. Se menciona que Margaret Thatcher, no siendo aún Primera Ministra, llegó a afirmar públicamente que aquello en lo que creía era... Caminos de servidumbre.

Cuando Ronald Reagan llega a la presidencia de los EE.UU. (1981-1989), el mundo se encuentra con un presidente que compartía las ideas de Margaret Thatcher en cuanto a economía. Y por supuesto, era partidario de la filosofía económica de Friedrich von Hayek. Con ello, Reagan también llega a detener la economía mixta de Estado y logra contener la estanflación, de ahí su éxito. A Hayek se le va a reconocer como el padre del liberalismo moderno, liberalismo que se entroniza con el derrumbe de la Unión Soviética en 1991, y su desmembramiento. Aunado a la caída del Muro de Berlín, en 1989, lo cual simbolizó la victoria total del capitalismo y del liberalismo económico. El mundo dejó de estar dividido y quedó bajo el dominio de una única superpotencia, cuya ideología iba dirigida al dominio del mercado mundial mediante lo que se conoce como globalización. Es decir, una economía sin fronteras de ninguna clase, donde todos contienden en ese mercado total, en libre competencia y con solo las reglas que naturalmente lo rigen, las cuales Adam Smith llamó la “mano invisible”, en su obra principal An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones) (1776).

De esta forma, en el último cuarto del siglo XX, la filosofía económica da un vuelco hacia el libre mercado, el liberalismo comercial, el Estado reducido y no intervencionista y la completa y libre competencia y, por supuesto, la globalización. Esto permitió retornar al liberalismo del siglo XIX, denominado hoy neoliberalismo, por el hecho de tener su auge cien años después. No obstante, sigue siendo regido por los mismos conceptos que lo crearon en aquella época y, mejor aún, con el sueño liberal de ver el mundo convertido en un gran mercado, en una gran mercancía... Con la globalización, las empresas ya no se llamarán internacionales, sino multinacionales; el capital y control de los medios de producción que ellas tengan será lo que determine su éxito en este gran mercado, en detrimento directo de todas aquellas que no puedan estar a la misma altura o en la misma posición.

El siglo XXI ve su inicio con una globalización que busca, a toda costa, absorber a todos los países, mediante los tra-tados de libre comercio (TLC). Libertad completa y apertura de fronteras para las transnacionales; libertad para que los países compitan –aunque éstos no puedan o no estén en condiciones—; libertad para la transculturación, sin oposición y sin importar si hay mayor influencia de los poderosos. Se une a esto la obligada protección de los intereses transnacionales, evitando que cualquier Estado intervenga y regule las diferencias abismales entre uno y otro. Nadie, dentro de este modelo, tiene derecho a indignarse o a increpar, porque todos tienen las mismas posibilidades de competencia. Pero esta paridad no implica las mismas condiciones. Esto se llama, en la globalización liberal, justicia. El país que se quede fuera de este modelo estará destinado a la ruina económica. Eso, dentro de este orden, es lo que importa. Así, ese país perderá su estatus y será rechazado o bloqueado comercialmente, por más dignidad que se le confiera. El que no tiene nada, nada es. Hace más de 150 años, Marx y Engels habían presagiado el mundo que hoy estamos describiendo:
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.
La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza. (1848/1976, pp. 34-35).

Características principales del liberalismo y del individuo liberal

A partir de este espacio, nos concentraremos en delimitar aquellas características liberales que funcionan como categorías fundamentales. No nos interesará lo que cada uno de sus ideólogos dijo en particular sobre esto o aquello; sino el conjunto de conceptos que permita distinguirle actualmente. El orden que le pondremos a cada uno no corresponde con una clasificación establecida, sino solo con su disposición dentro del desarrollo de este trabajo.

El Derecho Natural:
El liberalismo está fundado sobre el Derecho Natural. La noción de Derecho tendrá aquí un significado medular, dado que el sentido que le otorga el iusnaturalismo implicará siempre poder de dominio (Messner, 1967, p. 1237). Especialmente contemplado en la teoría de Hugo Grocio (1583-1645) y, posteriormente, por Samuel Von Pufendorf (1632-1694). El Derecho Natural fue dispuesto a partir de la concepción geométrica que existía en el siglo XVIXVII y que dejó establecido René Descartes. En este marco, la matemática y la razón serán suficientes, por sí mismas, para delimitar los derechos con que cuenta cada ser humano.

El Derecho Natural se establece según la naturaleza humana, por su esencia misma como ser humano. Tal es la razón consecuente con la naturaleza, que Dios mismo no podría estar en desacuerdo con esta disposición: porque dos más dos son cuatro y lo bueno es bueno y lo malo es malo.

La razón parte de principios axiomáticos tan claros como la matemática. Por consiguiente, no puede haber equivocación alguna en una deducción con carácter de necesaria. Siendo así, todos los seres humanos tienen, en sí mismos, los derechos, aun cuando la ley positiva no lo estipule: si lo hace... mejor, si no lo hace... se da por sentado.

John Locke (1632-1704) verá, en este juicio, una sentencia con procedencia divina, donde la razón la descubre y ratifica pero no la funda, sino que la atestigua. Locke dirá en su Ensayo sobre el gobierno civil: “La razón, que coincide con esa ley, enseña a cuantos seres humanos quieran consultarla que, siendo iguales e independientes, nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones...” (II-6). Nadie tiene derechos sobre el Derecho Natural, establecido primariamente en la vida, la salud, la libertad y la propiedad. Son inalienables, individuales e intransferibles. El Estado debe su existencia a la sola razón de proteger al individuo y a sus derechos; nada más.

El Estado:
Nos dice nuevamente John Locke, en su Ensayo sobre el gobierno civil:
...como la mayor parte de los hombres no observan estrictamente los mandatos de la equidad y de la justicia, resulta muy inseguro y mal salvaguardado el disfrute de los bienes que cada cual posee en ese estado [natural]. Esa es la razón de que los hombres estén dispuestos a abandonar esa condición natural suya que, por muy libre que sea, está plagada de sobresaltos y de continuos peligros. Tienen razones suficientes para procurar salir de la misma y entrar voluntariamente en sociedad con otros hombres... (IX-123).

Esa será la necesidad que Locke encuentra para que se cree el Estado. El individuo renunciará a su poder natural de legislar y ejecutar él mismo la justicia y la salvaguarda de sus derechos, en favor del Estado, el cual estará destinado, completamente, a la seguridad de sus miembros y a garantizar que sus derechos naturales sean respetados por los demás miembros de la sociedad o sociedades: “...para mutua salvaguardia de sus vidas, libertades y tierras (...) bienes y propiedades” (IX-123). Las funciones del Estado serán las que los individuos tenían, en estado de naturaleza, para protegerse: el aspecto legislativo y ejecutivo. Podrá perseguir, castigar y hasta matar, como a una fiera (II-11), a cualquiera que se salga de esa racionalidad; lo cual significa que, a quien viole cualquiera de los derechos naturales dados, dejará de pertenecer a la humanidad por volverse en su contra. “El culpable, por el hecho de transgredir la ley natural, viene a manifestar que con él no rige la ley de la razón y de la equidad común, que es la medida que Dios estableció (...); al hacerlo, se convierte en un peligro para el género humano” (II-8).

El Estado no asumirá ninguna otra función, porque no podrá tener injerencia dentro de las actividades privadas de los individuos, a menos que ellos así lo consientan. De esta forma, este Estado tiene carácter parlamentario, representativo, con división y equilibrio de poderes. Aquí, el poder legislativo es superior al ejecutivo y, éste último está subordinado al primero al punto de tener que rendirle cuentas; incluso, de ser necesario, el representante del poder ejecutivo puede ser destituido y sus funciones depositadas en otras manos. Por consiguiente, el liberal desconfía de sus propios gobernantes, pues aquel es tanto como los demás y los demás son tan rapaces como aquel. De ahí surge la necesidad de constituir un gobierno controlado y limitado en su poder.

La propiedad:
El derecho a la propiedad es fundamental en el orden liberal social y económico. Casi, diríamos, es su primera prerrogativa. Incluso sus adeptos han llegado a afirmar que es a través de la propiedad privada que el ser humano mejor realiza sus fines existenciales: “La esencia del derecho se realiza con mayor perfección en el Derecho de propiedad, ya que éste consiste en el poder de dominio exclusivo e ilimitado sobre las cosas (...) poder exclusivo del propietario sobre la cosa poseída, el derecho a los frutos de ésta, a su utilización con fines de lucro...” (Messner, 1967, pp. 12371238).

Incluso es definida, dentro de esta línea, así: “La propiedad privada es la prolongación de la persona individual en el mundo material orientada a la satisfacción de los cometidos exigidos por los fines existenciales” (Messner, 1967, p. 1240). La propiedad es la que delimita lo que es de una persona y lo que la diferencia de otra. Con el objetivo explícito de procurar de la paz social, porque elimina las disputas (p. 1241).

Siendo John Locke padre del liberalismo, se hace necesario seguirlo en este particular sobre el Derecho Natural. Locke, en su Ensayo sobre el gobierno civil, dice al respecto: “...cada hombre tiene la propiedad de su propia persona. Nadie, fuera de él mismo, tiene derecho alguno sobre ella. Podemos también afirmar que el esfuerzo de su cuerpo y la obra de sus manos son también auténticamente suyos” (V-26). Todo lo que produzca el trabajo del individuo será su propiedad, pues ha partido del esfuerzo de su cuerpo, aun usando instrumentos para ello. Los instrumentos serán solamente extensiones de su cuerpo para lograr o mejorar el producto, entiéndase con ello herramientas, bestias o criados poseídos como pertenencias. Cualquier cosa que ellos hagan o produzcan, al servicio del amo o dueño, será parte de su esfuerzo y, por eso, propiedad suya: “...el sacarlos del estado común en que se encontraban dejó marcada en ellos mi propiedad” (V-27).

La propiedad no tiene límites en tanto cumpla con la ley natural. Por ello se crea el dinero, para que cada uno pueda mantener el valor de lo suyo, sin que se eche a perder y, con ello, aumentar la propiedad. Así, la acumulación es legitimada, desde la propuesta de John Locke: “...los hombres encontraron y aprobaron una manera de poseer legítimamente y sin daño para nadie mayores extensiones de tierras de las que cada cual puede servirse para sí, mediante el arbitrio de recibir oro y plata, metales que pueden permanecer largo tiempo en manos del hombre sin que se eche a perder el excedente...” (V-49).

Cualquier individuo que intente despojar a otro de sus propiedades, aunque sean acumulación, será perseguido por el poder absoluto, poder despótico, depositado en el Estado por la sociedad civil. Eso implica el uso de todos los medios de fuerza a su alcance, para la protección de la propiedad y los demás derechos naturales individuales. Todo esto con miras al bien público. Subráyese que el uso del poder despótico es legitimado, solo en casos muy particulares, “sobre aquellos hombres que no tienen ninguna propiedad” (XV-174). El Estado debe garantizar la propiedad sobre cualquier otra cosa. Ella es el fundamento del liberalismo y es necesario darle seguridad. El individuo debe sentirse seguro con lo que tiene y con lo que pueda tener; solo así será incentivado para producir.

La libertad:
Es conveniente la constitución de un Estado mínimo, el cual garantice la convivencia en paz y el disfrute de las propiedades, la vida de cada uno, la libertad de ser y conducirse como más convenga al individuo. De este modo, el Estado debe velar por el disfrute de la libertad como Derecho Natural. Locke recalca en su Ensayo sobre el gobierno civil: “Siendo, según se ha dicho ya, los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza, ninguno de ellos puede ser arrancado de esa situación y ser sometido (...), nadie puede desear tenerme sometido a su poder absoluto si no es para obligarme por la fuerza a algo que va contra el derecho de mi libertad, es decir, para hacerme esclavo” (VII-95, III-17). En ello estriba la necesidad contractual del Estado, para que el individuo camine por doquier sin temer la violación de ese derecho fundamental por parte de ningún otro poder superior, salvo aquel poder legislativo que rige a la sociedad con el consentimiento de quienes le constituyeron.

Quitarle la libertad a otro es darle opción para que siga con todas sus otras propiedades: la libertad es la base de todo. Cada quien puede ser lo que necesita ser, y poseer y contratar las propiedades que estén dentro de sus posibilidades; siempre y cuando no atente contra la libertad de los otros. Por esto, la libertad no debe entenderse como libertinaje. Pero está en su haber hacer uso de la libertad para tomar ventaja, pues ser amo o dueño de aquel que ha perdido sus propiedades y, con ellas, su libertad, confiere al primero el poder despótico sobre los otros en su propio beneficio.

El individualismo:
El liberal es consecuente con su libertad, porque aquella libertad le permite cualquier cosa para sí, en tanto sea legal. Pero no consiente la misma libertad hacia los demás, pues es cosa de cada uno velar por su salud. Aquí podemos entender el individualismo liberal como la posibilidad de ser para uno mismo y con uno mismo. En este sentido, el liberal es egoísta, porque si la persona no vela por ella misma en su propia autonomía, nadie lo hará.

Esa condición de libertad individual no solo se exige, sino se exalta y se valora. El Estado debe protegerla porque es el medio por el cual el individuo encuentra su autorrealización y, asegurando a cada uno su autonomía, se asegura la felicidad de todos. Así, son como quieren ser, no como otros les obligan a ser. Cada uno vela por sí mismo, en su búsqueda del propio bien; e intenta, como guardián de sí, que los demás no lo condicionen en su esfuerzo. Por eso, se es libre para consigo mismo, no para los otros. John Stuart Mill (18061873) sentencia en Sobre la libertad: “...el individuo no debe dar cuenta de sus actos a la sociedad, si no interfieren para nada los intereses de ninguna otra persona más que la suya” (1980, p. 108). El bien de los otros debe ser cosa de ellos. Cada quien lo hace según sus propios medios y sus propias cualidades. En cuestión de bienes, no existe la igualdad, sino la equidad. Esto significa que “a cada uno, según su esfuerzo”. Por eso: “...es deseable que, en los asuntos que no conciernan primariamente a los demás, sea afirmada la individualidad (...), individualidad es la misma cosa que desenvolvimiento y que solamente el cultivo de la individualidad produce o puede producir seres humanos bien desarrollados...” (pp. 74, 80).

El utilitarismo:
El liberalismo es, por esencia, utilitarista. Lo admite porque le viene bien a su carácter individualista, lo promueve y lo desarrolla, lo explica y lo refuerza. El utilitarismo se constituye en la formulación moral, ética, del pensamiento liberal inglés y, en consecuencia, del pensamiento económico, político y social posterior. Este utilitarismo es teleológico, en el sentido de que procura un bien en cada acción que realice. Busca y se dirige hacia la consecución del bien. Pero aquí tenemos la diferencia con respecto a la teleología aristotélica. Ese bien al que aspira el utilitarismo es un bien material que ofrezca al individuo la sensación placentera de felicidad y, en ese tanto, se reconoce como útil. Jeremy Bentham (1848-1832) y su discípulo John Stuart Mill plantearon lo que se debía entender por “utilitarismo”. Mill le puso nombre a lo que Bentham venía manejando como Teoría de la felicidad, diciendo: “Todo cuanto pueda probarse que es bueno, debe probarse que lo es, demostrando que constituye un medio para algo cuya bondad se ha admitido sin prueba” (1980, p. 138). Por lo tanto, “...las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer, y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer” (p. 141).

A esta característica que expone Mill se le conoce, en la historia de la ética, como hedonismo. El individuo liberal es, en este sentido, hedonista. Busca el placer como lo bueno y rechaza el dolor como lo malo. Bentham determinó, como primer principio del utilitarismo, el interés. Cada individuo es el mejor juez de sus propios intereses; sabe qué le gusta y qué le disgusta, qué le produce placer y le aparta del dolor, y qué lo hace sufrir alejándolo de la felicidad. Como se ve, la consideración del bien y del mal, del placer y del dolor, tienen un carácter subjetivo fundamental, donde sólo el individuo tiene suficiente conocimiento al respecto para procurárselo. Bentham escribe en An Introduction to the Principles of Morals and Legislation (1781): “Nature has placed mankind under the governance of two sovereign masters, pain and pleasure. It is for them alone to point out what we ought to do, as well as to determine what we shall do” (I-I) (La naturaleza ha colocado a la humanidad bajo el gobierno de dos maestros soberanos: dolor y placer. Es asunto primordial solo de ellos reconocer qué tenemos que hacer, así como determinar qué vamos a hacer. [Traducción libre del autor]). Afirma que el principio de utilidad es aquel por el cual aprobamos o desaprobamos cualquier acción, de acuerdo con la tendencia que posea de aumentarnos o disminuirnos la felicidad: “By utility is meant that property in any object, whereby it tends to produce benefit, advantage, pleasure, good, or happiness...” (I-III) (Por utilidad se entiende la propiedad de cualquier objeto, por la cual se tiende a producir beneficios, ventajas, placer, bondad o felicidad... [Traducción libre del autor]).

Como el ser humano se rige a partir de la búsqueda de sus propios intereses, estos necesariamente deberán estar orientados a la consecución de la propiedad y, con ello, a la procura de felicidad. La propiedad se hace necesaria porque resulta útil para la complacencia de su dueño. Interés y felicidad serán, para el utilitarismo, idénticos. Por supuesto, todo individuo va a querer lo mismo y, por ello, en la sociedad pueden llegar a enfrentarse unos contra otros; egoístas y ansiosos de ese placer, tratando de dominar o someter bajo su control a los demás, para asegurarse el bienestar deseado. Por ello, Bentham destaca la necesidad de que esa comunidad de depredadores ordene, legisle, sus vicios privados, de modo que estos, en última instancia, se conviertan en virtudes públicas y beneficien al mayor número posible de individuos en la sociedad. Con esto se persigue que la felicidad sea la mayor posible y pueda ser dada al mayor número de personas. Pero no sacrificando los intereses individuales, como un hábito para tal destino; sino legislando por medio del Estado, con el fin de ofrecer esas oportunidades a la mayoría de habitantes. Así, sea como sea, el individuo es dueño de sí mismo por Derecho Natural, y solo él decide sobre sus propios intereses.

Como se ve, este utilitarismo es una perspectiva ética que intenta eliminar todo vestigio metafísico, partiendo de nociones que deben forzosamente demostrarse. Esta concepción sigue las líneas positivas que se venían desarrollando en el siglo XI, así como su carácter racional matemático proveniente de la escuela de Descartes.

Ahora bien, si se sigue el discurso, se verá que tal concepción del utilitarismo le sienta muy bien al carácter individualista del liberalismo. Ambos sostienen la necesidad de que la autonomía sea subjetiva, según los intereses que muevan. Esa autonomía implica realización y, esta es dada según el logro de felicidad que obtenga la persona.

El poder y el dinero:
Aunque bien podríamos haberlo ubicado con la propiedad, le daremos una revisión aparte; no obstante, está íntimamente relacionado con ella. El individuo liberal gusta del capital como gusta del poder. La razón de esto es la felicidad. La propiedad es un elemento que otorga felicidad, pues la persona se siente dueña de aquello y, en consecuencia, se siente a gusto, complacida, feliz. Así, entre más propiedades, mayor es la posibilidad de obtener felicidad. Dependiendo de lo que sea esa propiedad, la felicidad podrá aumentar y el deseo de obtener más se acrecentará también.

Todo esto proporciona al individuo liberal poder. El poder implica una potencia cada vez más grande de ser dueño de mayores propiedades, que otorgan las potestades del capital: control, dominio, conquista, ostentación, superioridad, fuerza. En una palabra, placer, que da la complacencia en sí mismo y consigo mismo. De ahí que todo individuo ande en busca de controlar o dominar a los demás, pues, logrando eso, obtiene también la conquista: todo lo que es de ellos, como personas y como propiedad. El liberal busca el dominio de los otros porque desea aquello que les hace felices, e intentará hacerlo parte de sus propiedades, sean estas animales, objetos nuevos o viejos, casas, fincas, automotores; en fin, cualquier bien que desee su comodidad. Todo pasa a ser objeto de posesión. No importa que sean personas o cosas, en tanto acrecienten el poder. Desde luego, en el mundo liberal solo existe un medio de transacción para las propiedades: el dinero.

Así, tener dinero es tener poder. Tener dinero es asegurarse la felicidad, el placer buscado. El dinero es el único medio por el cual el individuo liberal potenciará su propia existencia. Esto, en última instancia, hará que el dinero se convierta en un fin en sí mismo. El mundo liberal se mueve solo por este motor; quien lo posee, no solo se posee a sí mismo y a su felicidad, sino todo aquello que pueda comprar con él. El dinero convierte todo lo que toca en propiedad y, por ende, en objeto poseído. Convierte en placer y felicidad su mundo y, con ello, fortalece y vigoriza, porque todo pasa a pertenecer ahora al individuo; es, en una sola expresión, poder puro. En resumen, el individuo liberal debe, forzosamente, luchar por conseguir dinero. Su persistencia es el esfuerzo hacia la felicidad. Tener dinero es tener asegurada la felicidad y la
seguridad que otorga el poder.

El libre mercado:
Como el individuo liberal no puede abiertamente someter a los demás y a sus propiedades, convirtiendo la sociedad en un grupo de fieras depredadoras, el Estado tendrá el deber de legislar para que tal cosa no ocurra, por la seguridad de todos; por lo menos, no sin leyes.

Adam Smith (1723-1790), en su obra La riqueza de las naciones (The Wealth of Nations, 1776), considerada por los conocedores como la biblia de la economía, dice al respecto:

The affluence of the rich excites the indignation of the poor, who are often both driven by want, and prompted by envy, to invade his possessions (...). But avarice and ambition in the rich, in the poor the hatred of labor and the love of present ease and enjoyment, are the passions which prompt to invade property... (Book V, 1-2). (La opulencia de los ricos enardece la indignación de los pobres, quienes a menudo son conducidos por la privación, e incitados por la envidia, a invadirles sus posesiones. Pero la avaricia y la ambición del rico, la aversión al trabajo del pobre y su amor por las adquisiciones fáciles y placenteras, son las pasiones que impulsan a invadir la propiedad... [Traducción libre del autor]).

Resulta claro que el Estado debe defender la propiedad y, como son los ricos los que la poseen, el Estado debe defender al rico del pobre que la desea por envidioso. Según el razonamiento de Adam Smith, al pobre no le gusta trabajar y desea las posesiones que el rico tiene como producto de su esfuerzo. Al respecto, propone un modelo de economía en el cual se podría compensar la disparidad entre ricos y pobres. Aquí, entra en escena el libre mercado.

El mercado es el terreno donde se deberán llevar a cabo todas las transacciones económicas contractuales. Es el espacio ideal para que los individuos liberales intenten hacerse de bienes –y de los bienes de los demás–, cursar libremente sus intereses, sin obstáculos. La libertad encuentra en el mercado tierra fértil para desplegarse en todas sus formas. Pero libertad no es libertinaje. Debe hacerse legalmente, con justicia. Seguirá siendo un conglomerado de individuos egoístas y ansiosos de poder y placer; eso sí, dentro de la ordenanza que implica el mercado.

La teoría del mercado y su régimen la provee, nuevamente, el economista británico Adam Smith. ¿Qué mueve el mercado? La codicia de los individuos que intervienen en él: “But it is only for the sake of profit that any man employs a capital in the support of industry; and he will always, therefore, endeavor to employ it in the support of that industry...” (Book IV, II-I) (Pero es solo con el propósito de sacar ventaja que cualquier hombre emplea un capital en apoyo de la industria, y siempre, en ese tanto, se esforzará por emplearlo en apoyo de esa industria [Traducción libre del autor]). No se trata, entonces, de que se organice para crear ganancia. Sencillamente, ningún individuo entra en él, indica, pensando en la ganancia pública, sino en la propia. Si de carambola gana el fisco, quizás no se dieron cuenta. Pero la búsqueda por obtener mayores ganancias, las propias claro está, hará de todos modos que tales acciones lleguen a constituir un bien para la generalidad. A esto, Adam Smith lo llamó la mano invisible:

...and by directing that industry in such a manner as its produce may be of the greatest value, he intends only his own gain, and he is in this, as in many other cases, led by an invisible hand to promote an end which was no part of his intention (IV, II-I). (Y administrando su actividad en el mercado de tal manera que pueda conseguir mayores ganancias, él procura solo su propio beneficio, y haciéndolo, como en muchos otros casos, es dirigido por una mano invisible a promover un fin que no estaba dentro de su intención. [Traducción libre del autor]).

Esta mano invisible se encarga de sacar provecho de la usura de los comerciantes, quienes solo piensan en sus réditos. Así, el mercado cumple con un interés público que, de otra forma, no se habría logrado. Para esto, por supuesto, el mercado debe ser libre. Ni el Estado ni nadie debe gobernarlo. La mano invisible ya está encargada de ello, dejando los intereses particulares regulándose a sí mismos.

Como se aprecia, el libre mercado parece contar con autonomía. El hecho de que las personas que tomen parte en el mercado sean egoístas, envidiosas y materialistas no afecta a ninguno en la sociedad. Sus propósitos, dirigidos a conseguir la mayor ganancia, terminan siendo buenos para todos, pues son inversiones hechas en sectores de la sociedad que lo requieren, produciendo mejores salarios o mejorando su capacidad, si hubiese decaído. En consecuencia, el mercado debe ser ciego, autorregulado, anónimo e impersonal. Si lo gobernara un ministro o estadista, no se podría confiar en su control, por ser parte de una sociedad con las mismas características humanas de codicia y egoísmo que los demás. Bien podría, por ello, sacar provecho propio. El mercado es libre, y eso se aplica tanto para los que entran en competencia como para el mismo espacio de transacción. Nada ni nadie lo regula. El mercado es totalmente absoluto. No acepta moral ni es ético. No tiene nada que tratar con lo bueno o con lo malo, con diablos o dioses, con virtudes o con vicios. No es justo ni injusto. No caben aquí derechos humanos, ni armonía. Para quienes propugnan este modelo, la desigualdad es vital; solo basta la equidad jurídica.

La libre competencia (free competition):
Afirma Adam Smith en La riqueza de las naciones:

When the quantity of any commodity which is brought to market falls short of the effectual demand, all those who are willing to pay the whole value of the rent, wages, and profit, which must be paid in order to bring it thither, cannot be supplied with the quantity which they want. Rather than want it altogether, some of them will be willing to give more. A competition will immediately begin among them, and the market price will rise more or less above the natural price, according as either the greatness of the deficiency, or the wealth and wanton luxury of the competitors, happens to animate more or less the eagerness of the competition. Among competitors of equal wealth and luxury the same deficiency will generally occasion a more or less eager competition, according as the acquisition of the commodity happens to be of more or less importance to them. (Libro I, cap. VII) (Cuando la cantidad de cualquier artículo que se trae al mercado no es suficiente para su demanda efectiva, a todos aquellos que desean pagar el valor completo para llevarlo allí no se les puede suministrar la cantidad que quieren. Si algunos de ellos quieren más, la competencia comenzará inmediatamente entre ellos, y el precio del mercado subirá más o menos de su precio natural, según sea de grande la iliquidez, o la riqueza, o el deseo de lujo de cada uno de sus competidores, se llega a animar más o menos el interés por competir. Entre los competidores de idéntica riqueza y lujo, la misma insuficiencia generalmente ocasionará una mayor o menor competencia, según sea de importante para ellos adquirir el bien de consumo. [Traducción libre del autor]).

Así quedan explicadas la libre competencia y la oferta y demanda que se dan en el mercado. Ambos elementos son esenciales para que funcione libremente y sirva a todos los intereses liberales. El mercado está abierto a todos, pero dependerá de su poder de liquidez para llevar a cabo las transacciones propuestas. A partir de ello, entra en competencia según la oferta y la demanda. Nada le impedirá competir, solo su poder adquisitivo. En otras palabras, nadie es responsable de obtener pérdida o ganancia, solo su propia capacidad para competir, debido a que el mercado no es por sí mismo ni está regulado.
De este modo, ofrece el espacio para la competencia perfecta, donde el dinero, la propiedad y la mercancía circularán sin ningún tropiezo. Dentro de esta visión, el libre mercado es perfecto porque perfecta es la competencia en él. Nadie puede salir de él indignado, porque retribuye a cada uno según sea su posesión de recursos, su capital de trabajo, su tenencia de los medios de producción. A cada uno de acuerdo con su poder, su ingenio y su avidez. De esta sentencia, se construye el concepto de equidad y de justicia. 

Nadie puede o debe salir perdiendo, pues el mercado se encarga de dar una óptima asignación de los bienes. Por ello, permite y conduce al equilibrio perfecto, sean estos obreros, empresarios, comerciantes, ejecutivos, etc. Cada uno debe conocer sus límites y sus ventajas para la libre competencia. De lo contrario, la misma competición se encarga de cobrar un alto rédito a su ignorancia.

En el siglo XIX, durante el apogeo del liberalismo, paralelamente sale publicada la obra principal de Charles Darwin, El origen de las especies (1859). Su concepto de lucha por la
existencia y de subsistencia del más apto lograron acomodarse con el de libre competencia, al incorporar imágenes análogas. A finales de ese siglo, se podía explicar la libre competencia como si fuera en verdad una lucha por la existencia, donde solo vencían los más aptos y, por supuesto, estos debían prevalecer por ser, en última instancia, los mejores de la sociedad. El libre mercado es el mundo entero y quienes están en él luchan con todo lo que tienen por hacerse de los mejores bienes para sí y para los suyos. Solo triunfa quien demuestre, en libre competencia, que es el mejor, por su capital invertido y por su astucia como hombre de negocios.

En consecuencia, resulta obvio que no todos pueden obtener las mismas ganancias, los mismos bienes. Habrá quien gane más y quien gane menos, o quien pierda todo en la lucha por la existencia. Si alguien gana mucho, es sencillamente porque otro u otros han perdido. Esto es una máxima dentro de la libre competencia. El poseedor de mucho poder tendrá las mayores posibilidades de lograr superiores ganancias; así cada uno, según haya sido su esfuerzo, su capital y su avaricia. Esto es universal y pertenece al orden de la naturaleza. No hay que buscar culpables, sino en los mismos competidores. El perfecto equilibrio que ostenta el mercado a los ojos del liberalismo hace que el liberalismo lo defienda como el único sistema posible para darles a todos la felicidad. En esto estriba la justicia liberal.

Justicia e igualdad:
Cuando se habla de justicia, se ha de entender una justicia procedimental, jamás metafísica, jueza de lo bueno y de lo malo. No se trata de justicia distributiva o de justicia social, donde se le puede dar al que no tiene, quitándole al que tiene. Tal justicia no existe en el liberalismo, porque riñe con las condiciones de autonomía e individualidad dadas por naturaleza. Por ello, cuando el liberal exige justicia, pide respetar el debido proceso en cada uno de los casos. En esto estriba la legalidad de las acciones humanas. Es el fundamento esencial de la sociedad. La estructura social y política está sujeta a evaluación por parte de la justicia; por ser la encargada, en esa misma estructura, de otorgar –aquí sí– distributivamente, las mismas condiciones y oportunidades para todos los individuos. Como el carácter de la justicia no es ontológico, ninguna condición más allá de las necesariamente sociales intervendrá a la hora de juzgar. De aquí que sea también axiológica; es decir, que trate de las normas y deberes morales, en tanto valores sociales consensuados, como virtudes y necesidades para la propia convivencia. Por ende, esta justicia es deóntica; se maneja por códigos morales antes que éticos. Aun cuando se los suele llamar “códigos éticos”, no responden a una verdadera ética, en tanto ciencia por principios y causas; sino a un grupo de deberes y derechos destinados a mantener el debido proceso, dentro de toda comunidad.

Siendo así, la justicia no reparte igualdad social; ella no es otra cosa que imparcialidad en el proceso. No se trata de dar a todos partes iguales, sino de garantizar a cada uno la misma imparcialidad legal: al rico como al pobre, al hombre como a la mujer. Tampoco cabe igualdad de partes, pues sería contrario al derecho a la propiedad, tal y como está estipulado en el Derecho Natural. En consecuencia, la desigualdad es buena en tanto sea útil para dar a cada uno lo que merece y le pertenece.

John Stuart Mill dice al respecto en El Utilitarismo: “Se considera universalmente justo que cada persona reciba lo que merece (sea bueno o malo), e injusto que reciba un bien, o que se le haga sufrir un mal que no merece (...). Nadie tiene derecho moral a nuestra generosidad o beneficencia, porque no estamos moralmente obligados a practicar esas virtudes con ningún individuo determinado” (1980, pp. 175, 179). A cada uno, según su esfuerzo. Por eso, el individuo liberal recrimina al pobre por holgazán; pues ese acepta sin más su pobreza, al extremo de querer las propiedades de los otros por envidia. El pobre desea lo que los otros obtuvieron con mérito y justicia, pero sin esforzarse por ello. Esto, en la concepción liberal, resulta abominable y reprensible. El pobre resultará ser siempre una amenaza para la sociedad; en consecuencia, deberá ser controlado y/o disminuido en su clase, a pesar de admitirse que los pobres son la gran masa y, por principio liberal, son la indigencia de la sociedad.

El individuo liberal:
En consecuencia, el individuo liberal es esencialmente egoísta y, movido por el placer, se vuelve autoposesivo. Es igualmente antisocial en la medida de su individualismo. Defiende su privacidad ferozmente y no se inmiscuye en la de otros, ni desea que la leyes lo hagan. Se conduce movido por los impulsos de su cuerpo, que resultan ser la medida del valor de las cosas; pues son las cosas las que le acercarán o le alejarán del placer y de la felicidad buscada. De esta forma, la razón solo le sirve para calcular y negociar; el liberal es un individuo calculador y ambicioso.

Los sentimientos, que se traducen aquí como amor, son buenos consejeros a la hora de buscar la felicidad. Mediante ellos, se manifiestan las necesidades de placer y, como todo en el liberalismo, están sujetos a la utilidad. Por tanto, el amor, como valor, está sujeto también a la utilidad demostrada, pues en ese tanto sabrá si le resulta lo suficientemente placentero como para sentirse feliz. En este, como en todos los otros casos, el individuo es el único juez de su propio requerimiento de felicidad.

A la hora de hacer un negocio o de comerciar, se hace vital que los sentimientos sean apartados y se prescinda de ellos cuando se trata de negocios. Aquí es la fría razón la que debe imperar. El placer y los negocios, definitivamente, no se deben mezclar. La sociedad es solo un agregado de individuos que procuran su bien, cada uno por su lado. Entran en interrelación, cuando se trata de llevar a cabo transacciones para lucrar o aumentar su ventaja.

La máxima liberal de la mayor cantidad de bien para la mayor cantidad de individuos no dibuja a un Estado y a una sociedad persiguiendo, como prioridad, el bien para todos; sino un Estado, el cual cree, con certeza, que asegurando las posibilidades de cada uno para encontrar la felicidad asegurará la de todos. Facilitará el espacio, en este caso el libre mercado, para mejorar las oportunidades de cada uno en procura de su propio bien; a cada uno según su esfuerzo.

El liberal no tiene tope en sus deseos ni en su avaricia; nada le impide poseerlo todo, si está en sus manos el poder suficiente para ello. Se le puede llamar, sin ofenderle, un animal ansioso e insaciable; consumidor ad infinitum de todo cuanto le plazca y le brinde felicidad, y cuyo fin último es garantizarse toda la satisfacción posible en sus posesiones presentes y futuras. El individuo liberal es, por principio, capitalista. Toda la política económica y social liberal está desplegada en función del empresario. Es también propietario, pero no todos los individuos lo pueden ser. La sociedad liberal está compuesta por aquellos que tienen y aquellos que no tienen.

El liberal es codicioso. Por ello, el mercado no debe quedar bajo su control; el pueblo no debe mandar sobre el mercado. El liberal rechaza la justicia social, pues, como propietario, esta se llevaría a cabo a expensas de sus posesiones –ganadas con su esfuerzo–, lo cual resulta injusto. Sea como sea, quienes han sido más capaces y productivos han salido gananciosos y con mayores propiedades; estos individuos serían, desde la perspectiva del liberalismo, los idóneos para optimizar la sociedad. Al quitarles a ellos para darles a otros, no se le está haciendo favor alguno a ninguno de los dos: al primero lo desmotivan, al segundo lo malacostumbran.

Finalmente
Debemos indicar que, a pesar de venirse hablando de neoliberalismo como propuesta social desde antes de 1990, este prácticamente perdió la partida con la puesta en práctica de la globalización que, en última instancia, es un mercado libre planetario: el mundo convertido en una gran vitrina o escaparate de compra y venta. Los principios que se impusieron para globalizar el mercado fueron las tesis liberales de Friedrich von Hayek. Con esto, tenemos el resurgimiento del liberalismo clásico. No obstante, no es aquel liberalismo del laissez faire, laissez passer, el cual fue olvidado desde principios del siglo XIX; sino aquel donde la apertura de fronteras y la casi obligada inserción mundial restituyen los conceptos clásicos que hemos venido estudiando.

Todos los tratados de libre comercio y la constitución del mercado europeo, en conjunto con los esfuerzos de los países de Sudamérica por unificarse en un solo mercado, son los movimientos estratégicos emprendidos para competir en la economía global. Es un hecho tajante que, en este espacio, solo tendrán buenas ganancias aquellas compañías con poder y capital cuantioso, pues, en la libre competencia, habrá mejores y mayores ventajas a su favor, en detrimento de todos los demás. Por esa razón, muchas naciones tratan de que se vea su política económica no como liberal, sino como neoliberal (en el sentido original del término, no en el sentido extremadamente negativo que le adjudica el público). Esto para no despertar o exaltar los ánimos del pueblo, que pide con vehemencia la justicia social. Así, la economía será liberal, pero dejando entrever que el Estado podría intervenir en la regulación de las posibles marcadas diferencias. No obstante, lo que se tiene al final no es un Estado fiscalizador, sino uno que intercede por los pequeños empresarios, con la sola intención de calmar los ánimos sobresaltados del pueblo que exige equidad.

La premisa que se pone en práctica es que todos los Estados deberán incorporarse, paulatinamente, conforme convenzan al pueblo de ingresar al gran mercado, de mantener la apertura completa de fronteras, con libre entrada de todas las grandes empresas, denominadas ahora “multinacionales”. Si no se abren las fronteras, las multinacionales no tendrían posibilidad de extenderse y aumentar su capital. Aun cuando lo hagan en sus países de origen, tendrían que dejar de producir y comprender que ya no hay un más allá. Pero tal cosa, dentro del capitalismo y dentro las nuevas reglas globales, sería inadmisible y, desde luego, fatal, ilusorio, impensable.

Los años noventa enseñaron tajantemente quién había sido el ganador en la contienda por la economía mundial; así, ya no se hicieron necesarias las consideraciones hacia aquellos que se opusieran. La cuestión era: se entra a la globalización o se perece en el aislamiento. Sin embargo, esta premisa va a ser la que ponga en evidencia las fisuras y las grietas que contiene el sistema capitalista. Conforme pasaron los años noventa, hasta el emblemático 11 de setiembre del 2001, todo parecía no presentar grandes problemas. La economía global iba abarcando países desarrollados y países en vías de desarrollo, ahora llamados estratégicamente “mercados emergentes”. Pero, después de la caída de las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York, las cosas cambiaron radicalmente. Los estadounidenses y los ingleses, economías eje del modelo capitalista, comenzaron a sufrir los ataques terroristas de aquellos que no deseaban ser absorbidos por un sistema que consideraban infiel.

Países como Afganistán y Palestina; latinoamericanos como Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua; o Chiapas, la región sur levantada en armas de un México que se sentía exitoso con su TLC. Todos comenzaron a construir sociedades rebeldes, con el fin de demostrar que la opción de una economía socialista sigue siendo viable y más humana que la capitalista.

La respuesta de los EE.UU., como imperio, ha sido siempre agresiva. Primero diplomática, pero luego militar. Ahora no tienen por qué andar con contemplaciones: si no se está con ellos, se está contra ellos; si no se es capitalista, se es terrorista. Eso, además, significa estar en contra de la humanidad. Los EE.UU. se autonombran Estado policial represor, salvaguarda del mundo, a la manera clásica de John Locke. Prueba de esto fueron las demostraciones de tecnología y fuerza militar, en las invasiones a Panamá (1989), Kuwait (enero de 1990), Afganistán (diciembre de 2001), Irak (2003), y las constantes amenazas que dirigen contra aquellos a quienes consideran terroristas. Es, a la postre, la única forma de seguir demostrando que todavía son fuertes y siguen siendo los que comandan. Esto a pesar de que Europa se ha unificado en una sola moneda, el euro, la cual es cada vez más fuerte frente al dólar norteamericano, llegando a representar una seria amenaza contra la estabilidad hegemónica estadounidense.

En el siglo XXI, el mundo sin fronteras es el paraíso multinacional y la forma como los EE.UU. intentan seguir manteniendo el control; pues la globalización permite que los más poderosos puedan, fácilmente, desestabilizar a una nación, sin necesidad de acudir a medidas extremas, como lo sería el ataque militar. Es más fácil y menos comprometedor hacer caer en crisis económica y, más tarde social, desprestigiar la moneda y arruinar, para después llegar con las bolsas llenas del capital deseado a rescatarles, por medio del Fondo Monetario Internacional (FMI) o del Banco Mundial. Pero en condiciones que encarnan una nueva forma de neocolonialismo, de sujeción, de dominación, de opresión. Al fin y al cabo, en el mercado y en la libre competencia, solo el perdedor tiene la culpa de su mala estrategia. Estas fueron las situaciones recientes de las crisis económicas de Indonesia, Filipinas, Tailandia y Corea del Sur y, por supuesto, en Europa: España, Portugal, Grecia e Italia.

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