rombicula

Entre luces y sombras

Contacte al Autor: Rafael A. Méndez Alfaro

Introducción

La reflexión sobre la figura de Juan Rafael Mora Porras, gobernante costarricense por un decenio (1849-1859) y personaje central en las acciones bélicas y diplomáticas emprendidas en la coyuntura 1856-1857 -momento álgido en la lucha contra la presencia filibustera encabezada por William Walker en la región centroamericana y particularmente en Costa Rica-, parece un asunto de responsabilidad ciudadana, al calor de las conmemoraciones efectuadas alrededor del bicentenario de su natalicio.

Un hombre que generó gran polémica, tanto en su época como en el presente: Mora Porras no suele pasar desapercibido ante la opinión de propios y extraños. Encabezó la nación en una guerra típicamente anticolonial, a partir de la cual cultivó amistades y admiración en el istmo. Sin embargo, y de forma paralela, ganó una profunda animadversión en el entorno local, donde las élites criollas veían con recelo su excesivo protagonismo; cuestionaban el manejo poco transparente de las finanzas públicas, así como el afán por perpetuar su estadía en el solio presidencial. En este punto, gobernó durante una década, aun cuando sus pretensiones iban dirigidas a mantenerse en el poder hasta 1865, en principio.

Sus diez años al frente del ejecutivo, se insertan en una época convulsa, compleja y profundamente inestable que vive el país. Promovió el monopolio del licor, por medio del establecimiento de la Fábrica Nacional de Licores; estimuló la producción cafetalera, en tanto era, de forma simultánea, un próspero empresario agrícola de esa rama y mantuvo números favorables en materia fiscal para el Estado costarricense, hasta que la amenaza filibustera arribó desde el naciente imperio que emergía en el norte del continente americano, con tintes segregacionistas (Fallas, 2004).
La guerra anticolonial que tuvo como escenario primordial los territorios de las naciones más meridionales de la antigua Capitanía General de Guatemala, se constituyó en un punto de inflexión, para la administración “morista”. El conflicto militar, extenuante y prolongado, drenó las exiguas finanzas públicas, acentuó el descontento de la oposición que de forma creciente se articuló en torno al interés de ver a Mora fuera del poder y trajo consigo la proliferación de la mortífera peste, que derivó en una profunda y desconocida crisis demográfica.

Costa Rica fue otra después de la culminante ejecución de Walker en Trujillo. Los costos fiscales y humanos de las hostilidades bélicas deterioraron la imagen de Mora y del entorno que se mantenía incondicional al gobernante. En este contexto, Mora perdió legitimidad ante ciertos sectores adversos a su gestión, aun cuando conservó intacta su imagen de héroe entre la clase política centroamericana. La prensa regional de la época así lo revela.

Juan Rafael Mora Porras fue un hombre que arribó y se mantuvo en el poder por medios cuestionables, pero igualmente impugnable resultó su capitulación y posterior fusilamiento en el estero puntarenense. Su muerte, vía ajusticiamiento, sanción y castigo contra la conspiración, planificada en tierras cuzcatlecas, elevó para la posteridad su condición de mártir y héroe incomprendido, convirtiendo al empresario cafetalero, al capitán militar, al presidente insurrecto, en un mito.

Mora, en efecto, vivió entre luces y sombras. Adepto al poder, sucumbió como consecuencia de su apego a él. Mantuvo a raya a los militares que solían acuartelarse y hacer del complot el pan de cada día de la Costa Rica de entonces. En este punto, ofreció una estabilidad inusual en tiempos cuando el poder se desplazaba como un péndulo. Sin embargo, el héroe que enfrentó sin reparos a Walker, quien fuera recibido con honores en la región y recibiera elogios frecuentes en la prensa escrita centroamericana, cayó seducido por su desmedido interés de preservar el poder indefinidamente.

A continuación se ofrece, más que una síntesis de su vida o un tributo a su obra, de por sí bastante reseñada por los cultivadores de su imagen (Vargas, 2007), un conjunto de reflexiones que buscan poner en perspectiva histórica los vínculos de Juan Rafael Mora Porras con su entorno, el contexto y algunas de las figuras representativas de la Campaña Nacional 1856-1857.

 

La figura pública

Juan Rafael Mora no es, precisamente, un ejemplo de hombre de Estado del siglo XIX, en el sentido que haya convertido su existencia en un acto recurrente de servicio a la función pública. A diferencia de otros contemporáneos suyos, que se les observa alternando puestos de gobierno a lo largo de lustros y décadas, como diputados, secretarios de Gobierno, representantes diplomáticos y jefes de Estado, Mora tuvo un particular idilio como autoridad máxima de la república, sin contar con antecedentes en el desempeño de labores asociadas con la administración pública.

Las fuentes históricas no registran un historial como funcionario siquiera de tiempo parcial en los diferentes gobiernos, previo a su arribo como gobernante en 1849. Hombre de negocios; supo potenciar la herencia patrimonial paterna visitando países de la región, importando mercancías e incursionando de forma exitosa en la promisoria actividad cafetalera. Paralelo a ello, no tuvo reparo en promover entre su consanguinidad, vía enlaces matrimoniales, vínculos con las familias poderosas e influyentes de la nación, como los Montealegre, Gutiérrez, Cañas y Salazar (Méndez, 2012). Él mismo casó, con Inés Aguilar, hija del ex Jefe de Estado, Manuel Aguilar Chacón; ligamen que le brindó cierta legitimidad entres las élites criollas.

A diferencia de su hermano político y mano derecha, el general José María Cañas, militar de oficio y de reconocida trayectoria, quien desempeñó múltiples cargos como encargado de aduanas, juntas, puertos, intendencias y secretarías de Gobierno, Mora asumió sin mayores antecedentes, la presidencia de la nación. Al igual que Cañas y que otros hombres de Estado de entonces,
Mora nunca abandonó sus negocios particulares a causa de su labor en el poder ejecutivo. Sin embargo, es necesario anotar que como gobernante obtuvo notables estímulos en el plano de los ingresos. Sobre este punto algunos críticos de la época miraban con recelo que un Congreso adepto a él aprobase aumentos en el salario del presidente Mora en más de un 500% durante su gestión; además de crear un rubro de gastos confidenciales para el gobernante con cargo al tesoro público. Esta situación es atípica si se la compara con la austeridad de los gobernantes que le precedieron.

En su favor habría que señalar que durante los diez años ininterrumpidos en el poder, ejecutó una serie de medidas que fueron saludables para el país: creación de la FANAL (Fábrica Nacional de Licores), situación que generó recursos frescos para inversión pública y que benefició de forma directa las finanzas del Gobierno; edificación del primer teatro moderno en San José, levantamiento de un edificio para la Universidad de Santo Tomás; diseño del primer plano de la ciudad capital y medidas afines que dieron a la capital un renovado aire urbano.


También es evidente durante su gestión una significativa privatización de tierras en todo el país, iniciativa en la que participaron, sin pudor alguno, amigos y adversarios de Mora. El mismo presidente no fue ajeno a este tipo de prácticas. Documentos judiciales de la época muestran quejas y denuncias de campesinos indispuestos con Mora por lo que consideraban una injusticia al apropiarse el presidente, de forma directa o gracias a intermediarios que luego le traspasaban las tierras, de grandes porciones de terrenos colindantes con las fincas cafetaleras que poseía y que, en consecuencia, las convertían haciendas de gran valor (Castro, 1991).

Otras fuentes históricas muestran que paralelo a lo anterior, se da la presencia de acciones de Juan Rafael Mora tendientes a la restricción del ejercicio de la ciudadanía. De igual forma, se señala la existencia de procesos electorales amañados; destierros frecuentes de sus enemigos; uso indebido de fondos públicos; problemas severos de liquidez en el patrimonio de Mora Porras; participación excesiva de su familia en puestos claves del gobierno y el fracaso del establecimiento de un banco estatal, resultado de la desconfianza que los potenciales inversores tenían de la forma en que el presidente de entonces podía administrarlo (Molina, 2007).

A pesar de este tipo de cuestionamientos y de las evidencias empíricas asociadas con ellos, es preciso anotar que al menos hasta 1855, año en que su Gobierno recibe las primeras informaciones sobre las intenciones del filibusterismo en Centroamérica, la situación fiscal del país era estable, el escenario político interno se encontraba controlado, a pesar de la hostilidad creciente de una oposición cada vez más descontenta con su gestión y las instituciones medulares de la nación parecían preservar sus principios intactos. Sin duda alguna, las condiciones de la nación y de Mora en particular, se vieron seriamente afectadas con el conflicto bélico que asoló la región con la llegada de Walker y su gente.


La Campaña Nacional

Es claro que tanto en el plano diplomático, en el mundo político, así como en el teatro de la guerra, otros personajes diferentes a Mora pero afines a él, desempeñaron un papel esencial en la derrota contra los filibusteros. José María Cañas, cuñado de Mora y de discreto perfil, identificado por propios y extraños como el jefe militar más destacado de toda la campaña militar, es uno de ellos. Cañas no participó de la Batalla de Santa Rosa, pero sí fue un dirigente fundamental en los escenarios bélicos, en Costa Rica y Nicaragua, a lo largo de la ribera del San Juan, en la Ruta del Tránsito y según Lorenzo Montúfar fueron celos mezquinos los que impidieron que se le diera el reconocimiento como el máximo líder centroamericano en la lucha contra los filibusteros (Montúfar, 1887).

Otra figura destacada fue Felipe Molina. Desde Washington el enviado diplomático de nuestro país, alertó no pocas veces al gobierno encabezado por Mora, del peligro que representaba Walker y su gente en el istmo centroamericano. Su oportuno aviso le dio al Gobierno posibilidades de reaccionar rápidamente ante la presencia filibustera en la vecina Nicaragua. Molina, cuyos servicios, nunca fueron exaltados debidamente, murió de una fulminante pulmonía en los Estados Unidos, justo cuando los filibusteros arribaron al vecino país en 1855 (Méndez, 2011).

Y si de acciones heroicas se trata, sería preciso mencionar al capitán José María Rojas, valiente soldado que ante el ataque sorpresivo de los filibusteros el 11 de abril a las posiciones costarricenses en Rivas, se enfrentó como ninguno a las huestes enemigas, acabando de un tiro a quien encabezaba el ataque, un cubano de apellido Machado y permitiendo con ello un reacomodo de las fuerzas costarricenses tomadas por asombro (Méndez, 1994). Las fuentes históricas son abundantes en testimonios de soldados que dan fe de la decisiva acción de Rojas en la jornada del 11 de abril. Sin embargo, nuestro pasado no registra ninguna iniciativa en procura de reivindicar a este soldado. En su momento, el historiador Carlos Meléndez Chaverri llevó a cabo una investigación sobre Luis Pachecho Bertora, soldado cartaginés, quien el estudioso consideraba un “héroe olvidado”, a pesar de los méritos que, según Meléndez, el mismo tuvo en los campos de batalla (Meléndez, 1958).

Juan Rafael Mora jugó un papel destacado en la época que le tocó vivir. No se puede desmerecer su liderazgo y su empuje para encabezar de forma temprana la lucha contra los filibusteros. Al promover este recuento, solo se busca llamar la atención sobre la importancia y la responsabili- dad que tiene el estudio del pasado, no su idealización.

La Batalla de Rivas es quizá la mejor prueba de la pre- cocidad de nuestro presidente como guía militar. Estra- tégicamente mal posicionados, los filibusteros tomaron dormitando a las fuerzas costarricenses un 11 de abril de 1856, al ser las siete de la mañana. Como resultado de la batalla, cerca de quinientos muertos quedaron de las fuerzas nacionales y unos doscientos cincuenta del ban- do contrario. ¿Cómo se podría explicar la forma como los filibusteros abandonaron a hurtadillas la ciudad de Rivas al amanecer del 12 de abril, sin que nadie del ejér- cito costarricense se diera cuenta? El manejo posterior a la batalla fue aún más cuestionable. Mora, no siendo militar, tomó decisiones poco brillantes. Con los días y semanas las muertes se multiplicaron por la aparición y diseminación de la peste del “cólera asiático”.

Habría que reconocer, que a pesar de este tipo de deslices y no por ellos, pasada la guerra contra los filibusteros, Mora y su cuñado Cañas, adquirieron notoriedad en Centroamérica por la decidida acción que tuvo Costa Rica para enfrentar a los invasores de la región. Y esto no es poco decir. La decidida intervención de Mora en el sur del istmo fue vital para repeler la intervención, con tintes esclavistas, que traía Walker. Sin embargo, resulta interesante que estos méritos no fueran suficientes para evitar un golpe de Estado en el país, apenas dos años después de finalizado el conflicto armado en la región.

 

Fuera del poder

Mora rigió a nuestro país en un época convulsa y mantuvo a raya a los militares, tan acérrimos al golpismo. Resistió presiones de quienes pretendían verlo fuera del Poder Ejecutivo. Para neutralizar tales intentos, Mora apeló a recursos como el confinamiento y el exilio de algunos personajes. Por esta vía, debieron abandonar la capital o el país personajes como José María Castro, Nazario Toledo, Francisco María Iglesias y Saturnino Tinoco; así como el obispo de la recién creada Diócesis de Costa Rica: Anselmo Llorente y La Fuente.

En opinión de Mora, tales exilios despejaban el camino que le permitía administrar con eficiencia el país. Sin embargo, es preciso admitir que estos crearon una creciente hostilidad entre los opositores. Algunos de ellos eran miembros de las poderosas familias Montealegre, Iglesias, Aguilar y Volio. A Mora se le achacaban actos de nepotismo; o sea, una creciente participación de su entorno familiar en las decisiones de Estado. Tal era el caso de los hermanos del mandatario, José Joaquín y Miguel, influyentes personajes en el Congreso y en el Banco Nacional Costarricense; de los cuñados de Porras: José María Cañas (secretario de Hacienda y Guerra) y Manuel Cañas (comandante de Plaza de Puntarenas), y del sobrino del presidente: Manuel Argüello Mora, juez en uno de los tribunales de mayor importancia en la ciudad capital.

Empero, en el otro platillo de la balanza seguía pesando el liderazgo de Mora en la victoria sobre los filibusteros. Tal prestigio inducía a olvidar las secuelas generadas por la propagación del cólera asiático y por el quebranto de la economía a causa de dos años de conflicto armado (Rodríguez, 2014). Ese reconocimiento público hacia Mora y a su ministro Cañas dio un poco de oxígeno a una Administración que, desde 1857, venía perdiendo legitimidad entre la población, en particular dentro de los sectores asociados al manejo del crédito especulativo y la actividad cafetalera. Abundaban los rumores sobre la comprometedora situación económica de Mora y sobre su interés en mantenerse en poder por 15 años consecutivos. Quizá por esta desconfianza velada sobre las finanzas personales de Mora, la adecuada idea de crear un banco topó con innumerables obstáculos desde su gestación.

Mora nunca encontró socios comerciales solventes que respaldasen con su capital la emisión de moneda en el país. Algunos tenían la capacidad de hacerlo, como la familia Montealegre, así como el próspero empresario Vicente Aguilar Cubero; más en ningún momento se mostraron anuentes a colaborar con la iniciativa que impulsaba el presidente. El resultado previsible fue un banco que no superó los diez meses de funciones. Asfixiado de deudas, toda vez que había puesto su capital y empeño en el establecimiento de un banco que le permitiese intervenir en la regulación del crédito, Mora jugó su última carta: una nueva reelección.

Las elecciones de entonces excluían legalmente al grueso de los adultos del sufragio. Mora se presentó como candidato único en 1859. Obtuvo 87 de 94 votos electorales después de ejecutar múltiples cambios dentro en el padrón. El proceso electoral suscitó denuncias de fraude. Como fuere, Mora fue reelegido por seis años más, hasta 1865. La oposición miró en las elecciones un intento desesperado de perpetuarse en el poder y cortó los propósitos de Mora. En la madrugada del 14 de agosto de 1859, por medio de engaños, el presidente fue sacado de su casa. Sin un solo disparo, los sectores adversos dieron un golpe que sustituyeron a Mora por su cuñado, el próspero cafetalero José María Montealegre.

El acta que registró esa acción militar, desconoció al Gobierno de Mora y destacó un efusivo agradecimiento al comandante en jefe de las fuerzas de la República, Lorenzo Salazar, emparentado con Montealegre. Entre los firmantes del acta destacan José María Castro Madriz, Vicente Aguilar Cubero y diversos parientes de Julián Volio y Francisco María Iglesias.

A la larga, ningún otro gobernante ostentaría el poder en forma consecutiva durante tanto tiempo en Costa Rica. Por cierto, no sería este el último de los golpes de Estado perpetrados en la nación ni la última participación de los militares dentro del escenario político costarricense del siglo XIX. El recuerdo que dejó Porras es ambivalente. Por una parte, fue el esforzado líder de una lucha victoriosa contra los filibusteros; por otro lado, fue un gobernante autoritario y de dudosa probidad económica. Cada cual extraerá sus conclusiones: si Porras fue sobre todo un héroe, si fue más un político censurable, o si fue ambas cosas: un hombre como otros, hecho de luces y sombras.


El ocaso de un patriarca

La historia de Costa Rica recuerda el combate de Angostura, en Puntarenas, como el choque que frustró el intento de retornar al poder por parte de Juan Rafael Mora Porras, quien no satisfecho con el orden de cosas que imperaba en la nación, organizó, desde su exilio en El Salvador, un regreso al territorio costarricense con la idea de recuperar la presidencia, de la cual se consideraba legítimo portador.

En 1898, Manuel Argüello Mora, sobrino del gobernante caído y partícipe de la invasión, publicó un libro llamado Páginas históricas. En esta obra, Argüello sostiene que quienes lideraban la insurrección desde tierras cuzcatlecas se movieron por un profundo amor a la patria: “Éramos once personas contando cuatro criados: don Juan Rafael Mora, don José Joaquín Mora, el general Cañas, un coronel salvadoreño de apellido Sáenz, Clodomiro Montoya, Antonio Argüello y yo, todos desarmados” (Méndez, 2012).

La estrategia de aquel grupo daba énfasis a la capacidad de convocatoria que la figura de Mora Porras tenía entre la población costarricense. Poco antes de arribar a la comarca porteña, los insurrectos enviaron dinero para costear el traslado hasta Puntarenas de los hombres que habrían de apoyar el levantamiento armado. En perjuicio de los intereses de los insurrectos, el dinero en cuestión fue malversado. A la vez, un informante ofreció a los hombres del régimen –encabezados por José María Montealegre–, todos los detalles de la invasión que se organizaba en el destierro. Como resultado de esa combinación de factores, el Gobierno movilizó con celeridad tropas hacia el Pacífico, controló con eficiencia el estratégico punto por el río Barranca –ruta de paso obligada para ingresar en el estero porteño– y asumió el control del escenario donde se libraría la batalla por el poder.

Argüello Mora llegó a afirmar, de forma muy optimista, que unos mil hombres, provenientes del interior del país y decididos a apoyar la insurrección liderada por José María Cañas, debieron regresar a sus pueblos debido a que no pudieron cruzar el caudaloso río Barranca; asimismo, fueron disuadidos por la presencia de las tropas del Gobierno en la zona. “Quedamos reducidos a un puñado de leales y valientes partidarios, frente a un ejército de dos mil hombres”, señaló Argüello Mora con cierto desaliento.

El informe ofrecido por Máximo Blanco –general y jefe del ejército de operaciones de la República de Costa Rica instalado en Puntarenas–, publicado en la Gaceta Oficial de El Salvador el 24 de octubre de 1860, señala lo siguiente:

“La lucha se emprendió por mi parte el 28 último [de setiembre] con un cañoneo que duró tres cuartos de hora, dándose principio a las 8 y 30 de la noche, y 10 ó 12 minutos después cargó un cuadro de oficiales montados, con sable en mano, seguido de un batallón de infantería, que unánimemente en su arrojo se apoderaron de la fortaleza, guarnecida con una batería de siete cañones de frente y protegida por ciento cincuenta rifleros”.

De acuerdo con Argüello Mora en su libro citado, “la lucha fue corta, pero terriblemente sangrienta”. En esto parece coincidir con el informe brindado por Máximo Blanco. Este indica que sus hombres dieron “una rigurosa embestida a los facciosos en su atrincheramiento colocado en la Angostura, entre la bahía de este puerto y un estero”.

En relación con la cantidad de muertos y heridos en la refriega, los números ofrecidos por las partes no coinciden. Argüello Mora indica que “hubo más de 60 muertos y 100 heridos del enemigo, y unos 50 entre muertos y heridos de nuestra parte, fuera de unas 15 personas asesinadas después del combate y fusiladas a sangre fría”. En cambio, el reporte de Máximo Blanco menciona: “La jornada produjo el éxito que se deseaba, pero con la sensible pérdida de sesenta hombres que me dejaron fuera de combate, contando muertos y heridos”. A pesar de que los datos son un tanto dispares y reflejan el sentir de los grupos involucrados en la contienda, es claro que la escaramuza tuvo dos matices esenciales: se desarrolló en poco tiempo y arrojó un alto número de decesos en cada bando.

El informe oficial del comandante Blanco resulta muy esclarecedor sobre lo que siguió una vez que cesaron las hostilidades: “Toda la facción fue aprehendida, y, después de formarse un consejo de guerra para deliberar sobre el castigo de los culpables, fueron condenados como principales á ser pasados por las armas los Señores Don Juan Rafael Mora, el tal Arancibia y Don José María Cañas; los Señores Don José Joaquín Mora, Don Manuel Argüello, Don Manuel Cañas y Don Leonidas Orozco, á salir para siempre de la República; y el resto, entre Jefes y soldados, á remitirlos al interior á fin de que el Ejecutivo determine en uso de sus facultades lo más conveniente”.

Ignacio Arancibia fue un chileno de toda la confianza de Mora y había encabezado el levantamiento en el suelo porteño antes del arribo de los invasores. Juan Rafael Mora y Arancibia fueron fusilados por acuerdo de un presuroso consejo de guerra que se instaló una vez que las tropas del Gobierno tomaron el control definitivo de la situación. En cambio, José María Cañas recibió la noticia de su ejecución por medio de un decreto de Consejo de Gobierno convocado con premura en la capital costarricense. El comunicado se rubricó y envió con apremio al sitio que sirvió de escenario bélico. Cañas fue ejecutado el 2 de octubre de 1860, dos días después de que su hermano político tuviera el mismo destino.

Al año siguiente, 1861, el Gobierno dirigido por Montealegre difundió un documento oficial titulado Exposición histórica de la revolución del 15 de setiembre de 1860. En él se afirma que la muerte de Mora constituye “una lección triste pero severa que los pueblos en sus días de febricitación dan a los hombres que persisten en mantenerlos bajo su servidumbre”. A siglo y medio de acaecidos estos acontecimientos, el pasado ha dejado huellas que aún perviven en la memoria colectiva del pueblo costarricense.


El último adiós

“Te dirijo esta despedida en los últimos momentos de la vida, son terribles. Pero nada temo solo me inquieta la triste situación en que quedas viuda, pobre, en el destierro y llena de hijos” (Méndez, 2012). Con estas turbadoras palabras iniciaba Juan Rafael Mora la carta de adiós para su esposa Inés Aguilar Coeto, el 30 de setiembre de 1860, a escasas horas de enfrentar el pelotón de fusilamiento.

Al igual que Inés, hija del exjefe de Estado costarricense, Manuel Aguilar Chacón, otras mujeres casadas con hombres de Gobierno como Guadalupe Mora Porras, esposa de José María Cañas y Adela Guzmán, esposa del expresidente salvadoreño Gerardo Barrios, recibieron las últimas notas escritas por sus difuntos maridos, viviendo en el exilio.

Este parece haber sido el destino natural de grandes dirigentes, de sus familias y allegados, una vez que los primeros debieron abandonar de forma dramática e inesperada las altas esferas del poder. La lectura minuciosa de las misivas finales redactadas por Mora, Cañas y Barrios, deja ver un conjunto de inquietudes, temores e incertidumbres de estos individuos al acercarse con gran incertidumbre al más allá, revelando la naturaleza humana ante la muerte.

Sobre el tema de la familia, Cañas llegó a manifestar lo siguiente: “Reduce tu familia cuanto puedas para que puedas soportar tu pobreza” –escribió Cañas a su esposa Guadalupe. Luego, a Eduardo Beeche –su gran amigo-, el general salvadoreño le encomendó sus seres queridos: “Me voy de este mundo y dejo a mi familia pobre y numerosa. Si la suerte no le fuera adversa a usted, estoy seguro se acordará de mis hijos”, le dijo. En carta fechada el 02 de octubre de 1860, Cañas recomendaba su familia al cuidado del presidente cuzcatleco de ese momento, Gerardo Barrios y a su esposa Adela. “Y estoy muy cierto que esta recomendación valdrá mucho para Lupita”, llegó a exclamar en forma lapidaria uno de los memorables héroes de la campaña militar contra los filibusteros.

Juan Rafael Mora, dos días antes del fusilamiento del general Cañas dirigió una nota a Miguel Mora, su sobrino, residente en El Salvador. En ella reiteraba el pesar por los suyos: “Solo me aterra recordar la suerte de mi Inesita e hijos desterrados de su país y huérfanos”.

Las misivas escritas por estos hombres de Estado evidencian cierto desdén por el mundo que abandonan. La carta de Cañas para Eduardo Beeche así lo deja ver: “Si me hubieran juzgado, no me fusilan, porque las leyes son más cuerdas que los hombres. Más no me quejo, porque el tal mundo del que me van, no es tan buena cosa”. Barrios, en la carta enviada a Adela Guzmán el 29 de agosto de 1865, inicia secamente afirmando: “Por fin mis enemigos han logrado mi sacrificio”. Su expresión parece reconocer un abatimiento, un descanso ante la inminente inmolación. Mora también patentizó el desprecio por la vida que sentía en esos momentos de trance al afirmar en la nota enviada a su esposa: “No puedes figurarte lo indiferente que me es morir, solo siento la muerte por ti y por mis hijos”. En todos los casos, las evidencias escritas muestran el desaliento vivido por hombres al borde de la expiración.

La carta escrita por Barrios a su esposa es sin duda, la que más invocaciones a Dios contiene; las notas de Cañas, por el contrario, resultan un tanto esquivas en esa materia. Barrios llegó a expresar: “Sobre mis sentimientos religiosos nada, nada tiene que dudar, pues debes recordar que en New York observaste que yo oía la misa con entera devoción, cosa que tú me dijiste”. En otra línea Barrios señaló: “El Ilustrísimo Señor Obispo ha sido el sacerdote que me ha auxiliado para morir cristianamente”.

La misiva de Mora no dista mucho de la religiosidad manifiesta por Barrios. El expresidente costarricense afirmó: “Ahora voy a ocuparme de lo espiritual, muero como un cristiano y confío en Dios que me perdonará por mis culpas y que cuidará de ti y de mis hijos”. Cañas a diferencia de su hermano político, Juan Rafael Mora y de su gran amigo Gerardo Barrios, solo realiza una apresurada mención a la divinidad en sus tres cartas escritas. Dirigiéndose a Guadalupe Mora señala: “Probablemente no podrás conseguir nada de tus bienes; pero Dios a ninguno desampara”. En tanto Barrios es asistido en sus últimos momentos por una autoridad eclesiástica, estos menesteres parecen importar poco al egregio general Cañas.

Entre esposas, amigos y parientes estuvieron los destinatarios de figuras claves de la política centroamericana de mediados del siglo XIX que enfrentaron la muerte en medio de zozobras, dudas y flaquezas; rasgos tan naturales de seres mortales, al fin de cuentas.

Argüello Mora, Manuel (2007). Obras li- terarias e históricas. San José: Editorial Costa Rica. La primera edición procede de 1898.
Castro Sánchez, Silvia (1991). “Estado, pri- vatización de la tierra y conflictos agra- rios”. Revista de Historia. Número 21-22. San José: Oficina de Publicaciones de la Universidad de Costa Rica.
Fallas Santana, Carmen (2004). Elite, nego- cios y política en Costa Rica 1849-1859. Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría.
Meléndez Cahverri, Carlos (1958). Un hé- roe olvidado, don Luis Pacheco Bertora: apuntes sobre su vida y notas sobre su acto heroico del 11 de abril de 1856. San José: A.N.D.E.
Méndez Alfaro, Rafael Ángel (2012). Cañas: hombre de Estado y empresario. San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
Méndez Alfaro, Rafael Ángel (2012). His- toriando Costa Rica en el siglo XIX. San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
Méndez Alfaro, Rafael Ángel (1994). “Juan Santamaría y los documentos de 1891”. Revista de Historia, Número 29. San José: Escuela de Historia, Universidad Nacional-Centro de Investigaciones His- tóricas, Universidad de Costa Rica.
Méndez Alfaro, Rafael Ángel (2011). “El bosquejo de Felipe”. Revista Áncora, La Nación, 6 de noviembre.
Montúfar, Lorenzo (1887). Walker en Cen- troamérica. Guatemala: Tipografía La Unión.
Molina Jiménez, Iván. (Editor) (2007). Indus- triosa y sobria. Costa Rica en los días de la Campaña Nacional (1856-1857). San José: Plumsock Mesoamerican Studies.
Rodríguez Sáenz, Eugenia (2014). Campa- ña Nacional, crisis económica y capitalis- mo. Costa Rica en la época de Juan Ra- fael Mora Porras (1850-1860). San José: Editorial Costa Rica.
Vargas Araya, Armando (2007). El lado oculto del Presidente Mora. San José: Editorial Juricentro.

comments powered by Disqus