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El Horror a lo sagrado

Contacte al Autor: Víctor Alvarado Dávila

En este ensayo se estudiarán las tesis freudianas sobre el tabú como un código  inconsciente ancestral anterior al origen de los dioses y las religiones. Al concebir el tabú como una prohibición sagrada ancestral, de la que brotan las fuerzas creativas del ser humano, Freud concluirá que del tabú nacen, más explícitamente, la moral y la religión.

Luego del asesinato paterno y del acto caníbal, surge el arrepentimiento y, con éste, la expiación de la culpa, que se da por medio de la reconciliación simbólica con el padre. Dicha reconciliación final con el padre lleva implícito el sacrificio de los instintos primigenios, que supone la renuncia dolorosa a todas las mujeres pertenecientes al mismo tótem. El mensaje de Freud es que finalmente se le da nueva vida –con una nueva fuerza– a la prohibición impuesta antiguamente por el padre (lo que recuerda el acto de la comunión en el rito católico: comer la ostia que simboliza el cuerpo crucificado; tomar el vino que representa la sangre derramada). Para Freud, de la comida totémica surgieron las organizaciones sociales, así como las interdicciones morales e incluso la religión. 

Freud asegura que, a pesar de que el miedo al tabú es más fuerte que el deseo inconsciente de transgredirlo, existirá por siempre esa actitud ambivalente respecto de él. Entre las posibles implicaciones de esta afirmación, ha de estar el reconocimiento de la creencia neurótica obsesiva, de que una persona convertida en tabú puede contagiar a los demás.

Otra tesis interesante sostiene la existencia de una “patología tabú”, sufrida por los actuales neuróticos obsesivos. Lo que puede significar que, si aceptamos la afirmación de que todos somos neuróticos, no es descabellado sospechar que arrastramos dosis de neurosis obsesivas y que, por consiguiente, reproducimos tabúes primitivos, más aún si reconocemos lo que Freud ha llamado “inconsciente arcaico”.

Además, entre las tesis más controversiales que se encontrarán en la lectura de esta obra, está la afirmación pre-explícita de que la rebelión primigenia se dio por el deseo de poseer sexualmente a la mujer.

Incesto: La tentación prohibida

Considerando al hombre de la prehistoria –en cierto sentido– como contemporáneo del actual, Sigmund Freud lleva a cabo un análisis que pretende dar cuenta de la medida en que los tabúes que abrigamos los hombres de la sociedad contemporánea encuentran sus primeras huellas en los pueblos primitivos. Para ello, inicia su estudio tomando como ejemplo primordial a los aborígenes de Australia, entre los cuales, a pesar de que no se puede esperar una moral sexual similar a la nuestra o que impongan a sus instintos sexuales límites muy marcados, “se imponen la más rigurosa interdicción de las relaciones sexuales incestuosas” (Freud, 1981, 1724).

En tales tribus australianas se observa, según Freud, el sistema totémico; tótem que se transmite hereditariamente tanto por línea paterna como materna, predominando esta última, para darle finalmente el campo a la dirección paterna. Una característica que rige a todos los miembros de un tótem es que pueden vivir separados entre sí, manteniendo relaciones cordiales con miembros pertenecientes a otro tótem, mas no por ello se admite mantener relaciones sexuales con una persona que integra el clan prohibido, siendo hasta castigado con la muerte aquel individuo que desobedezca tal interdicción.

Las relaciones de parentesco no son referidas entre dos individuos, sino entre un individuo y un grupo. “Si, por ejemplo, el hombre forma parte de un clan cuyo tótem es un canguro y se casa con una mujer cuyo tótem es el emú (especie de avestruz), los hijos, varones o hembras, tendrán todos el tótem de la madre. Un hijo nacido de este matrimonio se hallará, pues, en la imposibilidad de entablar relaciones incestuosas con su madre y hermana pertenecientes al mismo clan” (Freud, 1981, 1750). Además, al ser consanguíneos aquellos que descienden de un mismo tótem, no pueden por tal razón experimentar relaciones sexuales ni siquiera con los parientes más lejanos. De ahí que un individuo llama “padre” a todos aquellos hombres que, perteneciendo al mismo tótem, pudieron haber sido su padre (igual pasa con la “madre” y con los “hermanos”). 

La exogamia que con tanto escrúpulo velan los “pueblos primitivos” aparentemente está sustentada en la intensa tentación que constantemente experimentan, ante la posibilidad de infringirla. Ejemplo interesante se puede ver entre los basoga, tribu negra que habita en la región de las fuentes del Nilo, donde “el hombre no puede hablar a su suegra sino hallándose la misma en otra habitación de la casa y oculta a sus ojos. Este pueblo tiene un tal horror al incesto, que lo castiga incluso entre los animales domésticos” (Freud, 1981, 1755). Para Freud, las relaciones entre yerno y suegro han de concebirse como una relación ambivalente, compuesta tanto de elementos afectuosos como de elementos hostiles.

En adición a lo hasta aquí dicho, el psicoanálisis añade que la ambivalencia de sentimientos y emociones de la suegra hacia el yerno es un elemento neurótico, ya que “la identificación afectiva con la hija llega en algunas madres hasta a compartir el amor de la misma hacia su marido, circunstancia que en los casos más agudos conduce a graves formas de neurosis, a consecuencia de la violenta resistencia psíquica que contra tal inclinación afectiva se desarrolla en la sujeto” (Freud, 1981, 1757). 

La situación psíquica experimentada por el yerno es similar a la de la suegra. Freud considera que el hombre desborda su amor y su libido sobre una nueva mujer –su esposa–, pero luego de haber transferido el objeto amoroso en ella, habiendo estado depositado (tal objeto amoroso) anteriormente sólo en la madre de éste o en su hermana, gran parte de este sentimiento culmina en la suegra, en la medida en que algunos rasgos físicos, psíquicos, morales o de otra índole son vestigios de los encontrados en su nueva amada.

Partiendo de que el temor al incesto es un rasgo esencialmente infantil, Freud llega a formular que tal hecho concuerda sorprendentemente con la vida de los neuróticos. Según Freud, “el psicoanálisis nos ha demostrado que el primer objeto sobre el que recae la elección sexual del joven es de naturaleza incestuosa condenable, puesto que tal objeto está representado por la madre o por la hermana, y nos ha revelado también el camino que sigue el sujeto, a medida que avanza en la vida para sustraerse a la atracción del incesto” (1981, 1757-1758).

Uno de los elementos predominantes de toda neurosis consiste en haberse detenido en una etapa psicosexual infantil al no ser superada en el pasado. Por ello, las fijaciones incestuosas del instinto sexual constituyen el papel principal en la vida psíquica inconsciente, siendo de tal forma la neurosis el “complejo nuclear” de toda actitud incestuosa hacia los padres.

Para Freud, la resistencia y la profunda aversión que experimenta la humanidad por sus deseos incestuosos encuentra sus raíces en épocas anteriores. Esto nos hace pensar que el terror al incesto puede provenir de una ‘herencia arcaica’ (como la entendía Freud en La interpretación de los sueños) que se manifiesta inconscientemente, aunque pueda asumirse de modo consciente.

La enfermedad tabú
El tabú se manifiesta esencialmente en prohibiciones y restricciones, coincidiendo las más de las veces con el ‘temor sagrado’. El tabú acaece como una autoridad procedente de sí misma:

“Las prohibiciones tabú carecen de todo fundamento. Su origen es desconocido. Incomprensibles para nosotros, parecen naturales a aquellos que viven bajo su imperio”  (Freud, 1981, 1758).

Retomando a Wundt, Freud manifiesta que el tabú es el código no escrito con el que cuenta la humanidad, siendo incluso anterior a los dioses y a las religiones (2). Más tarde, citando a Norhcote (Enciclopedia Británica), Freud escribe: “La palabra “tabú” no designa en rigor más que las tres nociones siguientes: a) El carácter sagrado (o impuro) de personas u objetos. b) La naturaleza de la prohibición que de este carácter emana; y c) La santidad (o impurificación) resultante de la violación de la misma” (…) “Desde un más amplio punto de vista, pueden distinguirse varias clases de tabú: 1) Un tabú natural o directo, producto de una fuerza misteriosa (mana) inherente a una persona o a una cosa. 2. Un tabú transmitido o indirecto, emanado de la misma fuerza, pero que puede ser: a) adquirido; o b) transferido por un sacerdote, un jefe o cualquier otra persona; y 3. Un tabú intermedio entre los dos que anteceden, cuando se dan en él ambos factores; por ejemplo, en la apropiación de una mujer por un hombre” (1981, 1759).

os pueblos primitivos asumen el tabú de modo natural sin siquiera cuestionarlo, están absolutamente convencidos de que infringirlo traería consigo las mayores desgracias; de tal modo que “el inocente malhechor que sin saberlo ha comido carne de un animal tabú cae, al darse cuenta de su crimen, en una profunda depresión, da por segura su muerte en breve plazo y acaba realmente por morir” (Freud, 1981, 1760).

Al opinar Freud que determinados tabúes son racionales en tanto tienden a imponer abstenciones y prohibiciones (p.1760 de nuestra edición), no sabemos en qué sentido entiende él lo racional. Pareciera ser, al menos en este caso, que lo racional estaría más cercano a la mentira (que en busca del bien moral del grupo se propone como un ideal) que a la verdad; la cual en ciertos casos negaría cualquier axioma que pretendiera emerger como un a priori por medio del cual se intenta sustentar una visión de mundo que se cree absoluta. 

Con base en esto, creemos que la racionalidad de cada tabú no está más que contaminada por una axiología implícita en todo grupo social. Sostener que emerja de un modo inconsciente sería decir mucho, a menos que supongamos algo externo y anterior al hombre que introduzca tal modo de dirigir al ser humano. Cualesquiera que hayan sido los estadios anteriores al homo sapiens ¿cómo podríamos demostrar que primero hubo un modo de ser inconsciente antes que cualquier trauma, represión, censura, sublimación, proyección o transferencia? Si a la herencia arcaica (Freud) y/o al inconsciente colectivo (Jung) los retrotraemos de modo inconsciente, ¿cómo entender el inconsciente si efectuamos una regresión imaginaria hasta los inicios de los primeros hombres? ¿Es acaso que estos hombres, no poseyendo inconsciente alguno, heredaron a sus hijos sus cargar psíquicas, las cuales fueron asumidas por ellos inconscientemente? Y lo más interesante aún: si supiéramos que estos primeros hombres no tenían residuos inconscientes en su ser, ¿qué hizo que reprimieran ciertos elementos psíquicos (como un segundo momento, no ya desde la herencia arcaica, sino más bien desde el inconsciente individual) en lugar de otros? Es acaso que existía un órgano o facultad psíquica o espiritual que antecedía al inconsciente? De ser así, ¿cuál sería esa facultad? Podríamos estar tentados a decir que la conciencia, pero surgiría la interrogante siguiente: ¿Qué permitió el surgimiento de ella? Ese sería el “eslabón perdido”? ¿Ser hombre es tener conciencia de sí…?

Según Freud, a pesar de que ciertos tabúes pueden parecer racionales, hay otros que “recaen sobre nimiedades exentas de toda significación” (1981, 1760); sin embargo, al haber tres clases de tabúes (clasificación hecha por Wundt), que se referían a animales, a hombres y a objetos inanimados, ningún pueblo está o estuvo exento de ellos.

Para Wundt, los tabúes nacen “en el lugar de origen de los instintos más primitivos y a la vez más duraderos del hombre; esto es, en el temor a la acción de fuerzas demoniacas”. Mas para Freud –en contraposición a Wundt- “explicar así el tabú no es remontarse hasta las fuentes mismas de su concepto y mostrar sus últimas raíces. Ni el mundo ni los demonios pueden ser considerados en Psicología como causas primeras, más allá de las cuales sea imposible remontarse. Otra cosa sería si los demonios tuvieran una existencia real, que sabemos que no la tienen –como tampoco los dioses–, sino que son creaciones de las fuerzas psíquicas del hombre. Tanto unos como otros han surgido de algo anterior a ellos” (1981, 1762).

El tabú, como bien lo ha dicho Freud, no es únicamente un fenómeno de las colectividades primitivas; la ‘enfermedad del tabú’ es también padecida por los neuróticos obsesivos, los cuales no imponen a sí mismos prohibiciones tabú individuales carentes de toda motivación (3), que simplemente surgieron de repente un día de tantos.

Un aspecto interesante de mencionar es que aquél que ha infringido un tabú se convierte a sí mismo en tabú para los demás y nadie debe entrar en contacto con él, pues se contagiaría al hacerlo (puede también que alguien se haga tabú sin haberlo infringido, esto es, encontrándose en una situación susceptible de excitar los deseos prohibidos de los demás). Como corroboración de ello, Freud presenta dos ejemplos; uno tomado de los maoríes y otro de una observación clínica de una de sus pacientes:

1. “Un jefe maorí no intentará jamás reanimar el fuego con su aliento, pues su aliento sagrado comunicará su fuerza al fuego, el fuego a la vasija colocada sobre él, la vasija a los alimentos que en ella cuecen, y los alimentos a la persona que los consumiere, lo cual traería consigo la muerte de la persona que hubiere comido los alimentos preparados en la vasija calentada sobre el fuego y reanimado con el aliento del jefe, sagrado y peligroso”.

2. La paciente “exige que un objeto que su marido acaba de comprar sea alejado de la casa, sin lo cual le será imposible residir en ella, pues ha oído decir que dicho objeto ha sido comprado en una tienda situada, por ejemplo, en la calle de los Ciervos. Ahora bien: una de sus amigas, que reside en una lejana ciudad y a la que conoció en otros tiempos, de soltera, es actualmente la señora de Ciervo. Esta amiga es hoy, para ella, imposible o tabú, y el objeto comprado aquí en Viena resulta tan tabú como la amiga misma, con la cual no quiere tener relación ninguna” (Freud, 1981, 1764-1765).

El tabú, como bien lo ha dicho Freud, no es únicamente un fenómeno de las colectividades primitivas; la ‘enfermedad del tabú’ es también padecida por los neuróticos obsesivos, los cuales no imponen a sí mismos prohibiciones tabú individuales carentes de toda motivación (3), que simplemente surgieron de repente un día de tantos.

Un aspecto interesante de mencionar es que aquél que ha infringido un tabú se convierte a sí mismo en tabú para los demás y nadie debe entrar en contacto con él, pues se contagiaría al hacerlo (puede también que alguien se haga tabú sin haberlo infringido, esto es, encontrándose en una situación susceptible de excitar los deseos prohibidos de los demás). Como corroboración de ello, Freud presenta dos ejemplos; uno tomado de los maoríes y otro de una observación clínica de una de sus pacientes:

1. “Un jefe maorí no intentará jamás reanimar el fuego con su aliento, pues su aliento sagrado comunicará su fuerza al fuego, el fuego a la vasija colocada sobre él, la vasija a los alimentos que en ella cuecen, y los alimentos a la persona que los consumiere, lo cual traería consigo la muerte de la persona que hubiere comido los alimentos preparados en la vasija calentada sobre el fuego y reanimado con el aliento del jefe, sagrado y peligroso”.

2. La paciente “exige que un objeto que su marido acaba de comprar sea alejado de la casa, sin lo cual le será imposible residir en ella, pues ha oído decir que dicho objeto ha sido comprado en una tienda situada, por ejemplo, en la calle de los Ciervos. Ahora bien: una de sus amigas, que reside en una lejana ciudad y a la que conoció en otros tiempos, de soltera, es actualmente la señora de Ciervo. Esta amiga es hoy, para ella, imposible o tabú, y el objeto comprado aquí en Viena resulta tan tabú como la amiga misma, con la cual no quiere tener relación ninguna” (Freud, 1981, 1764-1765).

Para establecer los distintos tipos de tabúes, es importante explicitarlos para un mejor estudio de ellos. Por ejemplo, al hablar de los tabúes relativos, Freud los divide en tres: 1) a los enemigos; 2) a los jefes; 3) a los muertos.

En lo referente a los primeros, se pueden subdividir en cuatro partes: 1) la reconciliación con el enemigo; 2) restricciones; 3) actos de expiación o de purificación del matador; 4) determinadas prácticas ceremoniales.

A pesar de que existe una íntima relación entre el tabú y la neurosis, no puede pensarse que el tabú es una neurosis, sino más bien ha de entenderse como una formación social. En el tabú, el castigo por su incumplimiento recae únicamente sobre su transgresor (modo egoísta), mientras que en la neurosis obsesiva el castigo por haber infringido el prohibido tabú individual recae (para el enfermo) sobre una persona enlazada emotivamente a él (modo altruista).

En un inicio, el neurótico teme que el castigo caiga sobre sí mismo (como lo cree el “salvaje”), pero luego el temor se desplaza al creer que recaerá sobre la persona a la que se deseaba el mal. De tal manera que el neurótico, dando cuenta de un ‘cariñoso altruismo’, no hace más que expiar su actitud verdadera (un brutal egoísmo).

La derivación y la transferencia que acaecen en la tendencia neurótica son de origen sexual, en tanto que el tabú no posee únicamente una significación sexual, sino más bien, su comprensión deriva de su significación social.

Para Freud “el predominio de las tendencias sexuales sobre las tendencias sociales constituye un rasgo característico de la neurosis; pero estas mismas tendencias sociales no han nacido sino de la mezcla de elementos egoístas con elementos eróticos” (1981, 1794).

La expiación parricida
Sigmund Freud, al considerar que el desarrollo de la concepción humana es paralelo al desarrollo de la libido individual, hace corresponder (tanto por su temporalidad como por su contenido) la fase animista al narcisismo, la fase religiosa a la elección de objeto (caracterizado por la fijación de la libido a los padres) y la fase científica al estado de madurez (cuando el individuo renuncia al principio de placer y busca su objeto en el mundo exterior, subordinándose a la realidad).

Quizás, la parte más interesante del análisis freudiano sobre el tótem y el tabú la encontramos en la última parte de su trabajo, cuando refiriéndose a los estudios de Robertson Smith y Darwin –entre otros– nos habla del asesinato cruel que lleva a cabo el clan sobre su tótem, lamentándolo luego con el fin de sustraerse a la posterior responsabilidad.

Siendo el animal totémico una institución del padre, el parricidio acontecido en una tribu pasa por las mismas fases de expiación de la culpa:

“Los hermanos expulsados se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver, poniendo así un fin a la existencia de la horda paterna. Unidos, emprendieron y llevaron a cabo lo que individualmente les hubiera sido imposible. Puede suponerse que lo que les inspiró el sentimiento de su superioridad fue un progreso de la civilización quizá, el disponer de un arma nueva. Tratándose de salvajes caníbales, era natural que devorasen el cadáver. Además, el violento y tiránico padre constituía seguramente el modelo envidiado y temido de cada uno de los miembros de la asociación fraternal, y al devorarlo se identifican con él y se apropiaban una parte de su fuerza. La comida totémica, quizá la primera fiesta de la humanidad, sería la reproducción conmemorativa de este acto criminal y memorable que constituyó el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y de la religión” (Freud, 1981, 1838).

Respecto al origen totémico de las religiones, Mircea Eliade en Imágenes y Símbolos (Ensayos sobre el simbolismo mágico-religioso) critica Tótem y tabú al señalar que “Freud universaliza sus conceptos a pesar de conocer las conclusiones a las que Frazer había llegado sobre la no universalidad del totemismo como fenómeno socio-religioso”. Censura igualmente Las formas elementales de la vida religiosa: «libro precioso en muchos aspectos», a veces casi genial, pero desgraciadamente carente de fundamento”, porque señala que “Durkheim cae en el mismo error de Freud, al atribuir al totemismo el origen de las religiones” (Macías, 2006, III).

Retomando las tesis freudianas, se afirma que los sentimientos ambivalentes que experimentaba la horda fraterna son de la misma naturaleza que los que experimentan los niños y los enfermos neuróticos ante sus padres (complejo de Edipo), odiando al padre en la medida en que se opone a los intereses sexuales de estos, pero también amándolo y admirándolo como ideal de poderío por emular.

Luego del asesinato paterno, el arrepentimiento condujo a seguir las prohibiciones que el padre demandaba antes de su muerte, esto con el fin de expiar su culpa y de enmendar, mediante la idealización, la figura del padre asesinado. “Lo que el padre había impedido anteriormente, por el hecho mismo de su existencia, se lo prohibieron luego los hijos a sí mismos en virtud de aquella obediencia retrospectiva característica de una situación psíquica que el psicoanálisis nos ha hecho familiar. Desautorizaron su acto, prohibiendo la muerte del tótem, sustitución del padre, y renunciaron a recoger los frutos de su crimen rehusando el contacto sexual con las mujeres, accesibles ya para ellos” (Freud, 1981, 1839).

Aparentemente, el deseo sexual en vez de unir a los hermanos los separaba; por ello renunciaron a él, instituyendo –posiblemente después de ciertos enfrentamientos– la prohibición al incesto para evitar posteriores actos parricidas.

De aquí se desprenden, según Freud, las prácticas homosexuales experimentadas en la época del destierro, que si bien es cierto contradicen la lógica de la abstinencia a satisfacer las necesidades sexuales con individuos pertenecientes al mismo tótem, Freud parece sostener con mucha seguridad, pasando por alto que las relaciones homosexuales están siempre encaminadas a satisfacer una necesidad sexual aunque se le reduzca a la manifestación de un deseo reprimido inconsciente perverso.

Otra consecuencia –quizá más viable que la anterior– sería el nacimiento del derecho matriarcal “descrito por Bachofen y que existió hasta el día en que fue reemplazado por la organización de la familia patriarcal” (Freud, 1981,1842). Asimismo, la religión totémica surgiría de la conciencia del sentimiento de culpa experimentado por los parricidas y como un intento, tanto de calmar tal sentimiento, como de reconciliarse con el padre (mediante la obediencia a las prohibiciones que éste exigía). “La sociedad reposa entonces sobre la responsabilidad común del crimen colectivo, la religión sobre la conciencia de la culpabilidad y el remordimiento, y la moral, sobre las necesidades de la nueva sociedad y sobre la expiación exigida por la conciencia de culpabilidad” (Freud,1981, 1842). De tal manera, Freud concluye que el totemismo y la exogamia poseen un origen simultáneo.

El análisis psicoanalítico se torna cada vez más interesante cuando relaciona el parricidio original con la creencia en Dios, al recordarnos que se concibe al hombre a imagen y semejanza de éste, y agregando que tal imagen no se refiere a un ideal abstracto o inaprensible, sino que más bien responde a una imagen y semejanza carnal o física; pensando a Dios como una sublimación del padre. Tal idea iría muy a la par de lo que Feuerbach decía: “Dios fue creado a imagen y semejanza del hombre” y no al revés.

Así como primero se habló del tótem como un antepasado, se hablará luego de Dios como de un padre celestial. Si se trae a colación el hecho de que ningún integrante del grupo que expiaba la culpa podía emular la omnipotencia del padre, lo que antes era un sentimiento hostil, se fue transformando, por tal impotencia, en un amor idealizado fundado sobre la imposibilidad de igualarlo. Aquellos que más se acercaban a la idealización del padre celestial fueron llamados “dioses”.

Lo más seductor para nosotros del análisis freudiano –fundado esta vez en los estudios de Frazer– lo encontramos en la siguiente cita: “En el mito cristiano, el pecado original de los hombres es indudablemente un pecado contra Dios-Padre. Ahora bien: si Cristo redime a los hombres del pecado original sacrificando su propia vida, habremos de deducir que tal pecado era un asesinato. Conforme a la ley del Talión, profundamente arraigada en el alma humana, el asesinato no puede ser redimido sino con el sacrificio de otra vida. El holocausto de la propia existencia indica que lo que se redime es una deuda de sangre. Y si este sacrificio de la propia vida procura la reconciliación con Dios-Padre, el crimen que se trata de expiar no puede ser sino el asesinato del padre. Así, pues, en la doctrina cristiana confiesa la humanidad más claramente que en ninguna otra su culpabilidad, emanada del crimen original, puesto que sólo en el sacrificio de un hijo ha hallado expiación suficiente. La reconciliación con el padre es tanto más sólida cuanto que simultáneamente a este sacrificio se proclama la total renunciación a la mujer, causa primera de la rebelión primitiva. Pero aquí se manifiesta una vez más la fatalidad psicológica de la ambivalencia. Con el mismo acto con el que ofrece al padre la máxima expiación posible alcanza también el hijo el fin de sus deseos contrarios al padre, pues se convierte a su vez en dios al lado del padre. La religión del hijo sustituye a la religión del padre, y como signo de esta sustitución se resucita la antigua totémica; esto es, la comunión, en la que la sociedad de los hermanos consume la carne y la sangre del hijo –no ya las del padre–, santificándose de este modo e identificándose con él” (Freud, 1981,1846).

El resultado genealógico de esta deducción no hace más que poner los pelos de punta por su “mítica” apreciación, al afirmar que la rebelión primitiva se da a causa del deseo de posesión sobre la mujer. En este sentido, la mujer seguiría siendo la causante del mal, en este caso como provocadora de los deseos del varón, irrumpiendo en la tranquilidad anímica de éste. Sin embargo, podríamos decir que ella no es responsable de la ‘debilidad’ del macho que busca justificar sus actos recurriendo a pseudo-causas, cuando siendo él quien padece un deseo desmesurado, es el responsable de elegir cómo dirigirlo. ¿O es que acaso otro elige por él? No faltará alguien que diga: “Es el deseo inconsciente reprimido que desde lo más profundo de sus entrañas elige”. Mas nosotros irónicamente preguntaríamos: ¿El inconsciente de quién? ¿El inconsciente de otro elige por él?

A modo de conclusión
La afirmación de que en toda la civilización occidental hay resabios del parricidio primigenio, representado mediante la obediencia retrospectiva que se impuso a los hijos y que derivó, hasta nuestros días, en la prohibición sexual al incesto, nos invita a reproducir una cita que, no sólo aparece a modo de conclusión en esa obra, sino que también nos ofrece una síntesis de lo que hasta el momento hemos presentado aquí: 

“No puede haberse ocultado a nadie que postulamos la existencia de un alma colectiva en la que se desarrollan los mismos procesos que en el alma individual. Admitimos que la conciencia de la culpabilidad emanada de un acto determinado ha persistido a través de milenios enteros, conservando toda su eficacia en generaciones de hijos maltratados por su padre tiránico” (Freud, 1981, 1847).

Quizá el primer esfuerzo que lleva a cabo Freud en Tótem y tabú está encaminado a demostrar que el complejo de Edipo es contemporáneo al nacimiento de la religión, la sociedad, la moral y el arte; constituyendo así el ‘nódulo de todas las neurosis’. La otra exigencia será –precisamente– probar la similitud existente entre la forma mágica de ver el mundo del hombre primitivo con la del enfermo neurótico. A este respecto, Freud sostiene que en el neurótico la conciencia de culpa, a pesar de que tiende hacia el mal, no se traduce en acción, es decir, que el sentimiento de culpa se funda en realidades puramente psíquicas y no realidades materiales. En cambio, en el hombre primitivo, la acción es lo primero; mientras éste pone la realidad material al mismo nivel que la realidad psíquica –eso creemos–, el enfermo neurótico sitúa la realidad psíquica sobre la realidad material, cosa contraria a la que hacen los hombres supuestamente “normales”, que ponen la realidad material encima de la realidad mental.

Finalmente –y en otro sentido–, se hace necesario repetir y reconocer que otra de las tesis más controversiales, que se siguen desprendiendo de la lectura de la obra estudiada, es la afirmación pre-explícita de que la rebelión primitiva  se dio –en términos más profundos– por el deseo (instintivo) de poseer sexualmente a la mujer.

Debemos a Freud el forzarnos a no arrojar a un lado lo que no comprendemos, cuando somos víctimas de nuestra propia visión de mundo que nos coarta la posibilidad de ver otros mundos con otros ojos, pues no es un secreto que miramos siempre con más cuidado lo que creemos que debe ser visto. En otras palabras, hemos de observar con cuidado el mundo del primitivo y del neurótico, sin antes formular juicios de valor teñidos con nuestra ‘racionalidad occidental’.

Alvarado, V.  (2010) Lo Inconsciente. San José: Calle de la Amargura.
Alvarado, V.  (2008) “Neurosis colectiva”. Tópicos del Humanismo nº. 153.
Alvarado, V.  (2007) “Del Homo Sapiens y sus ficciones”. Tópicos del Humanismo nº. 139.
Alvarado, V. (2007) “El retorno de lo reprimido”. Hoja Filosófica nº. 17.
Alvarado, V.  (2004) “En relación con el instinto sexual freudiano”. Tópicos del Humanismo n°. 106. 
Alvarado, V.  (2003) “Apuntes marginados a una interpretación del Mundo Onírico”. Tópicos del Humanismo n°. 101.
Macías, C. (2006) “El mito en la literatura: un recorrido hacia su definición”. Sincronía. Año 11 / Número 38.
Freud, S. (1981) Obras completas (Trad. Luis Lópes-Ballesteros y de Torres, tomo III.) Madrid: Biblioteca Nueva.

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