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El castigo: Del Edén al suplicio de Prometeo

Contacte al Autor: Carlos Fuentes Bolaños

Introducción 

Este es un comentario de texto que parte de la interpretación del signo; el lenguaje se estructura sobre la base de signos y, por tanto, está sujeto a múltiples interpretaciones. Algunas interpretaciones pueden ser filosóficas, históricas, teológicas, religiosas, políticas, en el tanto el campo es vasto según el intérprete que lo trate. Aquí lo asumo desde el punto de vista literario, como metáfora. La metáfora es la que nos transporta a mundos distintos posibles de interpretación, y esta se basa en las múltiples experiencias que podamos tener como seres humanos. La vida nos hace compenetrarnos en esa multiplicidad de mundos posibles; por tal motivo “…todo análisis de los signos, es, al mismo tiempo, y con pleno derecho, un desciframiento de lo que quiere decir” (Foucault, 2005:72). El signo nos remite a una experiencia, a una vivencia con posibilidad de ser interpretada en este caso a través de las palabras. Los signos son fuerzas sociales y es el interpretante quien garantiza la validez del signo, de tal forma que el signo y la interpretación constituyen otro signo (Eco, 1976: 129-134), sea el texto o producto resultante de lo interpretado. La parte del Génesis que se va a presentar remite a diferentes significados, por lo que la interpretación de estos queda sujeta a múltiples cavilaciones posibles.

El signo y el relato 

Los dos primeros hijos de Adán y Eva fueron Caín y Abel. El primero mata al segundo porque este agradaba más al Señor con sus sacrificios. El Señor maldice a Caín: “Maldito, pues, serás tú desde ahora sobre la tierra…” (Gn.IV-11). La respuesta de Caín no se deja esperar: “He aquí que tú hoy me arrojas de esta tierra, y yo iré a esconderme de tu presencia y andaré errante y fugitivo por el mundo; por tanto, cualquiera que me hallare me matará” (Gn.IV-14). Para protegerlo “puso el Señor en Caín una señal, para que ninguno que le encontrase le matara” (Gn.IV-15). 

Expulsado Caín, se marchó al Oriente del Edén (Gn.IV-16). Se fue con la promesa del Señor de que nadie le iba a hacer daño, pues si lo hacía lo pagaría con las setenas, que se entiende como sufrir un castigo superior a la culpa cometida (siete veces siete). 

El Señor maldice a Caín por haber matado a Abel. Maldecir es desearle mal a alguien hablando con mordacidad, en este caso con resentimiento por parte del Señor por el crimen cometido. Aquí nos encontramos con un hecho relevante: el Señor inflige castigos, desata maldiciones. Es un Señor implacable con quien comete una falta, implacable como lo fue con los padres del ahora castigado a quienes arrojó del Jardín del Edén; y para que no regresaran, el Señor Dios colocó a su entrada un querubín con espada de fuego, para guardar el camino que conducía al árbol de la vida (Gn. IV-24); no sea que se volvieran y se atrevieran a probarlo. 

Una interpretación de Caín la encontramos en Saramago, Caín (2009). El querubín, sin que el Señor se entere, se porta benévolo con Adán y Eva, les alcanza frutos del Jardín para que no mueran de hambre, les prende una hoguera con su espada para que puedan ser vistos y auxiliados por las caravanas que pasan por los caminos (signo prometeico). Los humanos se acercarán al fuego por curiosidad y ahí los encontrarán, pues el querubín les revela que no son los únicos seres humanos que habitan la Tierra. 

Al desterrar el Señor a Caín del lugar en donde habitaba, este le dice que andará errante y fugitivo por el mundo. En ese momento el único mundo conocido por este personaje es la tierra a donde llegaron sus padres después de haber sido expulsados del Paraíso. Además, teme que cualquiera que lo halle lo matará; entonces, hay otro mundo que no es el Edén. El mundo del relato se ensancha: no es el Paraíso donde habitaron sus padres, ni la tierra que ocuparon luego de ser expulsados por el Señor y en la que nacieron sus dos primeros hijos. 

El Señor puso una señal a Caín para que ninguno que le encontrase lo matara. Este Señor se muestra ahora compasivo, al ponerle una señal como signo de protección. Hay que preguntarse cómo sabían los otros personajes que era una señal válida; en cuyo caso la respuesta es que la podían reconocer solo si el Señor antes se los había dicho y que, de no respetarla, pagarían su falta cometida muy severamente (un castigo siete veces siete). Aceptemos que era una señal benigna, de protección; algunos padres de la iglesia interpretan esta señal de “cierto terror y consternación de su semblante” (Biblia, pp v15 , IV Gn), lo cual parecería ser un doble castigo por su crimen. Dejando esta interpretación de los padres de la iglesia, quedémonos con la de que el Señor es compasivo. Se compadece de Caín al ponerle una señal, un signo que había de interpretarse como que el Señor estaría con él durante su errar por la tierra.

Salido de la presencia del Señor, Caín habitó una tierra situada al Oriente del Edén (Gn.IV-16). El oriente es la parte en donde nace el sol. Ahí innegablemente había gente, pues Caín conoció a su mujer, quien concibió y parió a Henoc (Gn.IV-17). Esto nos reafirma que era una señal bondadosa, porque nadie le hizo daño y hasta pudo conocer mujer. Por su parte, Adán y Eva tuvieron un tercer hijo llamado Set, “…diciendo: Dios me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín” (Gn.IV-25). Este tercer hijo lo engendró Adán a la edad de los ciento treinta años (Gn.V.3). Enós fue el primogénito de Set, por tanto nieto de Adán y Eva, sobrino del difunto Abel y primo hermano de Henoc. 

“Los días de Adán, después de engendrar a Set, fueron ochocientos años, y engendró hijas e hijos” (Gn.V-4). Aunque no nos lo dice el Génesis si Adán era monógamo o polígamo, partamos de la conjetura que tuvieron que ser hijos e hijas también de Eva, quien posiblemente anduviera por una edad similar a la de Adán. Por supuesto Eva era menor, porque fue creada de una costilla de Adán cuando el Señor pensó que no era bueno que el hombre estuviera solo (Gn. II-18); en otras palabras, no fueron creados simultáneamente. No hay referencia a cuánto tiempo dejó el Señor que Adán viviera solo en el Edén. En todo caso, no nacieron de cero años de edad, pues fueron formados hombre y mujer con capacidad de procrear, es decir nacieron a la vida en plena fertilidad. 

En el Cap. V del Génesis, Genealogía de Adán hasta Noé, ya no aparece la figura de Eva, queda fuera del relato. Llama la atención que antes de formar a Eva de la costilla de Adán, el Génesis se refiere a que al hacer al hombre el Señor “creólos varón y hembra” y les ordenó que crecieran y se multiplicaran (Gn.II-27-28). Signo contradictorio, pues el Señor luego pensó que no era bueno que Adán estuviera solo, ¿cómo se explica la creación de Eva si ya había referencia de la creación del hombre como “varón y hembra” con capacidad de crecer y multiplicarse? 

De Adán y Eva el Génesis no menciona cuál fue su reacción ante la expulsión de su hijo Caín. ¿Conformidad con los designios del Señor? ¿Hecho omitido en Génesis? Son padres procreadores, que fueron castigados a abandonar el Paraíso y que Adán, no Eva, “labrase la tierra de que fue formado” (GN.III-24) y comería el pan con el sudor de la frente (GN.III-19). Eva fue castigada con la multiplicación de sus trabajos y sus miserias, a parir con dolor y a estar bajo el mando de su marido, quien la dominará (Gn.III-16). Visión de anulación de la mujer como partícipe de la creación; el dolor en el parto y las miserias son expiación de su culpa: de nuevo el Señor se muestra implacable. 

El Señor temía que Adán y Eva, así como habían comido del árbol de la sabiduría (el árbol de la ciencia del bien y del mal), comieran del árbol de la conservación de la vida. Es decir, había dos árboles en el centro del Jardín del Edén, no uno. Para eso puso un ángel guardián delante del Paraíso con espada de fuego (GN.III-24); no sea que a Adán se le ocurriera comer de ese árbol y viviera para siempre. “Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal, ahora pues echémosle de aquí, no sea que alargue su mano, y tome también del fruto del árbol de la vida, y coma de él y vivirá para siempre” (Gn.III-22). La eternidad es potestad solo del Señor.

El haber comido del árbol prohibido los acercaba al Señor y esto no fue bien visto por él. La ignorancia era una forma de pasarla bien en el Jardín del Edén; ignorancia entendida como el abstenerse de la pregunta, que es el inicio de todo conocimiento. Todo nuevo conocimiento inicia con una interrogación. 

Luego de comer del fruto del árbol prohibido, porque de este se obtendría el conocimiento del bien y del mal, según palabras de la serpiente (Gn.III-5), “…se les abrieron a entrambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, cosiéronse y acomodáronse unas hojas de higuera, y se hicieron unos delantales y ceñidores” (Gn.III-7). Importante en este pasaje es resaltar el signo del trabajo; es la primera vez que construyen con sus manos algo: sus ropas para cubrir su desnudez. Más que por pudor, posiblemente era para librarse de las inclemencias del tiempo en tierras desconocidas. Otro importante signo es que a partir de la expulsión habrían de desarrollar un espíritu independiente, no sujeto a la voluntad omnipresente de su Señor, habrían de desarrollar el conocimiento permitido a través de haber comido del fruto del árbol prohibido. Hessen reconoce tres principios fundamentales en el espíritu del ser humano: el entendimiento, el sentimiento y la voluntad (Hessen, 1985:109); Adán y Eva no estaban exentos de desarrollarlos para poder sobrevivir. Entendieron qué había sucedido, cuál era su falta, sintieron necesidad de abrigarse y desarrollaron voluntad –en el caso de Adán y conjeturamos que con Eva– hasta para procrear desde los ciento treinta hasta cerca de los ochocientos años. 

Simbolismo 
Los que se conocen dentro de la tradición religiosa como los primeros padres (Adán y Eva, y su descendencia) no estaban solos en el mundo. Total que Caín después de la muerte de Abel, salido de la tierra de sus padres, se fue al Oriente del Edén y ahí conoció mujer. De esta unión vino su descendencia, descendencia que se multiplicó como la de Adán y Eva luego de concebir a Set (GN-IV.25). Adán vivió hasta los ochocientos años, tiempo durante el cual engendró hijos e hijas. 

Desde la perspectiva del Génesis, en el Paraíso terrestre se excluye cualquier otra forma de vida humana. Fuera de este, hay vida humana. El propio relato es claro en este aspecto. 

¿Dónde están las metáforas? Las metáforas están en el mundo simbólico que el Génesis y la Biblia en general nos puedan representar, no el símbolo como algo irreal; al contrario, el símbolo que cada uno de nosotros nos debemos plantear entre “todos los posibles juicios semióticos que un código permite formular sobre una unidad semántica determinada” (Eco, 1976:137). Cada lectura es plurisignificativa, es decir abre el camino para muchos significados y su interpretación se realiza con base en determinado método, o bien de forma subjetiva conforme se lea el texto. Vamos cosechando experiencias y con ellas se construyen o se deconstruyen nuestras propias metáforas (vivencias, creencias, métodos, supuestos…). Con Foucault podría decirse que “el sistema no está cerrado. Queda una abertura, por la que todo el juego de semejanza corre el riesgo de escaparse a sí mismo, o de permanecer en la noche, si no fuera porque una nueva figura de similitud viene a acabar el círculo  a hacerlo, a la vez, perfecto y manifiesto” (Foucault, 2005:34). 

El árbol prohibido del bien y de la ciencia nos acerca a la pregunta, inicio de cualquier curiosidad. Por la pregunta ha avanzado el mundo. La duda genera conocimiento. El primer conocimiento fue el de la desnudez, pero importante: cuando el ser humano se pregunta ante cualquier evento de la naturaleza es porque está desnudo de ese conocimiento, el cual trata de cubrir con la indagación, con la duda, con la puesta en marcha de sus habilidades.

El interrogar es un acto exclusivamente humano (los dioses tienen siempre las respuestas y la razón): “el interrogador, por el hecho mismo de interrogar, se pone como en estado de no-determinación: él no sabe si la respuesta será afirmativa o negativa” (Sartre, 2011:44). 

Cuando Caín interrogó al Señor, no sabía qué respuesta le iba a dar, la cual resultó ser implacable en la decisión y magnánima en la protección. Cuando el Señor interrogó a Adán sí sabía qué respuesta le iba a dar, se iba a confesar instigado por su mujer, a quien carga la culpa: “La mujer, que tú me diste por compañera, me ha dado del fruto de aquel árbol y he comido” (Gn.III-12). Uno, hombre, en estado de no-determinación. El otro, Dios, en estado de absoluto. La mujer, en el medio, como acusada sin defensa, silencio cósmico que se extendió por siglos hasta que poco a poco ha podido levantar su voz. Adán no asume la culpa, la transfiere, se acobarda ante el juicio de Dios (signo antiprometeico). 

Prometeo fue castigado por Zeus amarrado con crueles tormentos a la roca por acercar el conocimiento a los humanos, al darles el fuego y hacer morar en ellos ciegas esperanzas para que no previeran la muerte con horror. Dar vida a los seres humanos a través del arte y de la ciencia los acerca a los dioses, y como tal, esto era castigado. El castigo en la tradición judeo-cristiana es aceptado con resignación por Adán y Eva. Prometeo, atado, se rebela hasta el final: “¡Oh venerable majestad de mi madre; oh Éter que al mundo llevas en giro la luz común a todos… bien veis cuán sin justicia padezco…!” (Esquilo, 1962:87). Prometeo siempre reclamó justicia para él y los seres humanos. 

Adán se justifica y culpa a su mujer por la falta cometida, sin embargo él y Eva callan, aceptan sin protesta alguna. Caín hace la pregunta por su seguridad y su futuro, pero acepta el designio de errar por el mundo posible fuera del Paraíso terrenal. 

Prometeo clama, reta, se rebela… Al rebelarse, denuncia las injusticias de Zeus para amedrentarlo, y se sostiene en sus principios. Son signos que también podrían tener explicaciones diversas. 

Dios castiga porque Adán y Eva comen del árbol de la sabiduría, lo que les permite adentrarse en el conocimiento de las cosas. Esta metáfora del conocimiento también la encontramos en Prometeo, quien da el fuego a los seres humanos; es el portador de artes y recursos: “El más grande de todos: si alguien caía enfermo, nada tenía para remediarse: ni medicina, ni alimento, ni pócima, ni bálsamo…y era así como perecía sin alivio alguno…Pero yo descubrí para ellos y les mostré las mixturas de varias sustancias con que hoy se libran de males todos” (Esquilo, 1962:78-79); también enseñó a los humanos el uso de los metales. Prometeo hizo que los seres humanos se parecieran más a los dioses, porque a partir de su obra iban a depender más de sus propias artes que de los presagios divinos; el ser humano vuelve la mirada a su alrededor sin estar pendiente de las disposiciones del Olimpo. 

Conclusiones 
En Génesis encontramos signos que se contraponen entre sí: Dios castigador, Dios compasivo: castiga a Caín pero se compadece de él al dotarlo de una señal (signo) para que nadie le haga daño. Hay un Dios celoso de su creación: encarga a un querubín a que con espada de fuego resguarde la entrada del Paraíso para proteger el árbol de la vida, no sea que los expulsados quieran comer de sus frutos y vivan para siempre. Expulsa del Paraíso a Adán y Eva por haber comido del árbol de la sabiduría, cela que las verdades sean dadas a través del conocimiento. 

Cuando Dios crea al varón y a la hembra al sétimo día, les da la orden de crecer y multiplicarse, aunque más adelante el relato se detiene en la creación de Eva a partir de una costilla de Adán para que este no estuviera solo. Los crea dentro de un mundo cerrado, con exclusión de cualquier otro tipo de vida humana; no obstante, más adelante el relato abre la existencia de otras tierras allende a las del Edén. Entonces, ¿cuál es el motivo para crear varón y hembra, si ya existían otros varones y otras hembras? El relato no nos lo dice; la tradición prefiere ignorar la pregunta para no obtener respuestas a signos acordados en la construcción de la metáfora del misterio de la creación. 

Caín fuera de las tierras de sus padres conoció mujer, quien parió a Henoc. Caín conoce a esta mujer luego de ser expulsado de la presencia del Señor, lo que implica la existencia de otras ciudades y otras personas allende las creadas por Dios en el Paraíso terrenal, motivos por los cuales transita la novela de Saramago, Caín. 

Adán y Eva aceptan la culpa y su castigo, pero se llevan del Paraíso el don del conocimiento y de la ciencia al comer del árbol prohibido; con ello permiten que el ser humano pueda tener un lugar importante en el cosmos. Prometeo se dignifica de su culpa, pues con sus actos logró a su vez dignificar al ser humano: como Adán y Eva en su desobediencia, les transmite el conocimiento, la ciencia y las artes. 

El signo en el análisis de un relato cualquiera permite tratarlo desde la perspectiva de pluri-significante. Qué significa para cada lector lo que lee, va a depender de su experiencia de vida, de su cultura, de sus valores, de las tradiciones y de la hegemonía que algunas ideas pueden haber calado desde el aspecto cultural, educacional o de práctica religiosa. El signo está ahí, permite innumerables interpretaciones. 

Biblia (1957). Versión castellana de Félix Torres Amat. Nueva York: Grolier. 
Eco, H. (1976). Tratado de semiótica general (Trad. Carlos Manzano, 1977). España: Lumen. 
Esquilo (1962). Prometeo encadenado. En Las siete tragedias (Sexta edición, versión directa del griego). México: Porrúa S.A. 
Foucault, M. (1966). Las palabras y las cosas: Una arqueología de las ciencias humana (Trad. Elsa Cecilia Frost, 1ª.edic. 2da. Reimpresión, 2005). Buenos Aires: Siglo Veintiuno editores. 
Hessen, J. (1985). Teoría del conocimiento (1a. reimpresión, junio de 1987, 9ª. edición). México: Editores Unidos. 
Sartre, J.P. (1966). El ser y la nada: Ensayo de ontología y fenomelogía (Trad. Juan Valmar, 1ª. edic. 4ª. Reimpresión, 2011). Buenos Aires: Losada S.A.

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