Colegio de Licenciados y Profesores en

Letras, Filosofía, Ciencias y Artes Costa Rica

Ana, Virginia y Yolanda: Rostros de una escritura encarnada

Contacte al Autor: M. Alejandra Montiel Oviedo

I. Palabra de mujeres con el reloj histórico

El feminismo y la feminista tienden a ser malentendidos, malinterpretados, y su figura poco comprendida. En la sociedad costarricense se maneja la idea de que una feminista es una mujer que se cree hombre, más fuerte que el hombre, sin la necesidad de estar con un hombre, una vocera poco respetuosa, calzada con tenis o zapatos sin tacón, con cabello corto, camisetas con logos del demonio de Tasmania, sin aretes, mandona, que “odia” a los hombres, histérica, poco atractiva, sin la capacidad de escucha, madre soltera, grosera, con una voz que se levanta para disparar, lesbianas, machorras, antimaternidad, antifeminidad desde todas las perspectivas. Esas son las ideas en este somero estado de la cuestión realizado de parque en parque, en distintas partes de Costa Rica con toda la intención de decir lo siguiente, pues cuando preguntaba tanto a hombres como a mujeres, de todas las edades, mencionaban chistes con una carga de alto voltaje en contra de la figura femenina y feminista.

Un señor ante estas preguntas en el parque de San Ramón me dijo:
Negrita (Por favor léase ese “negrita” críticamente), le tengo un chiste ya que anda tan curiosa: ¿En qué se parecen las mujeres a los delfines? Esperé su respuesta. Y disparó: En que se sospecha que tienen inteligencia pero aún no se ha demostrado. Y se rió festivamente de su comentario.

En todos estos sentidos, debo decir que el feminismo y la esencia de las feministas no es ninguno de los mencionados. Esas ideas son producto de una sociedad que no ha evolucionado ni trascendido en pensamiento, en lo que se refiere a los géneros en general; y hay mucho de eso acá en Costa Rica.

Pero el feminismo, como movimiento, es algo que viene desde hace muchos años y con resultados importantes. Las mujeres votamos, vamos a la escuela (a recibir y a dar clases), vamos incursionando en campos que se creían de hombres (pensemos en las ingenierías, en los taxis, en las carnicerías, en los astronautas y en los pilotos). ¿Qué significa “trabajos de hombres”? (Dejo la pregunta ahí).

La sociedad, nos explica Lucía Guerra (2006), manifiesta sistemas tradicionales de simbolización, en donde sus equivalentes tienen lecturas y planteamientos desde asociaciones patriarcalistas. El bien y el mal, por ejemplo, están asociados desde la tradición cristiana a la derecha como sinónimo de lo bueno y la izquierda como su opuesto. De la misma forma, izquierda y derecha son “parcelaciones simbólicas de carácter ético” que conllevan también “una distinción genérica-sexual”, en donde lo izquierdo es asociado con lo femenino. Es un fenómeno necesario de resaltar pues está relacionado, según palabras de Lucía Guerra, con “construcciones simbólicas creadas alrededor del género sexual”. Evidentemente, esta asociación hace evidente la dimensión negativa de lo femenino. Es devaluado desde esta lectura. Es un resultado más del mencionado patriarcado que es un grupo dominante en la construcción de las culturas, de las historias, de las identidades y de lo que fue un pasado con el cual todavía se está en pie de lucha.

Los movimientos feministas empiezan a tomar fuerza y forma en siglo XX, cuando proponen abolir la desigualdad. Ese es el ideologema (palabra que no aparece en el diccionario) de los movimientos; en palabras de Lucía Guerra, esta idea femenina está inserta en la ideología más amplia del liberalismo y socialismo. Se encauzan hacia el reconocimiento y posesión de los derechos civiles mediante los cuales pudieran accesar a educación, a condiciones de equidad en los trabajos y, desde luego, al derecho al voto. Una idea fundamental en este proceso es que las mujeres toman todas las características dadas alrededor del género femenino, sus cualidades, potencialidades y demás temas, y los resaltan como virtudes importantes de las mujeres.

Por ejemplo, justifican su dedicación a la maternidad para defender la posición de que las mujeres tenían el derecho a la educación. La peruana Mercedes Cabello, en el artículo publicado en 1874, hace referencia a las ideas de Rousseau, apoyando el hecho de que en efecto la mujer es amor familiar, entrega para con sus hijos, para con su hogar, porque es de esa forma mediante la cual a los hombres se les enseña el “honor”, el “saber” y la “patria.” Eso es gracias a la mujer. La patria viene a tener un dejo de agradecimiento a la naturaleza femenina en el hecho de tener buenos próceres o padres. Albergar este acto fundamental puede, por tanto, insertarse a roles sociales con igual sentido de compromiso y claridad en su papel de constructora de realidades.

Hay signos hacia las mujeres que son evidentemente dados y señalados por la comunidad masculina: que son sensibles, maternales, cariñosas, administradoras de hogar, buenas cocineras, entre miles. Entonces, estos grupos de lucha toman esos signos, esos caracteres y hacen una reapropiación de dichos signos patriarcalistas con respecto a lo que piensan sobre las mujeres para empezar a dar la lucha sobre los lugares y nuevos roles que esta empezaría a desempeñar en los contextos sociales.

No perdamos de vista que el objetivo primigenio y máximo de los movimientos feministas es lograr la igualdad de género. Sobre la base de esta línea, toman, según se lee en Lucía Guerra (2009), figuras bíblicas femeninas y de la historia de la antigüedad como discursivo, demostrativo e ideológico, para convencer a los hombres de la capacidad intelectual de las mujeres.

En palabras de Guerra:
“Estos discursos no solo nutrieron, en sus argumentaciones, de un acervo oficial sino que también se organizaron imitando la forma favorecida del ensayo positivista delineado por una hipótesis, un desarrollo prolífero en ejemplos demostrativos y una siempre previsible conclusión” (2009: 131).

La española Gertrudis González de Avellaneda utiliza una estrategia similar a la mencionada. Alude a la autoridad masculina para validar su propio discurso, “haciendo de sus argumentos una verdad irrefutable”. Argumenta que las mujeres son aptas para gobernar, para la administración de los intereses públicos y que “pese a los prejuicios masculinos, las mujeres tienen la capacidad para cultivar las ciencias, las artes y la literatura”.

Pero los paradigmas del patriarcado duran hasta mediados del siglo XX (pienso que todavía siguen perdurando). Y con esta duración, el complejo proceso de asimilación –donde se trataba de demostrar que las mujeres poseen capacidades intelectuales–, utilizar el recurso discursivo masculino en los discursos de lucha constituye una herramienta retórica, cambio social y estrategia importante.

Lejos de rechazar los estereotipos adscritos a la figura femenina, las mujeres se aferran a estos aspectos de la identidad que les son achacados. La puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió agrega, acerca de la figura femenina:

“[...] su sensibilidad, delicadeza de construcción imaginaria, sino como rasgos intrínsecos de la femineidad enraizados en lo biológico, restarían rudeza a las actividades públicas y le otorgarían las cualidades del altruismo” (2009:133).

Está en la cita la esencia de la construcción de un mundo mejor por medio de los valores que, en sentido social, poseen todos las personas, pero que son las mujeres quienes, por medio de la vena de maternidad, gestan. Si este mundo es mejor, más humano, más sensible, más altruista en su convivencia, es gracias a las mujeres. He aquí entonces un elemento fundamental que justifica el hecho de que éstas tengan derechos civiles.

Cabe resaltar que en los manifiestos feministas del siglo XX, que no cesan, se abre un espacio central a la maternidad. Vendría a ser la cualidad que resaltan no solo desde su condición de mujeres, sino en la condición de personas sociales que abren, por medio de la escritura, espacios para ser escuchadas. Hacen una analogía directa entre lo que es casa y nación, entre lo que es lo doméstico y lo administrativo del país; y es mediante estas metáforas que hacen calar la reflexión del papel de las mujeres en esos puestos.

Alrededor de esto, la argentina Victoria Ocampo, citada por Lucía Guerra, señala:
“Es fácil comprobar que hasta ahora la mujer ha hablado muy poco de sí misma, directamente. Los hombres han hablado enormemente de ella, por necesidad de compensación sin duda, pero, desde luego y fatalmente, a través de sí mismos [...]. La mujer misma apenas ha pronunciado algunas palabras. Y es a la mujer a quien le toca no solo descubrir este continente inexplorado que ella representa, sino hablar del hombre, a su vez, en calidad de testigo sospechoso” (2009:135-136).

La cita denota la construcción de una identidad que se abre en medio de un contexto inclinadamente patriarcal, y es la mujer misma, por medio de lo que escribe, que habla de sí misma desde su propia instancia, desde su yo. No mediatiza ningún yo masculino que deslice una narración o descripción sobre lo que ella desde los movimientos feministas propone.

Es válido preguntarse en medio de esta situación qué fue lo que llevó a que la figura del hombre se visualizara como superior a la de mujer, y por qué la de las mujeres viene a representarse desde la debilidad. Simone de Beauvoir en 1949, en el texto El segundo sexo, analiza el hecho de que en las mujeres el embarazo las hizo pasivas. Entonces ellas cuidaban de los niños, se quedaban en sus casas mientras que los hombres salían a cazar, a conquistar y a competir. Todas esas acciones devaluaban a la mujer porque el hombre, frente a la caza, por ejemplo, hacía ver débil la labor de las mujeres en el hogar.

En el caso de la escritura, propiamente literaria, recordaremos que en el siglo XIX la circunstancia ideológica hacía que las mujeres firmaran las obras con seudónimos masculinos. Ese “antifaz”, lejos de ser negativo, es estratégico, pues permite a las mujeres hacer ingreso al ámbito editorial. Y estadísticamente se revela que de doscientos escritores, se contrapone la presencia de doce escritoras. Lucía Guerra señala que llegando al año 1970, en la antología Breve historia de la novela hispanoamericana, de Fernando Alegría, hay más mujeres incluidas “a modo de suplemento o notas al pie de página”.

Pero es el hecho de que la escritura como identidad se lee sin ningún narrador masculino a nivel de texto sino hasta que se da la evolución e innovación de la literatura de mujeres en Latinoamérica en siglo XX de forma latente.

En este devenir, las mujeres en su literatura han pasado por papeles complejos, de no aceptación, de rechazo, de cuestionamientos sobre sus textos solo por el hecho de ser mujeres. Helena Araújo, citada por Lucía Guerra, acota:

“Scherazada sería un buen sobrenombre kitsch para la escritora del continente. Porque como Scherazada, ha tenido que narrar historias e inventar ficciones en carrera desesperada contra un tiempo que conlleva la amenaza de la muerte: muerte en la pérdida de la identidad y en la pérdida del deseo. Muerte-castigo. Seguramente también la latinoamericana ha escrito desafiando una sociedad y un sistema que imponen el anonimato. Ha escrito sintiéndose ansiosa y culpable de robarle horas al padre o al marido. Sobre todo ha escrito siendo infiel a ese papel para el cual fuera predestinada, el único, de madre. Escribir, entonces, ha sido su manera de prolongar una libertad ilusoria y posponer una condena” (2009:178).

Es válido preguntarse en medio de esta situación qué fue lo que llevó a que la figura del hombre se visualizara como superior a la de mujer, y por qué la de las mujeres viene a representarse desde la debilidad.

En este contexto, las mujeres costarricenses no son la excepción. Hay nombres de mujeres que son la muestra fehaciente de esta situación: su lucha les costó el exilio, el precio de que su propia patria hablara mal de ellas solo por ser mujeres, fueron poco comprendidas, en varios casos poco aceptadas y hasta ahora rescatadas de una memoria patriarcal costarricense que las quiso invisibilizar. Un círculo masculino (cruel, inclemente) por las letras encarnadas de ellas. Algunas mueren en suelo no costarricense con el deseo explícito de no reconocerse como “ticas”. Es el caso de nuestra Yolanda Oreamuno, de Eunice Odio y de Carmen Lyra. No se puede dejar de mencionar a Chavela Vargas. Esa mujer nacida en Costa Rica, pero mexicana por decisión propia, a tal punto que en sus días difíciles de salud, estando en España, explicitó querer morir en su país México. 

Costa Rica les responde con la indiferencia a sus trabajos. Así, pese a esas circunstancias escriben, se manifiestan y, por suerte, sus textos quedan. Sus espíritus todavía resuenan en una crítica literaria que no las ve con los ojos de la discriminación, del patriarcalismo y de la ironía; sus calidades literarias han sido obviadas en su país pero dichosamente la crítica literaria exterior coloca en reconocimiento, por ejemplo, a Yolanda Oreamuno al lado de Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges o Miguel Ángel Asturias (Caamaño, 2008:42).

De todos estos nombres, se desearía hacer una reseña pues la historia, sus destinos y sus vidas datan de una reflexión consciente sobre ¿qué ha pasado en Costa Rica para que la historia de exilio en escritoras mujeres fuera recurrente?

En este espacio se analizará el nombre y los textos de Yolanda Oreamuno, Virginia Grütter y Ana Istarú destacando el sentido de sus escritos. Costa Rica tiene muchos nombres de mujeres a quienes se les da todo el honor porque desafían el discurso hegemónico, creando imágenes femeninas basadas en sus experiencias y en sus visiones de mundo.

Yolanda Oreamuno, Virginia Grütter y Ana Istarú son mujeres cuyo lenguaje es de resistencia, de transgresión frente a lo que el patriarcado ha denominado el “comportamiento establecido” para las mujeres. Es claro también el hecho de que la literatura de mujeres ha evolucionado en su lenguaje y en su escritura.

Toda la historia, desde sus inicios, ha tenido circunstancias. Y las mujeres feministas, claras en su propuesta de equidad, todavía luchan. Hay brechas que aún requieren de compromiso.

Ana, Yolanda y Virginia: rostros de una escritura encarnada y sujetos femeninos que desde los textos tienen la esencia de la propuesta de los movimientos feministas: la equidad de género. No denigran el nombre del varón, pero tampoco se permite que se denigre el nombre de una mujer solo por el hecho de ser mujer.

Ana Istarú, Yolanda Oreamuno y Virginia Grütter son del movimiento feminista, no tratan mal a los varones; no son antimaternidad; no visten como hombre (volviendo al tema de los estereotipos sobre cómo son las feministas).

Lucía Etxebarria nos plantea que:
“El feminismo se engloba dentro de una ideología progresista en la que también se integrarían la lucha contra el racismo, la xenofobia o la homofobia, es decir, una ideología que asume que a todos los seres humanos han de corresponderles los mismo derechosa sin distinción de sexo, raza, opción sexual, religión o credo” (2000:16).Yolanda Oreamuno muere en México en el año 1948. Virginia

Grütter en Costa Rica en el año 2000 y la sepultaron en el cementerio de Puntarenas. A Ana Istarú la tenemos todavía entre nosotros. Istarú les sigue dando vida a las letras costarricenses. Sus inquietudes temáticas siguen siendo las mujeres, el amor, la sexualidad y la problemática femenina.
Así, a continuación para cada caso se hará un análisis de un texto específico, resaltando la situación de las mujeres presentes en cada acontecimiento.

II. “Más fuerte que el dolor”, Virginia Grütter

El poema se llama “Más fuerte que el dolor”. Se publica una única vez en el año 1973 por la Editorial Costa Rica, en el poemario nominado Poesía de este mundo.
El poema está dividido en tres circunstancias.

I
“Yo venía del colegio
alegre bata y el pelo al viento
árboles pescando estrellas
nubes morenas.
Yo iba brisa por las calles
saltando por los charcos sin llave
hacia la cita chica de mis amores
que me allegaba aromas desde las flores”.

Inicia con la primera persona singular, lo cual personaliza el acontecimiento del poema. Es un yo directo quien vive el espacio y la acción poética. Llama la atención la palabra “colegio” del primer verso. Es una colegiala quien canta desde su experiencia. Se resalta agitación y una valoración positiva de lo que la rodea. El viento le mece los cabellos, salta sin control “sin llave”, “por los charcos”. Se moja en esos “saltos”. Recordemos que a nivel de significación el agua es un elemento fálico, penetrante; ella es el sujeto receptor de esa agua, sobre la cual brinca. Siente en ese camino el aroma de las flores, hasta dar con la referencia hacia donde ella va encaminada: “hacia la cita chica de mis amores”. Es una colegiala que encarna su vivencia sensorial en el instante pleno de su juventud. Para llegar a la segunda circunstancia:

II
“Él vino y me cogió del talle
y la noche llegó donde mi pecho se abre y se abrió mi camisa
y mis dos senos eran de palma y brisa
y sus manos peces de enero
fuertes y suaves como el viento.
Las manos y los senos así a escondidas juntos y solitarios en otra vida”.

Aparece el personaje masculino explícitamente, es el pronombre “él”, iniciador de esta circunstancia del texto. Es un ente activo que la coge del talle, le abre la camisa, la toca. Es evidente la condición erótica que rodea la cita entre la hablante lírica y el personaje masculino con quien ella se encuentra. Los senos escondidos son develados a las manos de él. Una circunstancia que por su alta proximidad con los cuerpos es “a escondidas”, en donde todo desaparece. Es la desnudez de la hablante lírica por medio de la metáfora “y se abrió mi camisa/ y mis dos senos eran de palma y brisa”, la circunstancia de plenitud de la misma. Es ella quien permanece en las manos de este “él” que se presenta como motivo lírico.
Resáltase el hecho que el encuentro con el amado causa en ella la alegría de saltar por los charcos sin llave.

La tercera circunstancia:
III
“Después llegué a la casa y toqué la puerta y me salió mi madre y mi tía Berta
y me dieron de palos por lujuriosa
y el cuerpo en gloria
me lo llenaron todo de moretones
a punta de escobazos y de tacones.
Pero me cogió el sueño
con diamantes prendidos en los dos senos”.

Es la llegada de la hablante lírica, de la colegiala a su casa, donde tanto la mamá como la tía Berta la reciben y le dan de palos. Resaltamos acá la lectura que hacen estas mujeres del encuentro de la joven. La denominan “lujuriosa”. Es decir, no hacen lectura del goce pleno de la joven, su alegría sentida, su descontrol adolescente. Y ella, así como recibió los brazos de él, recibe los “palos” de su tía Berta y su mamá. Pero el verso hace hincapié en que estaban golpeando un “cuerpo en gloria”. Con escobas y tacones, la golpean. Pero ella, lejos de pensar en dolor de los golpes (circunstancia que parece ignorar y no importarle), concentra lo acontecido en la “gloria” de lo sentido. Y el sueño la coge, tal y como lo hizo el amante, y los senos pasan a ser gloriosos. El sueño llega con dos senos cual “diamantes prendidos.” Leamos un momento la expresión “diamantes prendidos”. Los senos en una pos-circunstancia (si se quiere leer así), brillantes, fulgurantes, gloriosos y orgullosos de ese encuentro que los justifica.

No menciona importarle el castigo físico por parte de la tía Berta y la mamá. Se centra en su propio placer. En su experiencia erótica. Más fuerte que el dolor quizá, que los golpes recibidos; los supera la circunstancia de mujer amada desde su cuerpo, desde la sensación, desde el erotismo.

Pensemos en la propuesta del poema. Es de un valor trasgresivo incuestionable. Habla desde el deseo y encuentro de una colegiala, la cual, lejos de censurar lo que siente o desea, lo convierte en el motivo de un poema. Y habla, desde lo que mencionaba Victoria Ocampo, aludido por Lucía Guerra, “su propia experiencia”.

Somos receptores de una voz lírica que no se autocensura ni reprime lo que siente, ni aun cuando es condenada por los golpes.

III.“¿Qué hora es?” El tiempo de Yolanda Oreamuno

Este ensayo gana una mención en el año 1933. Yolanda Oreamuno hace un análisis crítico sobre la situación de las adolescentes, frente al objetivo de los padres de familia para precisamente enviarlas al colegio. Menciona que el objetivo principal es que en este busquen marido. A ese hombre que las mantendrá por el resto de sus días, y el protector bajo el cual acomodarán sus vidas, subordinadamente, desde luego. Es una prosa fuerte, cuyo lenguaje está lejos de ser sutil. Menciona que no tiene sentido ser adolescente e ir al colegio para acabar actuando como una muñeca no pensante. Y plantea la siguiente pregunta:

“¿Se educa a nuestras muchachas para que sean buenas señoras de casa, correctas esposas y fuertes madres, o se les educa para que tomen una activa parte en el conjunto social, dentro y fuera del hogar?” (1999).

Es clara la posición de la escritora. El posicionamiento del colegio frente a la educación de las adolescentes era desde la “educación familiar”. Ya solo esta posición malea (en palabras de la misma Yolanda Oreamuno) la personalidad de las mujeres, en donde se les hacía creer que su único destino era el matrimonio.

Es enfática en el hecho de que la misma frivolidad del ambiente genera en la adolescente un fenómeno de no comprensión sobre su realidad. La plataforma ideológica del momento era graduarse para casarse. Es decir que el título pasaba a un segundo plano, pues era el marido lo preocupante. Y explicita que ella se opone a la docilidad de estas muchachas.

Se identifican dos ideas capitales en su ensayo:
a) “... la mujer no desarrolla ambición propia y, como consecuencia, tampoco su personalidad. La ambición, que en esencia abraza dos caminos –el económico y el intelectual– queda muerta al nacer” (1999: 50).

Es claro que hace una alusión a lo que pensaban los padres de familia sobre el colegio (medio para que su hija encontrara su futuro marido); y el cuestionamiento va dirigido al hecho de que no tendrán mujeres críticas en un contexto que no estimula el desarrollo de la ambición profesional e independencia, y desde luego su personalidad.

b) “El feminismo que busca reivindicaciones “políticas”, sin haber conseguido otro éxito que el de ponernos tacones bajos y el de cortarnos el pelo, será por fuerza un movimiento equivocado mientras no le quite a la mujer el prejuicio de que el hombre debe mantenerla y mientras no borre de la masa cerebral femenina “el miedo de decir”, el decir mal, y la deliberada tendencia a ignorar todo lo que no sean nuestros mediocres y pequeños problemas individuales” (1999:52).

No se necesita un feminismo que no trascienda una comprensión real de la lucha social a la cual se aboca. Pensar en el corte de pelo y los tacones bajos sin un transfondo intelectual sería tan solo un cambio estético, con las mismas mentes femeninas pensando en asistir al colegio como medio para alcanzar un matrimonio. Se necesita desmitificar la creencia de que el colegio es el medio de ascenso para que la mujer sea colocada en el “acomodo” matrimonial. “La hora”, de Yolanda Oreamuno es la de tener un país con mujeres adolescentes pensantes, críticas, independientes, que vivan la secundaria con las aspiraciones intelectuales que justificarían todo un movimiento que les permita concebirse a sí mismas lectoras de una sociedad que las recibe para ser parte de un cambio y no parte de una continuidad patriarcalista. Mujeres ideológicamente divorciadas de la idea del matrimonio como único fin y objetivo de sus vidas.

Esas son parte de las ideas que inquietan a Yolanda Oreamuno. Y se lee en el ensayo un idioma imperativo, seco, furioso contra esa pasividad de la cual quería hacer que las mujeres despertaran. Esa sería su hora.

IV.“¿Qué quiere la mujer?” La respuesta encarnada de Ana Istarú

Finalmente, Ana Istarú. Este ensayo es publicado en el 2010. Sus inquietudes son concatenantes con las ideas de Virginia Grütter y Yolanda Oreamuno. El primer texto, poesía, el segundo ensayo. Hay una idea preponderante que intenta responder la que pareciera una pregunta sencilla: ¿qué quiere la mujer?
Cabe destacar que este texto es publicado por primera vez en el diario La Nación en el marco del Día Internacional de la Mujer.

Hace un recuento de las acciones de las mujeres en todos los ámbitos: cocina, casa, carro, compras, maternidad, profesión, contextura de cuerpo, con o sin tacones... Alude al hecho ardiente de que, al día de hoy, pensemos en que la sociedad ha evolucionado un tanto. Las mujeres siguen siendo sujeto de exámenes para que prueben sus competencias sin tener que pasar por un cometario sexista o machista alrededor de su ser como mujer. Los verbos del ensayo aparecen en plural, con sujetos femeninos incorporados a la propuesta de los verbos mismos: cocinamos, hacemos, insistimos, cepillamos, sabemos, cambiamos, firmamos, bañamos, vendemos, atizamos, queremos, somos.

Lo que pone de manifiesto es que la equidad entre él y ella no es con carga de responsabilidades compartidas y que se le ha relegado en ese esfuerzo conjunto de lucha, “un hombro a hombro”. Una real equidad en donde la otredad reconozca y entienda que no por ser mujeres se le adjudican roles automáticos o de eternidad histórica (pienso, por ejemplo, en el tema de la cocina, tocado por la autora también).

Menciona el tema de una responsabilidad familiar echada en todo su peso en ellas como mujeres, solo por el hecho de ser mujeres; y desmitifica la circunstancia de que las mujeres, por su ser per se, deban asumir esas tareas. Las asumen, sí, pero aboga por el feminismo desde su esencia: la igualdad. Y eso significa que los hombres también asuman niños, cocina, limpieza y que consideren comprender qué es lo que quiere la mujer.

Hay una exhortación a que sean escuchadas, y en el plano de la realidad, reflexionar sobre todo lo que hacen las mujeres, no solo en un día específico, sino permanentemente.

V. A modo de conclusión difícil de concluir: mujeres vitales en el ahora

Estas autoras y sus ideas textuales siguen siendo convulsas. Causan reacciones en una Costa Rica que es un maremágnum de cambios. Se habla de escrituras encarnadas por el hecho de que sus textos publicados fueron parte de una circunstancia histórica en donde las mujeres inicialmente tuvieron que luchar por los reconocidos derechos civiles. Y sobre la base de eso, abrir medios para ser escuchadas. Encarnadas porque a más de una de estas costarricenses les costó el exilio. Estamos claros que Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno, Eunice Odio y Chavela Vargas son la encarnación de esto. Y no se puede olvidar ni la circunstancia ni sus nombres. Es evidente que no se analizan textos de Lyra, de Odio ni la canción ranchera de la Vargas (como la llaman en su país México), pero pienso que debería causar el dolor de un rasguño profundo la circunstancia que las llevó a no querer morir en Costa Rica y pensar en que su país fuera México. Y en el caso de Virginia Grütter, leer desde la realidad nacional cuánto se la ha vuelto a releer. ¿Se conoce el nombre de Virginia Grütter a nivel nacional? ¿Se sabía que era de Puntarenas y que finalmente es sepultada en dicha localidad? ¿Que era actriz de teatro? ¿Periodista? ¿Se sabe?

Pienso, en medio de estas reflexiones, que hay que mencionar sus nombres para que no se olvide lo que aportaron a la identidad femenina. Vale destacar que las mujeres ya han superado en altos porcentajes la frivolidad ambiente que tanto inquietó a Yolanda Oreamuno. Que las mujeres hoy escriben desde su erotismo y vivencia personal, y que hacen homenaje a una Chavela en las rancheras que cantan contemporáneamente en cualquier karaoke.

Toda la historia, desde sus inicios, ha tenido circunstancias. Y las mujeres feministas, claras en su propuesta de equidad, todavía luchan. Hay brechas que aún requieren de compromiso. Ana Istarú sigue escribiendo. Yolanda y Virginia todavía siguen escribiendo.

Anexos


1- Poesía de este mundo. Editorial Costa Rica, San José Costa Rica (1973):
Más fuerte que el dolor
Yo venía del colegio
alegre bata y el pelo al viento árboles pescando estrellas nubes morenas.
Yo iba brisa por las calles
saltando por los charcos sin llave
hacia la cita chica de mis amores
que me allegaba aromas desde las flores. Él vino y me cogió del talle
y la noche llegó donde mi pecho se abre
y se abrió mi camisa
y mis dos senos eran de palma y brisa
y sus manos peces de enero
fuertes y suaves como el viento.
Las manos y los senos así a escondidas juntos y solitarios en otra vida.
Después llegué a la casa y toqué la puerta y me salió mi madre y mi tía Berta
y me dieron de palos por lujuriosa
y el cuerpo en gloria
me lo llenaron todo de moretones
a punta de escobazos y de tacones.
Pero me cogió el sueño
con diamantes prendidos en los dos senos.

2- Istarú, Ana (2010). 101 artículos: columnas La Nación y El Financiero. San José, C.R: Atabal.
¿Qué quiere la mujer? –Ana Istarú
Las mujeres cocinamos el día en que se nos muere el marido, como hizo mi abuela, tajadeando cebolla y asfixiando las lágrimas en el borde del hombro, echándole sal a la cólera de su sopa, no solo por el marido, sino quizás por la vida que tuvo que dedicar a ese marido y que de alguna forma se llevaba también con él en esa caja forrada que pusieron en el centro de la sala. Las mujeres le hacemos nuestra pequeña trampa a la muerte, por ejemplo, trayendo al mundo niños a los que insistimos en nutrir con potajes de verdura y puré de bananito, a los que cepillamos los dientes con devoción frenética, sabiendo premonitorias, como sabemos, todo lo que esos dientes habrán de morder, todo lo que saldrá de esas bocas para que un día ya no haya más rabia que echarle a la sopa.

Las mujeres hacemos cuentas, cambiamos compresas, firmamos documentos, bañamos ancianos, vendemos llaveros, flores, empanadas; atizamos la leña, nos pintamos las uñas para luego estrechar una mano con no menos energía, queremos ganar la mejor nota, el mejor sueldo, sin olvidar por eso el retintín de la tos pequeñita del otro cuarto, cargando bolsas con los tacones altos, sacando el perro, metiendo el perro, recibiendo en el hombro el océano atlántico del llanto de la mejor amiga, acelerando para que no nos insulten sin dejar por eso de vigilar con el límite del ojo al peatón que cruza y al bebé que va a bordo.

Las mujeres somos mujeres y a veces, cuando las circunstancias lo exigen, somos hombres y vivimos pasando examen, demostrando que podemos todo lo que podemos, cambiando la llanta sin ensuciarnos el vestido, disimulando la ausencia del padre en la fiesta de cumpleaños, haciendo magia negra con el presupuesto.

Las mujeres queremos ser queridas con canas o con varias tallas extra, como son queridos los varones. Queremos ser queridas no a pesar de nuestros logros, sino gracias a nuestros logros. Queremos tener ocio, tener tiempo, tener sueño y poder decir ‘me duermo’. Tener dinero y escoger cómo gastarlo. Enfermarnos sin que se derrumbe el universo conocido. Ser cuidadas y queridas como quisimos y cuidamos. Las mujeres queremos seducir sin ser atropelladas, cortejar sin generar pánico, amar y recibir de vuelta un amor de idénticas dimensiones. Queremos que alguien más saque el perro.

Y la basura. Y condimente el pescado con eneldo. Y cure la tos. Y de paso que se ponga perfume. También tenemos nariz.

Las mujeres tenemos un Día. Está genial, de acuerdo. Pero lo que queremos es trescientos sesenta y cinco.

Extebarria, Lucía (2000). La Eva futura. Barcelona: Ediciones Destino, S.A.
Guerra, Lucía (2006). La mujer fragmen- tada. Historias de un signo. Santiago: Editorial Cuarto Propio.
Grütter, Virginia (1973). Poesía de este mundo. San José: Editorial Costa Rica.
Istarú, Ana (2010). 101 artículos: columnas La Nación y El Financiero. San José, C.R: Atabal.
Macaya, Emilia (1997). Espíritu en carne altiva. San José: EUCR.
Medeiros-Lichem, María Teresa (2006). La voz femenina en la narrativa latinoa- mericana: una relectura crítica. Santia- go: Editorial Cuarto Propio.
Oreamuno, Yolanda (1999). El ambiente tico y los mitos tropicales. Heredia: EUNA.

Artículos
Caamaño, Virginia (2008). “La lagartija de la panza blanca” de Yolanda Oreamuno: Una lectura desde la voz narrativa. Revis- ta de filología y lingüística de la Univer- sidad de Costa Rica, volumen XXXIII-No2.

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